lunes, 9 de febrero de 2015

El largo regreso a la Isla El Silencio

LA RETAGUARDIA

Las imágenes pueden hablar más que mil palabras, es cierto. Pero también lo es que en muchas ocasiones la necesidad de poner en palabras se impone. Sobre todo cuando lo que abunda es El Silencio. Acompañamos a sobrevivientes de la ESMA durante la visita ocular realizada a la isla del delta del Paraná donde fueron escondidos por la dictadura durante más de un mes.. Allí, ante los integrantes del TOF 5, volvieron a dar testimonio, "exprimiendo la memoria" dice el "Sueco" Carlos Lordkipanidse. Dejamos aquí una crónica acerca del largo viaje hacia un pasado todavía poco conocido: el del traslado de los secuestrados en la ESMA a la Isla El Silencio, durante la visita que realizó en septiembre de 1979 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

“Salimos hacia la derecha. Lo digo para recordarlo, porque yo no conozco exactamente el lugar preciso dónde queda la isla. Estamos saliendo por el río Luján hacia la derecha, vamos a desembocar en algún otro lugar y luego en otro”, dice Víctor Basterra, sobreviviente del Centro de detención, tortura y exterminio que funcionó en la Escuela de Mecánica de la Armada, ya subidos al barco de la Prefectura Naval que nos llevará hasta la Isla El Silencio. Basterra no conoce cómo llegar porque su primer viaje lo hizo esposado, encapuchado y tirado en el piso tapado con una lona. Eso fue el 7 de septiembre de 1979. Dicen quienes la recuerdan especialmente, que fue una mañana fría pero cargada de fervor popular. Que buena parte de la población madrugó como nunca para ver la final del Mundial de Fútbol Juvenil, que se jugó en Japón, la otra parte del mundo. El seleccionado dirigido por César Luis Menotti y Roberto Saporiti, contaba con Diego Maradona y Ramón Díaz como principales estrellas. Argentina jugó la final contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Le ganó 3 a 1. Campeones del Mundo, como el año anterior en mayores. Campeones del Mundo. Los mejores, en casi todo… Ese mismo día, algunos secuestrados fueron llevados a la Isla El Silencio, una sucursal del infierno.

“Estamos dirigiéndonos en una lancha de la Prefectura Naval hacia la isla El Silencio, que fue donde el grupo de tareas 3.3.2, que funcionaba en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) le compra en una operación fraudulenta, obviamente, a la Iglesia Católica y donde estuvimos secuestrados durante el período en que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) estuvo nuestro país, en septiembre de 1979”, explica detalladamente Enrique Fukman, otro de los sobrevivientes. La dictadura había tenido que ceder ante las presiones generadas por las denuncias internacionales. Debió aceptar que la CIDH visitara el país para tomar testimonios de familiares de los desaparecidos. También pasarían por la ESMA, por eso, la Armada decidió conseguir un terreno alejado de la ciudad, en las cercanías del Río Paraná Miní, parte del delta del Paraná. “Estuvimos un mes. Los que estábamos en trabajo esclavo fuimos a fines de agosto y volvimos a Buenos Aires a fines de septiembre. Y los primeros días de septiembre fueron llevados los compañeros que estaban en Capucha”, dice Fukman, marcando la diferencia entre quienes ya llevaban tiempo en la ESMA y los que llegarían aquel 7 de septiembre.

