martes, 3 de febrero de 2015

Lo mató la policía

Claudia Rafael y Silvana Melo (APE)

Los pasos murgueros empezaban a resonar sobre el asfalto abrasador mientras las llamas devoraban al patrullero armado para la ocasión y derruían las letras que remitían a policías y candidatos. Todavía se escuchaba el eco de la voz de Vanesa Orieta diciendo “hasta ahí lo llevaron, ahí determinaron el final de su vida”. Estaba a escasos metros del último sitio en el que, descalzo, aterrorizado, con ropas que no eran las suyas, Luciano Arruga peleó por su vida trepando como podía el terraplén empinado que separa la colectora de la General Paz. Eran las tres y media de la mañana y a escasa distancia -declararía un motoquero después del hallazgo del cuerpo, como NN, en el cementerio de la Chacarita- un patrullero de la Bonaerense permanecía, del lado provincia, con las luces apagadas.

Las palabras de Vanesa Orieta tenían la fuerza de un mazazo. Ese mismo terraplén cobijó, en el acto por los seis años desde la desaparición, a tantos otros desaparecidos. Se percibían, como íconos potentes, las figuras de Kiki Lezcano, Darío y Maxi, Iván Torres, Daniel Solano, Marita Verón, Carlos Painevil, Facundo Rivera Alegre, Walter Franco Zárate, Ezequiel Demonty; los muertos de Once y las eternamente jóvenes víctimas de Cromañón; los más de 200 desaparecidos y 4300 pibes asesinados e invisibilizados en democracia; los 30.000 desaparecidos que -decía Nora Cortiñas, con la imagen de su hijo Gustavo sobre el pecho- “están acá porque nosotras los traemos y los reivindicamos, y adentro sentimos que nos dicen 'seguí, mamá, seguí'”.

La enorme pancarta con el rostro y el nombre de Jorge Julio López unía en un hilo perfecto los dos tiempos. Los días del estado terrorista durante la dictadura y la oscuridad de un presente institucional que persiste, desde ciertos brazos armados, en perversas continuidades.

El nombre de Luciano quedó estampado sobre muros y calles en Lomas del Mirador: “A Luciano lo mató la policía. Lo desapareció el Estado”. Y, como mojones imborrables, hay marcas que subsistirán al tiempo. “Durante la dictadura funcionó como centro clandestino de detención y tortura conocido como Sheraton o Embudo. En el organigrama de la represión dependía del primer cuerpo de Ejército a través del grupo de artillería de Ciudadela. En democracia la represión continúa con detenciones ilegales, hacinamiento, torturas y fusilamientos por gatillo fácil. De esta comisaría depende el destacamento que mató a Luciano Arruga el 31 de enero de 2009”, quedó señalizada la comisaría 8°.

“Los años anteriores he dicho muchas cosas. Hoy no tengo nada para decir. No tengo palabras. Sepan disculparme (…) Quizá muy adentro mío esperaba otra cosa, pero lo encontré”, balbuceó Mónica Alegre, la mamá de Luciano, la misma sobre la que Vanesa dijo el día de la conferencia de prensa que anunció el hallazgo del cuerpo que “esa mujer que ustedes ven ahí esperaba todavía encontrarlo con vida”.

Angélica, hermana de ruta de Mónica, mamá de Kiki Lezcano, asesinado hace casi seis años en Villa 20 de Lugano, hizo tronar su voz desde el barro con un pañuelo blanco sobre su cabeza: “Luciano es de todos. A Kiki le pasó lo mismo. Tenía 17 años. Dos meses y medio estuvo desaparecido y lo encontramos enterrado en la Chacarita como NN. Me hicieron despedir un cajón. Yo lo vi el 8 de julio y el 14 de setiembre ya no lo pude ver. Estaba totalmente sola y empecé a buscar. Un día Mónica se acerca con el cartel de Luciano y me dice “ya van a aparecer mi negrito y tu negrito”. Cómo no venir ahora, a seis años. Cómo no decir Luciano, presente, ahora y siempre. Esto es lo que me pasó, esto es lo que me fortaleció. Jamás van a lograr que dejemos de gritar el nombre de nuestros hijos”.

El largo camino recorrido desde aquel 31 de enero de 2009 permitió instalar el nombre de un pibe de los márgenes como símbolo de la violencia institucional en tiempos de democracia. Y sortear infinitos murallones: “En el marco del encubrimiento judicial, se instalaron en nuestras casas, intervinieron nuestros teléfonos y quisieron disuadirnos de sostener nuestra denuncia. Buscaban hacernos creer que se trataba de un asunto de drogas, que se había ido con su padre o con una novia, que ya iba a volver. Pero fue la policía y nosotros vamos a ir hasta el final”, leyó el grupo de Familiares y amigos de Luciano, junto a Nilda Eloy, compañera de militancia de Jorge Julio López.

“Pudimos ver cómo, antes de pericias fundamentales, que por llegar tarde no arrojaron resultados contundentes, blanqueaban con lavandina las paredes del destacamento e incluso cambiaban el tapizado de los móviles. Pudimos ver cómo se prendía fuego la comisaría 8º por un supuesto “motín” en el que murieron cinco presos por estar hacinados más de quince en una celda para nueve”.

Y Luciano fue quien parió a Mónica, su mamá, para la lucha. En un camino en el que -dijo Pablo Pimentel, referente clave de la APDH La Matanza- “Mónica, desde la pobreza se puso de pie. Vanesa, pasó de ser esa estudiante de sociología a un ícono social que socializó a su hermano en una cantidad de Lucianos”.

Los brazos que abrazan a Luciano encontraron ramificaciones múltiples. “Somos parte de esta familia. Por eso denunciamos la gran infamia de los tres poderes del Estado como responsables de lo que le pasó a Luciano. Es muy bueno que haya memoria sobre el pasado pero queremos que haya justicia ahora”, dijo Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

Hacia ella y hacia Elia Espen, otra de las Madres de la Plaza, miraba Vanesa Orieta cuando decía “son esos adultos que constituyen nuestro ejemplo. En una sociedad que mira a los adultos como si ya no sirvieran más”.

Luciano cumpliría 23 años el último día de este febrero que recién inicia sus pasos. El falso patrullero armado artesanalmente se iba desarmando en medio del fuego tenaz sobre la misma colectora por la que Luciano era obligado a correr hacia la muerte segura. En brazos de su abuelo, el pequeño nieto de Pablo Pimentel preguntaba “¿por qué?”. “Es que a Luciano, lo mató la policía”.

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