miércoles, 18 de febrero de 2015

Argentina: Ante la marcha convocada para el 18 F

Rolando Astarita

En la sección Comentarios del blog me han preguntado mi opinión acerca de la marcha convocada para el 18 de febrero, por el caso Nisman. En esta nota explico las razones de por qué considero que no tiene sentido que la izquierda forme parte o convoque a esta marcha.

Convocatoria y consignas

En términos generales, podemos decir que la conveniencia de participar en una movilización está determinada por quién la convoca y por las consignas convocantes, en una coyuntura dada. Coyuntura que hay que analizar a la luz de una teoría que ponga el foco en la lucha de clases, y en la función de las instituciones estatales en el capitalismo.

Empecemos entonces señalando que esta marcha está llamada por “la comunidad judicial”, más precisamente, por los fiscales enfrentados a Gils Carbó. O sea, por gente que es parte esencial del aparato represivo del Estado y que estuvo, y sigue estando, comprometida con los servicios de inteligencia. A igual que están comprometidos con los servicios de inteligencia Gils Carbó y los fiscales K que la siguen. Todos, en este respecto, tienen una función de clase definida. En rigor, estos fiscales no han hecho prácticamente nada por frenar, a lo largo de años, los cientos y miles de atropellos contra trabajadores y el pueblo humilde; o contra la militancia y partidos de izquierda, o las organizaciones sociales “críticas y díscolas”.

Pero además, a la marcha no sólo irá mucha gente que está indignada por la responsabilidad del gobierno en la muerte de Nisman, sino también altos dirigentes políticos, que son insoslayables a la hora de definir el carácter de la movilización. Entre ellos, notorios tránsfugas del kirchnerismo, (como Massa), y ex altos funcionarios de Menem o de la De la Rúa que, cuando estuvieron en el poder, utilizaron el aparato del Estado para hacer operaciones de todo tipo en su propio provecho. A igual que lo han hecho los gobiernos K desde 2003 a la fecha.

En cuanto a las consignas, el 18 F se convoca con los lemas “Todos somos Nisman”, “Por la República”, se aclara que “no es una marcha contra nadie” y que hay que ir “sin consignas políticas”. Pero precisamente, lo que hace falta son posiciones políticas. Posiciones políticas que cuestionen esta República y su sistema de dominio, garante fundamental de las relaciones de explotación. La primera actitud de clase, del que es explotado y oprimido, es de distancia y de crítica frente al sistema de dominación y opresión, y frente a todos sus defensores. El punto de partida nunca puede ser el del “consenso callado”.

Una contradicción al seno del Estado

Vuelvo más abajo sobre el tema de las consignas, pero antes permítaseme una consideración de tipo general, que ayudará a entender algunas de las líneas de fuerza que se cruzan en la actual coyuntura argentina. La cuestión que quiero plantear es que el Estado capitalista está atravesado por una contradicción irresoluble: en tanto aparato de dominación, debe responder a los intereses comunes del “capital en general”. En este sentido, encarna la comunidad universal del capital. Sin embargo, el Estado siempre es particular, y a su frente siempre se encuentra una fracción particular de la clase dominante. Por eso, y en tanto sus instituciones tienden a autonomizarse, el “capital en general” corre el riesgo de verse perjudicado por fracciones particulares del capital con acceso privilegiado al Estado, o por los mismos altos mandos gubernamentales.

Naturalmente, esta cuestión remite al problema, tan discutido por los marxistas, de la “autonomía relativa” del Estado (véase, por ejemplo, Ralph Miliband, “Estado, poder y democracia capitalista”, en Repensar a Marx, autores varios, Madrid, 1988, Editorial Revolución, trabajo del que tomo varios conceptos). Es que por un lado, el Estado está movido por fuerzas capitalistas (depende de ellas) y está dedicado a la defensa de los intereses de esas fuerzas. Pero esto no debe llevar a una lectura puramente economicista o reduccionista del rol del Estado. Máxime cuando el Estado alcanzó, ya desde la segunda mitad del siglo XX, un inmenso poder e influencia. En palabras de Miliband, “el Estado necesita imperativamente más espacio vital para contener de forma eficaz la presión que viene desde abajo, y los que ejercen el poder y dependen de la legitimación electoral quieren más espacio vital para tener oportunidades de mantener el puesto”. Por eso, el impulso a la independencia del Estado bajo el capitalismo ya no se da en circunstancias excepcionales, como pensaban Marx y Engels. Así como el capital controla medios de producción, de comercio, finanzas y de comunicación fundamentales -y esto pone límites a la autonomización del Estado- el Estado toma poder propio.

El control y la represión antirrevolucionaria es así un campo propicio para la autonomización del Estado. En la medida en que aumentan las tensiones sociales, o la lucha de clases se intensifica, se necesita una intervención del Estado que se decide con independencia de los capitales particulares. Por lo tanto, de aquí deviene una tensión entre el asentimiento de la clase dominante de conjunto cuando se trata de reprimir al “subversivo”, y la resistencia y rechazo de los sectores que no están en control del aparato del Estado cuando este es utilizado en su perjuicio. En este último caso, pueden surgir problemas de legitimidad con respecto al Estado, esto es, de consenso o conformidad de la población para reconocer su autoridad; una cuestión importante en lo que respecta a los mecanismos de dominio. Por la misma dialéctica, también surgen tensiones cuando el aparato estatal se autonomiza y es utilizado como palanca de acumulación de capital (que a su vez sustenta poder político). Esta última cuestión no es señalada por Miliband, pero adquiere especial relevancia en Argentina, y en otros países capitalistas (y fue destacada por Bakunin). Y todo se agrava cuando desde las palancas del Estado se apela a la violencia abierta para favorecer a tal o cual interés particular.