Osvaldo Barros formaba parte de ese último contingente: “Hacía pocos días que había sido secuestrado, entonces estaba en Capucha, con una capucha en la cabeza, grilletes en los pies y esposas en las manos. Estando en esas mismas condiciones, nos subieron en una camioneta y después hasta una lancha de la Prefectura, en las que nos llevaron a la isla. No podíamos ver absolutamente nada”, contó Barros, a quienes algunos de sus compañeros continúan llamando, aún hoy, Anteojito, ese apodo que le pusieron durante el cautiverio porque, aun con la capucha puesta, no se quitó sus anteojos, quizá como un acto reflejo o esperando ansioso y preparado el momento de volver a ver. “Nos habían dicho que íbamos hacia una isla del Tigre. El temor siempre estaba presente, por supuesto, porque además no teníamos ninguna experiencia, hacía una semana que habíamos sido secuestrados, no sabíamos qué podía pasar. La sensación era de incertidumbre. Recuerdo que era un día con viento, el río estaba bastante picado, había muchas olas, y sobre todo la lancha se movió mucho cuando atravesó el río Paraná (de Las Palmas). Para nosotros, en esas condiciones, era bastante duro”, cuenta Barros. Basterra suma su recuerdo: “Yo particularmente caí el 10 de agosto; a fines de agosto, principios de septiembre nos trasladan a la isla. Ese viaje se hizo en dos tandas: una noche primero llevaron a un grupo y otra noche, a otro grupo; yo estaba en el segundo. Estoy hablando de Capucha. Eran tipos que estaban en pedo, nos cagaron a palos en el camino. Yo pensaba que nos iban a pegar un tiro en la cabeza, pero, bueno… zafamos. Nos trasladaron en una lancha abierta, nos tiraron una lona encima y llegamos a la isla.

El valor de la visita ocular

En este viaje diferente hacia la isla, ahora en el marco de la Megacausa que juzga aquellos crímenes, están algunos de los sobrevivientes: Carlos "Sueco" Lordkipanidse, Osvaldo Barros, Enrique "Cachito" Fukman, Alfredo "Mantecol" Ayala, Angel "Taita" Strasseri, Victor Basterra y Leonardo "Bichi" Martinez. Mantecol es el único que regresa por primera vez. Los demás ya habían participado de otra visita ocular el año pasado. También están representantes de algunas de las querellas, parte de los defensores oficiales de los genocidas y Guillermo Friele, fiscal de esta causa junto a Mercedes Soiza Reilly. Ellos solicitaron la medida de prueba: “Es una inspección ocular que fue pedida oportunamente por la Fiscalía porque entendíamos que era una prueba muy importante para que los jueces observen este lugar donde estuvieron alojados ilegalmente los damnificados de la causa ESMA. Hay que recordar que a los cautivos de la ESMA los llevan a la isla porque querían evitar que los vean los integrantes de la CIDH en 1979. Para la Fiscalía es un elemento de cargo porque se ha podido identificar el lugar donde todos los cautivos de esa época dijeron que los habían llevado en el año 1979. Es una prueba muy importante porque todos vamos a ver, observar y recorrer los lugares donde estuvieron las víctimas”.

