miércoles, 25 de febrero de 2015

Estereotipos sobre la violencia de género

Teresa Mollá Castells (CIMAC)

Como sabemos, el mundo está lleno de estereotipos en todos los sentidos y la violencia de género no iba a ser una excepción.

En mi condición como formadora en prevención de este tipo de violencia, suelo poner un ejercicio a mi alumnado en el que les pido que me enumeren los tipos de violencia de género definidos por el Consejo de Europa y que, como sabemos, son seis: física, psicológica, sexual, económica, espiritual y estructural, y además que me pongan un ejemplo de cada uno de ellos.

Como es natural, la variedad de ejemplos es bastante amplia en casi todos ellos. Pero hay dos temas que son recurrentes y me llaman mucho la atención.

A la hora de poner ejemplos sobre la violencia espiritual casi siempre son coincidentes en el mismo ejemplo: Hombre de religión musulmana que se casa con una mujer no musulmana y la obliga a convertirse al Islam y a llevar velo y vivir según sus costumbres.

Y a mí, que saben que soy una preguntona, siempre me surgen dudas ante estas afirmaciones, como por ejemplo: ¿Por qué se tiende a infantilizar la opinión de las mujeres y de entrada, no se les concede capacidad propia para decidir sobre su conversión o no a otra confesión religiosa?

O ¿por qué en el simbólico colectivo persiste la idea de que estamos las mujeres occidentales mucho más avanzadas y que esa teórica conversión no deja de ser una marcha atrás en las vidas de las mujeres que deciden dar ese paso?

¿Acaso no estaremos practicando un hipócrita etnocentrismo con las mujeres de otra parte del mundo porque nos creemos superiores?

Y por último, ¿por qué nos fijamos sólo en las mujeres musulmanas y no en las judías, o las cristianas, o budistas o las hindúes, o las que practican cualquier otra confesión? ¿Acaso nuestro grado de conocimiento del Islam es tan elevado que nos permite hacer esos juicios de valor tan concretos?

Las grandes religiones monoteístas, todas ellas, conllevan una importante carga misógina entre sus textos sagrados. E incluso algunos de esos textos como la Biblia, lleva pasajes muy explícitos en los que se invita a golpear a la mujer o se le ofrece como moneda de cambio para salvar la vida de otro hombre. Pero no sé por qué razón siempre vemos la paja en el ojo ajeno.

El momento histórico que estamos viviendo con el avance del Estado Islámico y su denigrante trato a las mujeres; los atentados de París, Nueva York, Madrid, Londres y otros por parte de Al Qaeda; el secuestro de más de 300 niñas nigerianas por parte de la guerrilla radical Boko Haram; el trato que los talibanes dan a las mujeres, etcétera, están aumentando considerablemente sentimientos racistas e islamófobos.

De eso no cabe ninguna duda. Pero de ahí a negar a cualquier mujer del mundo a decidir si se quiere o no convertir libremente al Islam, desde mi punto de vista hay un abismo puesto que se está cuestionando, como decía antes, su capacidad de libertad de elección y eso es, en sí mismo, infantilizar su libertad e incluso coartarla si como consecuencia de ese cuestionamiento no se siente libre para actuar.

Las mujeres, sin buscarlos, ya tenemos suficientes salvapatrias que se creen en la obligación moral de “salvarnos” de nuestros propios errores e indecisiones, como para que encima las propias mujeres nos convirtamos en lo mismo, pero de cara a las decisiones de otras mujeres del mundo.

A las mujeres nos sobran salvapatrias camuflados de príncipes salvadores y no faltan compañeros de lucha cotidiana por una equidad real y no ficticia que es en la que nos encontramos.

Y de pasada las mujeres hemos de revisar de vez en cuando nuestro propio espacio simbólico, para no repetir esquemas androcéntricos y etnocéntricos con otras hermanas del mundo que sufren las consecuencias del patriarcado infinitamente más que nosotras.

