lunes, 9 de febrero de 2015

Euroatlántida y el principio de autoridad

Rafael Poch (LA VANGUARDIA - EL CORRO EU)

El desafío y el temor a que cunda el ejemplo es lo que une y explica las medidas de fuerza, contra Grecia en la eurozona y contra Rusia en Ucrania.

Los dos graves conflictos que están resquebrajando Europa, el de Ucrania y el de Grecia, están unidos por el mismo desafío al principio de autoridad. Europa es un conjunto de naciones de diferente calidad democrática y PNB, compuesto por naciones con una larga historia de dominio sobre otras, tanto dentro como fuera del continente. En sus relaciones internas y externas, el principio de autoridad y de obediencia debida, es superior y anterior a cualquier veleidad democrática. Vulnerar ese principio supone castigo. Castigo ejemplar, precisamente para evitar que cunda el ejemplo. Estamos en ello.

En Grecia la población ha llevado al poder a un gobierno con el mandato de cambiar la política de austeridad que ha devastado el país durante cuatro años. Ese gobierno propone un “nuevo contrato” económico para el conjunto del continente, pues no solo Grecia sufre de la socialización de las pérdidas bancarias transferidas a los ciudadanos.

El mero planteamiento de esto ha sido recibido como un desafío intolerable por los centros decisorios de la política económica europea; el Banco Central Europeo, el Ministerio de finanzas alemán, los grandes fondos de inversión, el Bundesbank, la Comisión Europea, las agencias de calificación o el Fondo Monetario Internacional. Ninguno de ellos electo y algunos ni siquiera “europeos”. La respuesta natural de este conglomerado a la petición griega se parece más al castigo que al diálogo. Eso es, precisamente, lo que apunta la última decisión punitiva del Banco Central Europeo de suspender uno de los canales de financiamiento de los bancos griegos.

Detrás de Syriza está Podemos en España, la izquierda de Portugal, el Sinn Fein de Irlanda…. La serie está abierta. Las consecuencias de que las sociedades de otros países, en Europa del Este, en Italia, e incluso en Francia (palabras mayores), hagan uso de su soberanía nacional y planten un “nuevo contrato” europeo, podrían ser letales para el orden establecido. La conocida perspectiva 1848 de una “primavera europea de los pueblos”. Un castigo para que no cunda el ejemplo.

En Ucrania el desafío decisivo no es el de Kíev a Moscú, sino el que Rusia ha presentado a Euroatlántida. Por primera vez una potencia regional ha respondido con medidas de fuerza al avance de la OTAN en su entorno más inmediato. Detrás de Ucrania ya no hay espacio posible, así que Rusia ha respondido al cambio de régimen atlantista en Kíev, apropiándose ilegalmente de Crimea (un Kosovo de signo contrario, pero sin la expulsión de los 200 000 serbios, gitanos y otros, y sin mediar guerra) y apoyando el Maidán de los ucranianos rusófilos del Este de Ucrania.

El desafío de Rusia no es contra el gobierno de Kíev sino contra sus padrinos euroatlánticos que a lo largo de veinte años han venido ignorando los intereses de seguridad de Moscú y los acuerdos internacionales y militares, firmados o prometidos después de la guerra fría. Para Rusia no hay marcha atrás sin arriesgarse a una descomposición no ya del régimen de Putin, sino, probablemente, del propio Estado ruso. Traducido al inglés de Estados Unidos: este es un conflicto en la frontera con México que afecta no solo a la estabilidad de la presidencia de Obama, sino al Pentágono, la CIA y Wall Street, y quizá incluso a la independencia de Texas y California.

Esta Rusia contra las cuerdas, que se defiende militarmente, crea con su actitud un precedente para todos los BRICS. Si la acometida occidental se para militarmente en Donetsk y Crimea, ¿qué pensarán los chinos, los latinoamericanos, los iraníes e incluso muchos europeos, del principio imperial de autoridad?, se preguntan en Washington.

Tanto en Grecia como en Ucrania, lo que se quiere conjurar es el ejemplo, la obsesión del efecto dominó. Lo que se busca es un escarmiento: tales conductas no deben repetirse. El suministro de armas a Ucrania por parte de Estados Unidos, es la respuesta de autoridad del Pentágono que se corresponde con las medidas del BCE contra Grecia.

El problema es que aplicado más allá de lo razonable, el principio de autoridad puede ocasionar consecuencias catastróficas. En el caso de Ucrania se trata del peligro de una gran guerra. En el de Grecia el peligro es una desintegración de la eurozona o la partición de la Unión Europea en dos categorías. Las conexiones son obvias.

Euroatlántida ya está aplicando en Ucrania la misma política de austeridad que ha levantado a los griegos; reducir el tamaño del Estado, eliminar subvenciones vitales en la agricultura y la energía… Pero al lado de Ucrania, Grecia es como una pacífica y estable Suiza. El malestar social ucraniano -o ruso- no se expresará como el griego en huelgas generales y elecciones. Ucrania es un país en construcción, con una tradición de caos y desorden sin parangón en Europa y con unas disensiones internas (y armadas) en el propio gobierno de Kíev, que pueden derivar fácilmente en un sangriento conflicto social.

De momento tenemos un anticipo en el Este del país; 5 000 muertos y 450 000 refugiados. Aún estamos lejos de una segunda Yugoslavia e incluso de algo de consecuencias más globales, pero nos vamos acercando. Despreciando la diplomacia y el diálogo y cabalgando sobre el principio imperial de autoridad que preside, hacia adentro y hacia fuera, las relaciones internacionales de Euroatlántida, podemos ir muy rápido a un desastre.

Título original: “El principio de autoridad“

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