Buscando la Isla El Silencio

Fukman recuerda cómo fue que encontraron y reconocieron la isla: “Lo primero que tenemos que decir es que a este lugar lo venimos denunciando desde 1984. Es tremendo, porque si pensamos que el primer allanamiento fue en 2014, la justicia tardó treinta años en venir, cuando venimos denunciando desde la Conadep. La primera ubicación en la que yo participo la hacemos con (Lázaro) "el Ruso" Gladstein, un compañero que falleció en 2008. Teníamos claro cómo llegar, porque yo me acordaba que veníamos por el Paraná Miní y a la derecha teníamos el puesto de Prefectura, y ahí doblaba. Cuando la justicia dice que no hay forma de ubicarla, hicimos algo de lo más sencillo: fuimos a la Casa de la Provincia de Buenos Aires, pedimos el mapa de las islas de la segunda sección como si nos fuéramos a pasear, y la ubicamos. Lo planteamos en la Fiscalía y un día vengo con Mario Villani (el hombre que pasó por cinco ex centros clandestinos), junto con Maco Somigliana (actual integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense, en ese momento trabajando en la fiscalía a cargo de Strassera). Nada más pudimos bajar hasta el borde; ellos entraron, hablaron con la gente que habitaba ahí, y después nos volvimos, no pudimos recorrerla. Y como después vinieron las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, quedó todo ahí. Cuando se reabren las causas, nosotros volvemos a plantear el tema de la isla, y nunca pudimos hacer que viniera la justicia. En el año 2013 se conecta con nosotros una escritora argentina-española, Marisa González, que en el año ‘75 se exilia con su familia en España cuando ella era adolescente. En este momento trabaja en Letras en la universidad, está seis meses en España, pero como siente que este es su lugar, viene seis meses. Entre otras cosas, compró una casa en una isla del Tigre y empezó a investigar. Un día nos empieza a buscar porque había ubicado la isla. Armamos un viaje y vamos con ella. Recorrimos el lugar, que estaba semivacío, con Carlos Lordkipanidse, Osvaldo Barros, “el Carnaza” Roberto Barreiro y yo. Estaba todo intacto… más allá del estado de abandono que tiene el lugar. Estaba la casa chica, donde estaban los capucha; estaba la casa grande, donde estábamos nosotros. Encontramos la piedra de afilar los machetes, los tanques (de agua) que yo había armado estaban tirados. Estaba todo. Carlos empieza a plantear al juzgado de Sergio Torres que había que hacer un allanamiento, y si no lo hacían, íbamos a ir con los medios. Lo que hay que tener en cuenta es que el grupo de tareas había hecho una compra fraudulenta a la Curia, antiguamente había sido del Episcopado. Decimos "compra" porque la hicieron con documentos de un secuestrado que habían liberado y se había ido del país (Marcelo Camilo Hernández). Pensamos que por eso nunca se investigó, porque están involucrados sectores de la Iglesia argentina. Finalmente el año pasado el Juzgado federal Nº12, a cargo del juez (Sergio) Torres, hace un allanamiento a la isla del cual participamos. En ese momento inclusive estaban los fiscales del Tribunal Oral Federal y se quedan todos sorprendidos porque decían que es todo tal cual nosotros decíamos. Sorprendía que estuviera todo igual. Habían pasado treinta y seis años y estaba todo igual. Nosotros decimos cómo llega la impunidad, que pasan tantos años y continúa como si nada. Claro, qué iban a cambiar si nunca se iba, se habían garantizado en cierta forma de que nunca se iba a ir (al lugar). La gente que estaba en la causa podía repetir cada cosa que nosotros decíamos y ahí estaba”.

Ganarse la vida cada día

Alfredo Ayala tiene un apodo que está ligado a su infancia. Le pusieron Mantecol porque pasaba horas ante el televisor mirando dibujos animados auspiciados por esa golosina. Cuando pasó a la clandestinidad, ante la necesidad de tener un nombre de guerra, no dudó: Mantecol. Así le siguen diciendo sus compañeros. En pleno viaje, se lamenta por no haber podido participar de la visita del año anterior: “no es que no quería venir, sino que en ese momento estaba trabajando en una provincia y cuando me avisaron no tenía forma de volver rápido. Me quedé con las ganas”. Sabe que está cerca. Le preguntamos por sus sensaciones al estar haciendo ahora el viaje: “primero la alegría de ver a algunos compañeros, era importante. Lo que me importa es que los compañeros sobrevivientes, amigos míos, estén bien y que pueda aportar un poco más a la historia. Si no tenemos historia, no vamos a juzgar a nadie”. Es difícil decirlo de este modo, pero entre todos los sentimientos que notamos en este viaje de ida, puede reconocerse la alegría.

Si bien nunca regresó hasta hoy, Mantecol no fue a la isla una sola vez. Obligado al trabajo esclavo, formó parte en la ESMA de un grupo que se encargó de acondicionar el lugar antes de la mudanza. “Nosotros hicimos varios viajes en distintas circunstancias. Yo estaba en un equipo de mantenimiento. Cuando ellos se hicieron cargo de la isla, nos trajeron la primera vez para hacer la reparación. Después, cuando estaban trasladados los compañeros, nos trajeron también para arreglar un poco más. Y volvimos cuando ya se montó una empresa de madera, porque ellos aprovechaban todo". Ayala asegura que el 40% de su cautiverio transcurrió en la isla. Pero no fue esa la única reparación que tuvo que hacer para la Armada: “Ellos tenían un grupo que se llamaba La Terrada, que era la que reformaba El Sótano, hizo La Pecera (espacios dentro de la ESMA), hicieron un montón de trabajos. Y como "premio" nos llevaron a hacer trabajos fuera de la ESMA. Uno de esos trabajos fue la isla. En la isla tuvimos un tiempo para reparar y otro tiempo como mano de obra para una empresa”. Mantecol dice que esa esclavitud le sirvió de algún modo: “para nosotros era como escapar de la muerte, teníamos ocupada la mente en otra cosa. Teníamos todavía miedo de que en algún momento nos mandaran para arriba, así que teníamos que aprovechar todo segundo a segundo. A mí no me importaba, todos los días cortaba árboles, cortaba pasto; laburaba en lo que me decían. Me levantaba a las seis de la mañana, me acostaba a las doce de la noche, pero era ganarme la vida. Eso sí que era ganarme la vida”, dice con énfasis.

