miércoles, 21 de enero de 2015

Suicidios por la espalda

Silvana Melo (APE)

Otro entre centenares. Miles. En Mendoza, donde la policía suele ser un poquito más brava que el resto de las policías feudales de la Argentina. Salvo, claro, la de Río Negro y la bonaerense. Ambas brutales con estilo propio. Leonardo Rodríguez Contreras, a los 20 años, fue nombrado con el doble apellido que se les asesta a los presos para que nadie los confunda. Y no por alcurnia. Otro entre centenares. Miles. Otro más de los que suelen suicidarse por la espalda en las comisarías argentinas. Colgarse con una remera de una reja más baja que su propia altura. Quitarse la vida de dos tiros en la nuca. Nadie recordará a Leonardo Rodríguez Contreras, más allá de la foto que atesore su madre.

O de los amigos que intenten convencer a la justicia de que no se ahorcó con una remera dos horas después de detenido. Que tenía otras expectativas en su vida. Que no había motivos para matarse a dos horas de calabozo.

Fue en la 27 de Godoy Cruz. Donde lo depositaron por “averiguación de antecedentes”. En las comisarías los chicos suelen morir por la tortura, por los golpes. Porque se les fue la mano y era más frágil de lo previsto. En la calle suelen morir en defensa propia. Del policía. Que para defenderse les tira a la espalda. O a la cabeza cuando están de rodillas, otra postura amenazante de la que deben defenderse. Especialmente cuando el oponente tiene 17, 18. 20. Y está desarmado. Pero además es moreno y con un piercing en el labio inferior.

Las estadísticas de la violencia policial están llenas de crímenes. Las estadísticas oficiales de los ministerios de seguridad están plagadas de suicidios.

Un par de días después de la muerte de Leonardo, otro suicidio en una comisaría, pero en Río Negro. Esta vez, el método resultó de singular sofisticación: Adrián Porman se golpeó la cabeza contra las rejas de un patrullero hasta destrozársela, dijeron. Por eso la autopsia determinó que la muerte se produjo por “traumatismos en el cráneo”. Propinados por él mismo. Se asesinó a golpes. Es decir, se suicidó. Lo hizo a la vista de todos: nadie evitó que se golpeara hasta la muerte.

La policía suicida a la terca juventud de los arrabales, que se rebela diariamente por su suerte. Rasurados de felicidad, amputados de futuro, los jóvenes criados en los descartes de la vida terminan intentando robarle el auto a un policía. Que los mata con un tiro en la nuca. Pero en “legítima defensa”. Como a Pablo Vera en General Roca, en setiembre de 2014.

O por fastidio o por nada, como a Braian Hernández (14 años) y a Matías Casas (19). Ambos murieron sin saber por qué, uno por un balazo que se le incrustó en la cabeza a través de la luneta del auto. El otro, cuando intentaba escapar del ataque inexplicable de un policía. Ambos por atrás, sin defensa posible, desarmados. Suicidios perfectos para el cinismo del brazo represivo del Estado.

O por venganza, como a Willy Gutiérrez, el día después de declarar contra el policía Salas durante el juicio por el crimen de Braian Hernández. Ejecutado a disparos desde un auto. Practicando suicidios para la creativa nómina de la rionegrina.

En el país de las internas feroces en las ratoneras de Inteligencia, de la convivencia carnal de fiscales, jueces y dirigencias con la embajada americana (del norte), de los suicidios freack y del chimanguerío que rodea el cuerpo aún tibio para contar centímetros de fama, nadie recuerda a Leonardo, a Adrián, a Matías, a Pablo. Ni a Willy. Ni a Daniel Solano, Sebastián Bordón, Braian Hernández, Ezequiel Demonty.

Queda Luciano Arruga como una silueta icónica estampada en el plexo solar de esta historia.

El resto no tiene cacerolas ni movilizaciones en plaza de mayo ni debate en intratables.

Pero sí debe quedar claro: a la hora de la identidad, nosotros no somos Charlie Hebdo ni el fiscal Nisman. Somos todos los desnombrados de este siglo. Los suicidados por la espalda que alguna vez tendrán sosiego.

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