Para “bajarlo” a tierra con dos ejemplos extremos: de conjunto la clase dominante argentina no tuvo mucho problema en tapar y disimular el asesinato de militantes del MTP que habían atacado el regimiento de La Tablada (bajo el gobierno del democrático Raúl Alfonsín). Pero muchos protestan y dan pelea cuando, utilizando el aparato del Estado, y apelando al fraude, la corrupción, los dineros negros, los Menem, los Kirchner o los Lázaro Baez se enriquecen a más no poder. O cuando desde el aparato del Estado se hacen toda clase de maniobras para perjudicar a tal o cual disidente de la oposición burguesa. Por este motivo, un Massa o un Alberto Fernández, que cuando formaron parte del gobierno K dejaban hacer al agente de inteligencia Stiuso cualquier tipo de inmundicia, hoy ponen el grito en el cielo por “la forma en que el gobierno K utiliza los servicios de inteligencia”. Sin embargo, cualquiera de ellos asume como “natural” que el Estado ejerza inteligencia sobre los “molestos”.

En otro plano, es conveniente señalar que las disidencias al seno de la clase dominante, y sus representaciones políticas, en torno al “uso y abuso” del aparato estatal, pueden abrir fisuras serias que, en circunstancias específicas, son factibles de ser utilizadas por la izquierda para avanzar sus posiciones.

Libertades democráticas

Este es entonces el marco más general en que se produce la muerte violenta de Nisman -nunca debe olvidarse: a los pocos días de haber denunciado a Cristina Kirchner y a su canciller- y en que fiscales “no K” llaman a marchar en homenaje a Nisman.

Con este trasfondo, una cuestión clave es que, lamentablemente, la clase trabajadora no ha tenido, en tanto clase, una posición crítica e independiente del gobierno y de la oposición burguesa, y la burocracia. Una postura de denuncia del rol del aparato represivo y de la represión, y del papel del gobierno K (y de los anteriores gobiernos) en el mantenimiento y fortalecimiento de ese aparato. Una denuncia que debería acompañarse de la exigencia de libertades democráticas. Por ejemplo, reflotar el caso Julio López; denunciar el gatillo fácil que sigue asesinando impunemente en los barrios populares; denunciar y avanzar en la investigación del operativo X: exigir la derogación de la ley antiterrorista; pedir el juicio por crímenes de lesa humanidad a Milani y denunciar el hostigamiento a la familia Ledo; denunciar los encubrimientos del caso AMIA y Embajada de Israel; denunciar las patotas sindicales y su convivencia con fuerzas represivas estatales, y similares. Para esto, hay que tomar distancia crítica de la “comunidad judicial” de conjunto, (por eso es necesario que “no todos seamos Nisman”), del gobierno K y del resto de las fuerzas burguesas. Por eso también, la clase obrera no tiene que estar en silencio. Por supuesto, tampoco es salida aplaudir y cantar estúpidas alabanzas a la presidenta. Es necesario fijar una posición de clase, autónoma de las fracciones burguesas, y del Estado en su conjunto.

En definitiva, las libertades democráticas que se consigan (y siempre serán precarias en tanto subsista el modo de producción capitalista) solo podrán ser el resultado de una actitud de clase de este tipo. Hoy deberíamos admitir que está lejos la posibilidad de acabar con el Estado capitalista (esta afirmación me diferencia de buena parte de la izquierda). Sin embargo, aun en los marcos de este sistema, una movilización independiente de la clase obrera podría obtener mejoras. Para esto, hay que tomar distancia de los dos sectores burgueses que se enfrentan. Esto último no niega que, en ciertas circunstancias, se pueda coincidir con una u otra fracción política burguesa, o de la burocracia, en algún reclamo puntual, con objetivos precisos y enfrentamiento delimitado. Para dar algunos ejemplos: si, por el motivo que fuere, una fuerza no socialista (puede ser un partido político, una institución como la Iglesia, una dirección sindical) denuncia los asesinatos en la comunidad Qom, de Formosa; o se opone a la ley antiterrorista; o pide el procesamiento de Milani, no habría impedimento en participar en alguna forma de unidad de acción.

La marcha no representa avance alguno para los trabajadores

Pero ese no es el caso de la marcha del 18 F. Ninguna de las fuerzas que convocan es progresiva para la clase trabajadora. No hay tampoco consignas progresivas. Ni la clase obrera, ni las fuerzas socialistas, pueden marchar para identificarse ingenuamente con Nisman, ni con los fiscales, ni con la República burguesa y su Estado. Convocar a esta marcha solo podría traer perjuicios para el logro de una conciencia de clase, independiente del poder burgués. Se puede decir que lo mío -una movilización independiente de la clase- es, por ahora, una expresión de deseo. Pero es la única salida de fondo posible. No veo otra.

https://rolandoastarita.wordpress.com

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