También nos cuenta acerca de los trabajos forzados que realizaba fuera de la ESMA: “eran casas que les robaban a los compañeros. No solamente se llevaban a las familias o los mataban, sino que también se robaban las ropas, las sillas y las casas. Y si tenían empresas, se robaban empresas. Con el tiempo, vieron el negocio y necesitaban repararlas; entonces, con La Terrada, reforzada con otros compañeros, se montó una empresa y después una inmobiliaria que las vendía”.

Descanso antes de llegar

Como para agrandar la ansiedad, el viaje se hace larguísimo. Cuando llegamos a una base de Prefectura Naval en el Paraná Miní, tenemos que cambiar de embarcación para poder arribar a la isla, ya que el calado del anterior no nos permite entrar. Casi al mismo tiempo, descienden de un helicóptero los jueces del Tribunal, Daniel Obligado, Adriana Paliotti y Leopoldo Bruglia. Allí se acerca uno de los secretarios del juzgado, Martín Schwab, para explicarnos que el tribunal tenía dos caminos: pedir la colaboración del actual dueño del lugar o realizar un allanamiento. Decidieron contactar al dueño y les dijo que no tenía ningún inconveniente. Está en Pacheco, también en la zona norte del gran Buenos Aires, y lo buscarán en el helicóptero. Tenemos entre cuarenta minutos y una
hora para tomar algo e intentar comer. El calor sofoca. Al sol le escapamos esta vez debajo de unos árboles, en un descanso a la vera del río, una especie de almacén cuyo dueño no pierde la tranquilidad ante la llegada de 21 personas que superan su capacidad de provisión habitual. Las bebidas llegan rápido pero las milanesas no. Nos ubicamos en tres mesas. Los sobrevivientes han ejercitado su poder de observación, en esa obsesión por apretar recuerdos. Uno de ellos nos dice: "mirá qué loco: en una mesa están los judiciales, en otra los periodistas y en otra nosotros". Sentados a su lado, le preguntamos por qué no nos cuenta como periodistas. "Ustedes son compañeros", suelta con naturalidad y nos enorgullece con ese nosotros. Vemos llegar el helicóptero y presumimos que nos esperarían, pero los secretarios del juzgado regresan para decirnos que el dueño de la isla tiene que irse, así que las milanesas deberán quedar para después de la visita. El del almacén respiró aliviado. Ya eran casi las 15, y el hambre había quedado superada por la ansiedad por llegar.

La casa grande

Desde la lancha la casa se acerca. Vemos la mirada de los sobrevivientes, que ya no transmite alegría. Llegó el momento de volver. La Isla El Silencio podría ser un sitio hermoso si pudiera despegarse del lugar que fue, del lugar que es y nunca podrá dejar de ser: un ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio.
Basterra está endurecido con la vista fija en la construcción: “esta es la casa grande. Acá estaban los compañeros destabicados. En ese lapso de un mes y días, me trajeron una vez, como a casi todos los compañeros, a bañarme porque acá había una ducha. Después regresé, pero no puedo decir que esto era así o así. Solamente vi un espacio, que al lado de donde estábamos (en referencia a la casa chica), parecía un palacete. Acá estaba también “Mariana” —Nora Irene Wolfson—, que había sido apartada de Capucha por haber sido violada”, recuerda con dolor. Su sonrisa ya no está, quedó en el barco.
Fukman toma el hilo del relato: “este es el lugar de aquellos que estábamos en estado de esclavitud. “Los capuchas” estaban en la otra casa, la casa chica. Se subía por este lado y se entraba acá directamente en lo que es la cocina. Este era el comedor. Acá se ponía la mesa donde desayunábamos, almorzábamos. Ese mueble es de esa época. La cocina económica que Carlos (Lordkipanidse) recién les decía es esa que está ahí, tirada. Nuestro ingreso no era por ahí, sino por esta puerta que hoy está tabicada. Cuando nosotros hablamos de `un mueble en la esquina’, es ese, el mismo mueble”, señala con obsesión por cada detalle. El Sueco y él llevan el hilo del relato. El juez Obligado les recuerda que, dentro de la visita, el testimonio es bajo juramento de decir verdad, como si estuvieran en el tribunal. Como si hiciera falta hablarles de verdad a ellos, que la han perseguido con una paciencia implacable. Lordkipanidse se detiene en las diferencias: “respecto de la última visita, falta la piedra de afilar, una piedra redonda, con un esmeril, una que servía para afilar los machetes que se usaba para cortar formio”.

