lunes, 23 de febrero de 2015

Los linchamientos del capitalismo

Carlos Del Frade (APE)

Dos puntos de la geografía santafesina, dos puntos de la geografía argentina. Rosario y Ceres. Dos postales del regreso del linchamiento al presente. Por detrás, huellas de varios saqueos, de varias impunidades.

Los medios de comunicación de la cuna de la bandera informaron el viernes 20 de febrero sobre los fundamentos del juez provincial Daniel Acosta para otorgarle la libertad a uno de los procesados por el cobarde asesinato en forma de linchamiento contra David Moreira, ocurrido el 22 de marzo de 2014, en Barrio Azcuénaga, en la zona oeste rosarina. Habla de la ferocidad del capitalismo.

Es interesante leer estos fundamentos: "Acosta se expidió luego de tildar al brutal episodio como “una novedad espantosa e inesperada por la que atraviesa toda la sociedad argentina” bajo un reclamo represivo generalizado frente a cierto tipo de criminalidad. Por eso incursionó en un análisis inusual en escritos jurídicos que, aclaró, apunta a “comprender por qué nos encontramos así y qué podemos hacer como sociedad al respecto”.

El sistema jurídico dispone normas para proteger bienes, con la vida humana en la cima, “dicho sistema se despliega sobre relaciones económicas de producción denotadas como capitalismo. Los ciudadanos disfrutamos y padecemos según la situación en que el sistema productivo nos ubica”, señaló el juez.

Ese orden de cosas trastoca el ordenamiento jurídico y “no sólo determina que un individuo devenido en ladrón pueda matar a una persona para quedarse con su celular, sino que además aquel colectivo que se ubica como «buenos vecinos» se adjudique un derecho a la autodefensa en el que puedan cobrarse con vidas la frustración por la proliferación de delitos contra la propiedad”.

El magistrado consignó que a la exhibición constante de “propiedades, autos, hoteles lujosos, viajes a los que los sectores excluidos no pueden acceder” se suma la reiteración “hasta el hartazgo de los hechos de inseguridad que, sin dejar de ser ciertos, asfixian el inconsciente colectivo”. Ante ello, “la primera herramienta a mano parecería ser la paranoia represiva que (como se ha visto) conduce a agudizar las perversiones sin tomar nota de las verdaderas causas del delito. Los logros están a la vista si reparamos en el crecimiento exponencial del delito luego de la sanción de las leyes «Blumberg» y la transformación en un país de tráfico y producción a partir de la penalización del consumo de estupefacientes a comienzos de los noventa”. A esto se suma, según indicó, la penalización de conductas propias de un sector social y no de “comportamientos propios de otros actores, como las (conductas) defraudatorias, lo que no deja de generar violencia”.

Agregaban las crónicas que las clases populares son “las que más padecen los delitos cotidianos, “los juristas que pertenecen a otro sector social que no experimenta este nivel de violencia dan soluciones desde su propia mirada burguesa” y muchas veces la clase política “opera sobre los efectos en lugar de hacerlo sobre las causas”.

“Esta situación presiona, malhumora y preocupa al ciudadano, que muchas veces responde en función del catálogo de reacciones que el entorno le suministra”, consideró, además de concluir que “todo exacerba la violencia propia del capitalismo y (este) hecho no es otra cosa que un subproducto del mismo”.

Quizás ese linchamiento tenga una historia de silencios, el exacto punto desde donde parten las diferentes formas de violencia. Quizás la mayor complicidad de los grandes partidos políticos fue mirar para otro lado mientras se construía el agujero negro en las ciudades donde antes había empleo obrero, ferroviario, industrial, comercial y portuario. Fue allí que aparecieron dos de los grandes negocios del capitalismo: las armas y el narcotráfico. Y ante la ausencia de palabras para explicar el dolor, el sistema inoculó la idea que una muerte debía ser respondida con otra muerte. Se les enseñó a las víctimas a ver que el problema eran las otras víctimas, no los victimarios, los delincuentes de guante blanco que compartieron el saqueo con gobernantes y funcionarios que nunca dijeron que no.

La desinformación oculta a los de arriba y, entonces, produce la búsqueda de responsables entre los de abajo. Pedagogía de la cobardía. Algo de esto se hizo fatalmente presente en el caso de David Moreira y también en el reciente hecho de intento de linchamiento en Ceres, departamento San Cristóbal, noroeste de la provincia de Santa Fe. Allí donde María Fernanda Chicco, de solamente 18 años, fue asesinada, según sostienen las fuentes judiciales, por otra chica de 16 años. El hecho generó un intento de linchamiento de parte de un grupo de personas bajo la siniestra frase de “justicia por mano propia”.

Cerca de allí, de la ciudad de Ceres, en la localidad de San Cristóbal, todavía están presentes los enormes talleres ferroviarios que no solamente servían para reparar máquinas, vagones y vías, sino también para construir distintos elementos para la entonces industria ferroviaria nacional. Hoy son manzanas enteras habitadas por fantasmas. ¿Quién explicó el por qué de ese negociado?. Esa violencia impune, política y económica, también forma parte del contexto del presente que sufren las ex poblaciones ferroviarias, no solamente en Santa Fe sino también en la Argentina.

Saqueos, impunidades y complicidades, las raíces de los linchamientos, los condimentos cotidianos del capitalismo.

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