viernes, 6 de febrero de 2015

Ayotzinapa: “La educación perseguida”

Celedonio Torres (ACTA)

El 26 de septiembre de este año, un grupo de estudiantes de la denominada Escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos” tenían previsto realizar una protesta pacífica en la localidad de Iguala de la Independencia, en el sureño estado de Guerrero, México.

La policía de Iguala reprimió sin causa alguna con balas de plomo a los estudiantes. El saldo de esa represión fue de 6 muertos, 25 heridos y 43 desaparecidos. Algunos testimonios de estudiantes sobrevivientes dieron cuenta de la brutalidad de esa violencia. Los “normalistas” eran muy jóvenes, pobres, campesinos y campesinos indígenas. Pero aquel reclamo no era el primero que realizaban y no son los primeros muertos y desaparecidos que sufren estos estudiantes. ¿Y qué solicitaban a las autoridades? Lo mismo de siempre, medios para seguir estudiando, nada menos y nada más, porque la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa prácticamente es autogestionada por sus mismos estudiantes.

Hasta la fecha, los 43 estudiantes siguen desaparecidos, salvo Alexander Mora Venancio, del cual se han hallado sus restos mortales. Los principales noticieros del mundo hablan sobre el tema. México se moviliza, señala, denuncia, busca: escarba la tierra para encontrarlos. Se le solicitó la renuncia al presidente Mexicano Peña Nieto. El presidente de EEUU, Barak Obama, ha intervenido directamente en el tema. Conocidas personalidades del mundo entero han mostrado públicamente su solidaridad con los 43 estudiantes desaparecidos, como el conocido grupo de rock puertorriqueño Calle 13, el cantante argentino Leon Gieco, entre tantos otros artistas de distintas clases. Bajo el lema “Vivos se los Llevaron, Vivos los Queremos” se realizaron marchas en distintos países exigiendo la aparición de los estudiantes, como ser en Nueva York (Manhatan), donde hubo manifestantes detenidos por la policía. Hoy en día multitudinarias marchas en México se siguen realizando y las autoridades no tienen respuestas. Los estudiantes no aparecen.

Se culpa al narcotráfico, más precisamente al Cartel de Guerreros Unidos en connivencia con el alcalde del lugar, José Luis Abarca, cuya esposa, María de los Ángeles Pineda, también funcionaria pública, tendría vínculos con el narcotráfico. Desde hace tiempo en la zona hay una fuerte presencia del narcotráfico amparada por los distintos alcaldes. Es más, en reiterados informes periodísticos se manifiesta que los alcaldes de esa localidad mexicana hace años son puestos y depuestos según la conveniencia y el capricho del narcotráfico, con lo cual gobierno y narcotráfico en ese Estado Mexicano son dos caras de la misma moneda.

La hipótesis más fuertes es que el día de la represión los 43 estudiantes fueron entregados por la policía a los narcotraficantes para que éstos hagan el trabajo sucio de hacerlos desaparecer, que desde luego, no era el primero. Producidos los asesinatos y las desapariciones de aquel 26 de septiembre, bajo una gran presión popular, la justicia Mexicana procedió a la detención del mismo alcalde y de su mujer, que se habían dado a la fuga, como así también se detuvo preventivamente a policías y sicarios del cartel Guerreros Unidos. A pesar de ello los 43 estudiantes no aparecen, especulando su paradero entre fosas comunes y otras inciertas teorías. El mundo entero sigue esperándolos.

A esta altura de los acontecimientos, ¿se puede decir que la trágica desaparición de los 43 estudiantes es sólo un complejo y tenebroso problema de narcotráfico con la complicidad política del Gobierno Mexicano? Primero propongo detenernos en lo que significa realmente la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos”.

La escuela de Ayotzinapa no es cualquier escuela. Su historia posee un profundo contenido social, que tiene que ver con reivindicaciones de la población rural de aquella zona. La escuela de Ayotzinapa es hija directa de las reformas agrarias mexicanas originadas en la revolución mexicana zapatista, es una institución -aunque no sea del todo justo este término- “formadora de conciencia campesina y campesina indígena”, con altos grados de organización, y eso para muchos intereses a lo largo del tiempo desde lo cultural y lo económico fue muy peligroso. Actualmente la escuela Normal de Ayotzinapa, como otras escuelas normales mexicanas, forma parte de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas, y fue creada en 1926, en tiempos en que la Revolución Mexicana aún vibraba en el pecho del pueblo. Fue fundada por el entonces Secretario de Educación Pública Moisés Sáenz, un destacado educador que dirigió no pocos esfuerzos en reivindicar las raíces indígenas de México, inspirado en la gran obra de José Vasconcelos, profundo pensador de la educación Mexicana, un adelantado, un visionario, y como tal, odiado y amado al mismo tiempo, pero nunca pasado por alto. Con Vasconcelos la educación traza un límite, un antes y un después.