En un rincón, mirando por una ventana mínima que se convierte en la única luz de un ambiente oscuro en todos los sentidos, está Ángel Strasseri. “En este ambiente, por el balconcito, mirábamos para afuera”, cuenta y recrea la situación.

“Salgamos de acá que hace mucho calor”, pide el Sueco. Asfixia. No solo el calor. Fukman retoma el relato ya fuera de la casa. Empieza a recordar quiénes estuvieron allí. Con su mano izquierda estira uno de los dedos de su mano derecha mientras cuenta. Lo hace con fuerza. Con esa obligación autoimpuesta de no olvidar ningún dato y menos a un compañero. “Acá estaban: Lordkipanidse, Strasseri, Víctor Fatala, Roberto Barreiro, Quique Muñoz, Lecumberry, Oviedo, el Viejo Guillermo, el Boga Acosta, Ramón Calabozo, el Tano, Luis Rojkin, el Bichi Guillermo Miranda, Hernán, Caballo Loco Vázquez, Zurita, Laurenzano, Andrés Merialdo, Mario Villani y yo. Y las cuatro chicas”, enumera. Se refiere a Thelma Jara de Cabezas, Blanca Firpo (Betty), Lucía Deón y Nora Irene Wolfson (Mariana), la única de las cuatro que aún permanece desaparecida. Se sabe que estuvo viva hasta el año '83, y que fue obligada a viajar con Ricardo Cavallo (alias Sérpico) a Brasil. Los sobrevivientes también nombraron a dos compañeros que no fueron trasladaron a la isla, que están desaparecidos desde aquel momento: Ricardo "Topo" Saenz y "Tachito", del que nunca supieron el verdadero nombre.

La parca

Entre cada historia que cuentan tenemos ganas de repreguntar y profundizar. Strasseri describe el lugar donde jugaban al fútbol de tanto en tanto. Y relata las habilidades de cada uno. En ese detalle de cada lugar, Lordkipanidse pide atención hasta que el juez lo escucha. Le pide a Obligado que dejen constancia de un lugar en especial. Nos acercamos hasta la orilla, cerca del muelle. “Es acá”, indica el Sueco. “Acá se sacó la foto La parca, del suboficial González, alias el Hormiga, que ganó un primer premio en un concurso nacional de fotografía. Utilizó de modelo a una prisionera, la puso acá y le sacaba fotos, con una frazada negra, una calavera en la mano. La intención de mostrar este lugar en particular es demostrar la veracidad de que la foto fue tomada en este lugar. Esto no era tan abrupto (la orilla), sino que era más liso. El suboficial González estaba en ese lugar, la prisionera Lucía Deón estaba en este lugar; los pinos que salen en la foto son estos. Nosotros testificamos esto porque estábamos en el lugar, vimos la escena. Nos costó siempre demostrar que González había estado en este lugar y que era el dueño de esa fotografía”, señala al detalle el Sueco, con los ojos húmedos y una angustia visible. "Eso tiene correspondencia con cuando nosotros estábamos en Pecera; él ya estaba sacándole fotos a Lucía practicando, la caracterizaba con velos blancos. Lo previo de eso fue esto. Es un complemento de esa información", agrega Strasseri.