El segundo aspecto que siempre me llama la atención al leer los ejemplos del alumnado es el referente a la violencia estructural. Casi siempre ponen también el mismo ejemplo; el de las grandes compañías que no tienen presencia de mujeres en sus máximos órganos de dirección.

Ni una sola persona ha puesto como ejemplo la agresión que van a llevar a cabo los del desgobierno con la prohibición de interrumpir su embarazo a las mujeres menores de edad sin consentimiento paterno.

Tampoco nadie ha incluido en sus ejemplos el desigual reparto de la riqueza entre mujeres y hombres o el retorno progresivo de las mujeres a las labores de cuidado de personas mayores, menores y dependientes como consecuencia de los recortes en educación, sanidad y la “congelación” de la Ley de Dependencia.

O la reforma educativa que vuelve a distribuir roles tradicionales a mujeres y hombres sin ningún complejo, o las últimas reformas laborales que nos condenan todavía más a las mujeres a futuras pensiones (si no las quitan antes) paupérrimas, por no haber cotizado en condiciones durante nuestro periodo vital en el que podíamos trabajar, ya que lo dedicamos a cuidar de nuestros seres queridos y, en el mejor de los casos teníamos contratos a tiempo parcial.

Tampoco nadie alude a las dobles y triples jornadas que realizamos las mujeres. Y, al menos para mí, todo esto es violencia de género estructural e incluso, en algunos casos institucional, puesto que se ejerce como consecuencia de ser mujeres.

Y ya en el colmo de los colmos aparece una corriente educativa de cuyo nombre prefiero no acordarme, que predica que la existencia de príncipes y princesas es necesaria para socializar correctamente a nuestra niñez.

¡¡¡Hay que fastidiarse!!! Coeducar sin cuestionar las bases de sometimiento hacia las mujeres que llevan implícitos los mandatos del amor romántico. En fin...

La violencia de género estructural lleva implícita en demasiados casos su invisibilidad y esa característica es precisamente la que la hace tan difícil de detectar.

Y son las propias estructuras de poder las que la alimentan y mantienen. Y ahí precisamente radica, al menos desde mi punto de vista, la necesidad de desnudarla para hacerla visible y así reconocerla y poder combatirla.

Es una de las esencias del patriarcado que pretende mantener el sometimiento de las mujeres de forma lo más férrea posible, para no perder privilegios históricamente otorgados y disfrutados, pero que sea tan invisible que apenas se note.

Y un claro ejemplo de lo que digo, aparte de los anteriormente mencionados, es el uso sexista de los lenguajes, sobre todo los multimedia y los orales y escritos.

Con el pretexto de la “economía de recursos” se quedan anclados defendiendo el genérico masculino y continúan invisibilizándonos a las mujeres, que somos más de la mitad de la población mundial. Y se quedan tan a gusto.

Y si entramos en los lenguajes multimedia, llevan los cuerpos de mujeres a tal estado de cosificación que da vergüenza verlo y, además, los utilizan para reforzar el mandato de su deseo para que los cuerpos de mujeres se acerquen lo más posible a esos modelos que ellos desean.

¿Son o no son estas utilizaciones de los lenguajes violencia de género estructural contra las mujeres? A mí sí me lo parece y por eso lo denuncio desde estas líneas como reclamo a una reflexión.

Si buscamos y pretendemos la desaparición progresiva de la violencia de género, debemos aprender a detectar todos los tipos, puesto que el más grave, ya sabemos, son los asesinatos de mujeres por ser mujeres, pero antes de esos crímenes las víctimas sufren mucho y de muchas maneras.

Además habrá que aprender a que de una forma u otra todas somos víctimas, puesto que todas sufrimos el patriarcado. Aunque unas más que otras, de eso no tengo ninguna duda.

Detectar esos otros tipos de violencia para denunciarlos y desmontarlos es vital para evitar los asesinatos. Y en ello nos va la vida.

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