Vasconcelos pregonaba una educación para todos, encarnada en las raíces mexicana hispánicas y prehispánicas. En el discurso de asunción al cargo de rector de la Universidad dijo: “... yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje para el pueblo”. Vasconcelos crea el escudo Universitario bajo el lema: “Por mi raza hablará el espíritu”, síntesis de su vocación educadora. Se ve en el escudo las imágenes de la naturaleza (cóndor y águila) y la alegórica imagen de volcanes y el nopal azteca. Esta imagen creada por Vasconcelos vale más que mil palabras. El premio Nobel mexicano Octavio Paz escribió en su trabajo La Inteligencia Mexicana: “Vasconcelos pensaba que la Revolución iba a redescubrir el sentido de nuestra historia, buscado vanamente por Sierra. La nueva educación se fundaría en la sangre, la lengua y el pueblo”. Este poeta Mexicano en su conocida obra El Laberinto de la Soledad ya había escrito: “Vasconsuelos era antiintelectualista. Filósofo de la intuición, considera que la emoción es la única facultad capaz de aprehender el objeto. El conocimiento es una visión total e instantánea de la realidad. Vasconcelos elabora más tarde una filosofía de la raza iberoamericana”. Estos principios revolucionarios para la época, los cuales exceden este espacio para profundizarlos como se merecen, Vasconcelos los intentó aplicar en todo su magnitud cuando ocupó la Secretaría de Educación Pública de México, luego Moisés Saénz sería un fiel continuador. Este es el origen conceptual de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, desde ya nada más alejado que los paradigmas educativos que promulgaban y promulgan las clases conservadoras, materialistas y poderosas mexicanas.

A manera de “huacas”, la escuela rural Ayotzinapa pudo conservar, por motivos de ubicación y de estructura social, todo ese contenido educativo popular, legado directo de Vasconcelos y de la Revolución Mexicana, ello sumado a la impronta que le darían sus estudiantes. Por eso para el alumnado de esta Escuela Rural, en concordancia con su origen, no fue indiferente la Revolución Cubana (1959). Este logro cubano les despertó a los estudiantes sus genes más íntimos, aquellos que tuvieron que ver con su nacimiento, con su sentido de existencia y de formación educativa. La Revolución Cubana le daba el cauce necesario para expresarse políticamente, en la teoría y en la acción. Por eso el estudiantado, en gran mayoría hijos de campesinos y de indígenas del lugar, no podían ser ajenos a la reforma agraria que proponía el Gobierno de Cuba después de la Revolución, ya que coincidía con aquella Revolución Mexicana de la que habían participado sus padres y abuelos, cuyo factor principal fue la lucha por la tierra, alma de la escuela normal de Ayotzinapa.

Como diría Sartre, “sólo hay realidad en la acción”. Por eso, como en otras partes de Latinoamérica, en México se intentó imitar la experiencia revolucionaria cubana. El ambiente geográfico, histórico y social de la escuela rural de Ayotzinapa era tierra fértil para el nacimiento de importantes líderes revolucionarios. En efecto, el primero fue el conocido Lucio Cabañas (1938), maestro rural y líder estudiantil que se formó en la escuela rural de Ayotzinapa. Éste fundó el “Partido de los Pobres” y lideró un importante movimiento armado de liberación en las selváticas serranías de la zona del estado de Guerrero a fines de la década de 1960, siendo emboscado y muerto por el ejército mexicano en el año 1974. También pasaron por las aulas de la escuela rural de Ayotzinapa otros muy importantes líderes políticos como Genaro Vázquez (que lideró luchas armadas) y Othon Salazar. Todos con diferentes matices pero con ideas y acciones sólidas con respecto a las reivindicaciones sociales y sobre todo rurales.

Semejante bagaje militante está impregnado en las paredes de la Escuela Rural de Ayotzinapa, semejante memoria reivindicativa y organizativa está tatuada en la piel de los estudiantes de la escuela rural de Ayotzinapa. Y aquellas manifestaciones de los estudiantes es la continuación de aquellas luchas campesinas y campesinas indígenas, y su represión tiene que ver con la misma represión y estigmatización que sufrieron sus antecesores. Pero, reitero, esta vez no es el gobierno en forma directa el que reprime, sino el narcotráfico, como en la Argentina no es el Kirchnerismo quien mata campesinos (Cristian Ferreyra) sino los paramilitares de los empresarios sojeros. La misma bala que traspasa y mata a los estudiantes normalistas mexicanos hoy en día es la misma bala que traspasa y mata a Othon Salazar, Genaro Vazquez, Lucio Cabañas, Vasconcelos y a Emiliano Zapata.

Esto es lo que no se dice. Los asesinatos y las desapariciones no empiezan y acaban en un problema del narcotráfico. El narcotráfico es el emergente, la forma de represión del Gobierno Mexicano contra las organizaciones campesinas y campesinas indígenas que claman por sus derechos, aparte de ser un flagelo y un negocio millonario. Y como la educación que libera y concientiza es el peor enemigo del capitalismo y del delito organizado, se la reprime en su punto más íntimo. Y aunque parezca mentira es más fácil hablar de narcotráfico, que lo hay, que hablar de una deuda social con los campesinos y campesinos indígenas, como así también es menos peligroso favorecer al narcotráfico que permitir la organización campesina y campesina indígena. Quizás el Gobierno mexicano y Estados Unidos no se puedan dar el lujo de tener en el hemisferio Norte otro Subcomandante Marcos, porque cada uno de los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa es en potencia un Subcomandante Marcos, y peor que eso, una comunidad organizada con valores reivindicativos indígenas y campesinos indígenas que apuestan a la recuperación de las raíces, a la productividad comunitaria de la tierra, a la solidaridad ante desastres naturales, y a la transformación de la realidad.

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