Lordkipanidse afirma que esa situación le mereció una sanción a González de parte del capitán Abdala "porque estaba mostrando este lugar, con una prisionera, encima".

La casa chica

—Algunos tomaron agua del río, lo que provocó cólicos, descomposturas, infecciones intestinales—, recuerda Barros.

—Martín Schwab (secretario del juzgado): ¿Aquí estaban también como en Capucha, engrillados, encapuchados?

—OB: De la misma forma: encapuchados, grilletes en los pies y esposas en las manos. Esta parte de arriba era la habitación de los guardias. Muchas noches los guardias venían todos borrachos, se ponían a bailar, a zapatear. Caía una nube de polvo sobre nosotros. Provocó gritos, ataques de nervios porque era un ruido infernal. Me acuerdo que una noche fue tal el lío que hicimos, los gritos que pegamos nosotros, que vino un oficial y paró un poco lo que estaban haciendo arriba los guardias.

—MS: ¿El piso era de tierra, de madera?

—OB: Era de tierra cubierto con un nylon. Sobre ese nylon habían puesto las colchonetas directas.

—MS: Pero había dos cuchetas.

—OB: En una cucheta, que era de este ángulo de acá, estaban mi señora, Susana Leiracha, y Norma Cozzi. Y en el medio habían puesto otra cucheta, en la que estaba la Tía Irene y arriba la habían puesto a la Gallega Martínez; a ella, como la cara le tocaba contra los tirantes del piso, le agarró un ataque de nervios, la bajaron.

—MS: ¿Algo más que quieran decir de acá afuera? (antes de entrar a la casa chica).

—OB: Esas malas condiciones trajeron muchas consecuencias. Había compañeros con sarna, piojos, salpullidos en la piel. Estábamos en muy muy malas condiciones en un mes.

—Basterra: En mi caso, una sola vez me llevaron a bañar.

—OB: Sí, nos llevaron a bañar a la casa grande. En todo el mes, habrán sido dos o tres veces que nos sacaban acá a la noche a tomar un poco de aire. Nada más que eso.
Una cucheta estaba en ese rincón donde ahora está esa mesa y la otra estaba por acá, por el medio. Yo estaba al lado de las cuchetas, por esa zona; a mi lado creo que estaba Ramón Ardeti; los demás estaban por acá, por el piso.

—MS: Me interesa ver el piso. Y la altura entre el piso y el techo. 1,68, 1,67 metros. Y con dos cuchetas, el que le tocaba la parte de arriba, en fin...

—OB: A dos mujeres: allá dos y acá otras dos. Pero fundamentalmente a una, que la habían puesto de este lado, entonces, su rostro casi tocaba el tirante de madera. La Gallega Martínez decía: "Estoy en un ataúd, estoy en un ataúd". Fue ahí cuando la bajaron.

—MS: Este era el problema que ustedes decían, que se caía... (por el polvo que caía del tablado de madera que hace de techo del subsuelo y piso del ambiente superior).

—OB: Claro. Imagínense ustedes, zapateando acá arriba... Porque esto es esto, nada más, no hay nada. No es un sobretecho, es el piso de arriba. Imaginen lo que puede llegar a pasar diez varones zapateando acá. Allá estaba el baño. Era una letrina. Han tapado una ventanita que había ahí.

El momento de la visita a la casa chica fue, sin dudas, el peor. El lugar es tan horrible, que solo entramos unos pocos. No solo por pequeño, sino porque muchos prefieren evitarlo. El que sí entra en esa escena aún hoy espantosa es Marcelo Ardeti. Es la primera vez que viene a la Isla. Su papá, Enrique Ardeti, "el Gordo", permanece desaparecido. Víctor Basterra siempre lo recuerda y carga en su morral de sobreviviente con un mandato que cumple cada día de su vida: “negro, si zafás de esta que no se la lleven de arriba”, le dijo Ardeti. En eso anda Basterra también aquí, en la Isla El Silencio. Marcelo está conmovido recorriendo el lugar donde estuvo su padre. Basterra lo acompaña a cada paso. Ardeti filma con su teléfono celular.

