viernes, 20 de febrero de 2015

Grecia y la senda latinoamericana

Manuel E. Yepe (especial para ARGENPRESS.info)

Cuando Alexis Tsipras fue nombrado primer ministro de Grecia como principal resultado de la victoria de la coalición de izquierda radical Syriza que éste encabezó en las elecciones parlamentarias del 25 de enero, algunos politólogos en América Latina y en otros países del mundo apreciaron eventuales similitudes entre los sucesos políticos en desarrollo en Grecia con los latinoamericanos en décadas recientes.

Estas elecciones en Grecia eran muy importantes para quienes se pronunciaban contra las políticas antisociales de la Troika (Comisión Económica Europea, FMI y Banco Central Europeo), porque una victoria de Syriza significaría un cuestionamiento raigal de las políticas de ajuste que se vienen aplicando en Grecia y en el conjunto de la Unión Europea.

Con el 36,34% de los votos, Syriza obtuvo 149 escaños en el Parlamento superando al partido conservador Nueva Democracia encabezado por el entonces primer ministro en funciones Antonis Samarás que logró el 27,81% de los votos y 76 diputados.

Syriza y el partido Anel (Griegos Independientes), que obtuvo 13 escaños con el 4,75% de los votos, acordaron la formación de un gobierno de coalición que fue anunciado por Panos Kammenos, líder de Anel, con el líder de Syriza y ahora Primer Ministro, Alexis Tsipras, tras una rápida reunión entre ambos.

El parlamento griego tiene 300 escaños y de ellos 162 están ahora en manos de la flamante coalición gobernante.

El frente Atarsya, que se ubica a la izquierda de Syriza, obtuvo el 6% de los votos -igual proporción que la obtenida por el Partido Comunista de Grecia- y el trotskista Partido Revolucionario de los Trabajadores (EEK), obtuvo el 0.3 %. El conjunto de la izquierda de Grecia se ha convertido con ello en la mayoría nacional electoral. Obviamente la ciudadanía griega se pronunció contra la política de hambre impuesta a su país por la Unión Europea en beneficio de los acreedores bancarios internacionales y para evitar la quiebra de los bancos griegos.

Casi una década de ajustes impuestos por el gran capital europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han provocado una crisis humanitaria sin precedentes en Grecia y una situación económica desesperante en toda Europa.

Los compromisos electorales de Alexis Tspiras habían sido contundentes y claros. Ayudaría a las familias más pobres; ofrecería techo, electricidad, comida y sanidad gratuita a las víctimas de la austeridad; paralizaría las privatizaciones; serían re-contratados los empleados públicos despedidos, y se implementará una batería de medidas sociales consignadas en el llamado programa de Salónica que fue el eje de su campaña electoral.

Pero una vez en el desempeño del gobierno en Atenas, Syriza se enfrenta a serias dificultades para hacer honor a sus promesas electorales de resolver los problemas sociales causantes de la miseria y simultáneamente con su proclamada decisión de cumplir el compromiso con los gobiernos y bancos de Europa de mantener al país helénico en la Unión Europea.

Si bien Syriza ha evitado presentarse como una alternativa al sistema capitalista en su conjunto, su victoria electoral es expresión del amplio campo de desarrollo que la crisis mundial ha abierto para la izquierda revolucionaria mundial.

Lo ocurrido en Grecia en los últimos años es un ejemplo más claro de cómo las políticas de ajuste de la Troika llevan a la ruina social. Se han aplicado las políticas neoliberales extremas en materia de privatizaciones y recortes de gastos públicos en sanidad y educación, entre otros. Todo ello dirigido a crear las condiciones que garanticen más negocios y beneficios a los empresarios y favorecer los intereses de la banca y los acreedores.

Importantes politólogos han hecho recordar, sin embargo, que en la Grecia de los años 1980 el Primer Ministro (luego Presidente) Andreas (George) Papandreou, del Partido Socialista de Grecia, habiendo prometido dejar la OTAN, cerrar las bases militares, salir de la Unión Europea y muchos avances sociales, incumplió casi todas sus promesas y se sumó al carro de Estados Unidos a cambio de prebendas. ¡Solo que difícilmente el pueblo griego soportaría otra análoga felonía! Quienes comparan el fenómeno griego y sus efectos en toda Europa con el terremoto político que en pocos años ha hecho de la América Latica la zona geográfica más densamente gobernada por movimientos políticos progresistas de izquierda, se refieren a lo que parece avecinarse en el viejo continente: movimientos populares ajenos a los partidos tradicionales que se convierten en poderosas fuerzas políticas y alteran la correlación de fuerzas. España, Italia, Reino Unido, Francia y hasta en Alemania y los países de Escandinavia pueden dar fe de ello.

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