Un nombre más

En medio de su declaración en la casa chica, Osvaldo Barros sorprendió a todos: “quiero dar un nombre que nunca dí. Es la primera vez que lo hago. Es el de un compañero que estuvo acá y nunca declaró. Ahora lo puedo decir porque sé que murió. Se llamaba Urretavizcaya. Le decíamos el vasco. No sé más de él. Solo que sobrevivió, se exilió y nunca declaró. Creemos que ya sabemos todo sobre lo ocurrido en la última dictadura cívico-militar, pero muchas historias permanecen aún sin ser reconocibles.

La Isla El Silencio hoy

La visita ocular del año anterior, realizada por el juzgado que instruye la megacausa ESMA, a cargo del juez federal Sergio Torres, fue en realidad un allanamiento, ya que se hizo por orden judicial sin permiso del dueño actual. Esta vez el dueño estuvo en el lugar. Aunque intentó pasar desapercibido, La Retaguardia dio con él y mantuvimos el siguiente diálogo:

—La Retaguardia: ¿Cuándo compró esta propiedad y quién era el dueño anterior?

—Propietario: Hace cinco años. A Betiga… de apellido Betiga, un granjero de Los Troncos. Yo se la compré a él.

—LR: ¿Eras lugareño?

—Propietario: No, no. Yo lo conocí a él y como sabía que estaba interesado en comprar algo en la isla, un empleado de él me ofreció otra casa, después se arrepintió, no quiso y fue entonces cuando me dijo: "Yo tengo esto allá, ¿te interesa? Son tantas hectáreas".

—LR: ¿Cómo te enteraste de todo esto?

—Propietario: Me enteré por un amigo el día que vinieron (por el allanamiento de 2014). Yo estaba en el centro, no sabía nada de lo que estaba pasando, que estaban allanando.

—OYP: ¿Tenés alguna opinión sobre lo que pasó en este lugar?

—Propietario: Opinión… no, ninguna. De lo que pasó antes, no tengo nada…, nada que ver, no conozco. No sé.

A los sobrevivientes les llama poderosamente la atención que el lugar permanezca casi intacto.

El lugareño

Según el relato de Basterra y Barros, una vez, mientra estaban en la casa chica, vieron que un lugareño intentaba acercase al lugar. Lo detalla Barros: “una vez un lugareño se asomó al lugar donde estábamos secuestrados y nos vio. Ahora, qué pasó con ese lugareño, no sabemos”. Basterra recuerda que “en algún momento se escucharon dos tiros. No sé si fue en esa oportunidad o en alguna otra. Pero a mí siempre me quedó la sensación de que algo había pasado”, con esa persona que intentó ver lo que no podía verse.

La Vuelta

El viaje de regreso tras el reconocimiento del lugar nos devolvió el hambre. Las milanesas ahora sí estaban listas, así que un grupo se encargó de armar y repartir los sándwiches. Más distendidos que a la ida, Lordkipanidse intentó cerrar con una reflexión: “como veníamos charlando, hizo falta una denuncia en el año ’84 y mucho tiempo para que se llegue a esta instancia de hacer la inspección ocular de la isla… pasaron treinta años. Parece increíble que haga falta tanto esfuerzo para una cosa relativamente sencilla. Son un par de horas de viaje…, así funciona esto, lamentablemente. Creo que hoy se cierra un capítulo y se abre otro. Se cierra el de la denuncia, el de la búsqueda. Ahora se abre el de la historia, el de la creación. Empieza a ser parte de nuestra historia, la de los argentinos”. Fukman agrega: “podemos decir una vez más que hoy, acá, quedó demostrado que el único relato verídico es el relato de los sobrevivientes. Cuando los jueces nos decían que no podían creer lo que estaban viendo, tenían cara ni siquiera de sorpresa, era mezcla de sorpresa y de estupor. Quedó certificado que lo que venimos relatando siempre los sobrevivientes es cierto. Eso es importante si lo volcamos hacia las nuevas generaciones”.

Regresamos al puerto. La tarde empezó a ceder ante la noche. Casi al revés de lo que ocurrió durante toda la jornada, en la que El Silencio se completó con palabras y la oscuridad de la isla no pudo con la luz de los sobrevivientes.



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