viernes, 27 de febrero de 2015

Paraguay: La crisis de los Colorados

Javier Rodríguez (PL)

El gobernante Partido Colorado paraguayo se enfrenta a la más aguda crisis interna desde que llegara nuevamente al poder de la mano del actual mandatario, Horacio Cartes, y en la cual precisamente juega el papel preponderante el ocupante del Palacio de López.

Para comprender mejor lo que sucede hay que remontarse a la irrupción de Cartes, un acaudalo empresario de compleja trayectoria en el panorama económico nacional, en el espacio político del país y muy especialmente en el ámbito del coloradismo.

Desplazado del poder que durante décadas ejerció, incluso presidido por el dictador Augusto Stroessner (1954-1989), el Partido Colorado fue derrotado en el 2008 por una alianza electoral soporte de la victoria de Fernando Lugo, cuyo gobierno progresista se interrumpió por un golpe de Estado parlamentario.

Tras 14 meses de aislamiento internacional de Paraguay por esa ruptura del hilo constitucional y el criticado ejercicio de gobierno de Federico Franco, el empresario Cartes, quien nunca había siquiera votado en algún proceso electoral, se hizo cargo de la tarea de favorecer con sus recursos al Partido Colorado, sacándolo del ostracismo y llevándolo de nuevo al poder.

La decepción de la tradicional dirigencia de ese partido se inició a la hora de conformación del Gobierno del cual es soporte político, pero cuya integración y línea de acción fue asumida plenamente por Cartes, quien la mantiene todavía, un poco al mejor estilo empresarial, en pago por sacar a la agrupación de la llanura opositora.

A partir de ahí, Cartes dejó bien claro que la suya era palabra santa a la hora de las principales decisiones, desestimó las críticas a su preferencia por un gabinete formado fundamentalmente por técnicos y hombres de confianza de sus empresas e impuso no sólo un estilo de gobierno sino un acatamiento total a sus lineamientos políticos y económicos para el país.

La llegada de las fechas señaladas para la renovación de la dirigencia nacional del Partido, unida a la selección de los candidatos para los gobiernos municipales, es la encrucijada que ahora impactó fuertemente en el seno de la organización con una guerra a muerte entre los diversos grupos que aspiran a controlarla, algunos de los cuales ven una oportunidad para hacer retroceder a Cartes en el acaparamiento de decisiones y lineamientos.

El Partido Colorado llegó a esta encrucijada electoral interna con un alto nivel de desgaste que comparte con el Gobierno por la ausencia de políticas sociales reclamadas por todos los sectores más desfavorecidos y el verdadero tsunami de acusaciones contra sus principales dirigentes, legisladores y altos funcionarios.

Las denuncias sobre corrupción administrativa en las distintas instancias y vinculación peligrosa a sectores del narcotráfico, son dos de las imputaciones más divulgadas y hasta admitidas públicamente en algunos casos recientes que golpearon adicionalmente a los colorados, además de un pasado del cual sigue como expresión el mantenimiento de tendencias leales al ya fallecido dictador Stroessner.

La crisis actual está centrada en el interés de Cartes por mantener su control sobre la nueva dirigencia colorada a ser electa y el empeño de algunos grupos en lograr éxitos que permitan recortar el poder presidencial y hacerlo un poco más dependiente de los criterios de la entidad política.

Ante esa situación, el Jefe de Estado proclamó públicamente que el partido estaba a punto de perder el poder en los próximos comicios si no lograba un candidato de consenso para presidirlo, llamamiento realmente desoído por los grupos en carrera por los cargos.

Durante semanas la tarea de los allegados a Cartes fue tratar de alcanzar el mencionado consenso, pero eso resultó totalmente imposible dados los intereses en juego con vistas al futuro inmediato y mediato.

Se batalla por la dirección del aparato partidario, pero también por obtener el mayor número posible de postulaciones para las intendencias (alcaldías) e incluso por agrupar el poder posible imprescindible para influenciar en la candidatura presidencial para el 2018, pues existe el temor, que no es infundado, de verse obligados a una modificación constitucional para autorizar la reelección de Cartes.

Fracasados todos los intentos, el jefe del Gobierno apuntó hacia el diputado Pedro Alliana, de 41 años y poca experiencia en dirección a nivel nacional, como su candidato para el máximo cargo a discutir y doblegó la resistencia de tres de los cuatro grupos que enarbolaban otras candidaturas.

Sin embargo, la victoria no pudo completarse y el cuarto aspirante, el senador Mario Abdo Benítez, apoyado nada menos que por 14 de los 19 senadores del Gobierno y parte de la juventud del Partido, dijo rotundamente NO a la intención presidencial.

Abdo competirá con Alliana pero además puede constituir una seria amenaza a cualquier propuesta oficial a discutirse en la Cámara Alta por ser decisivos los votos de esos senadores para su aprobación.

La confusión generada por la rebeldía de Benítez se reflejó inmediatamente al no conseguirse quórum para la primera sesión de la actual Junta de Gobierno tras la nominación de Alliana.

El futuro dirá ahora hasta donde llegará tal rebelión senatorial, su fuerza verdadera a la hora de recibir los votos de los militantes para ganar la presidencia del Partido y la real hondura de las heridas dejadas por esta guerra interna, que generó desgaste también para Horacio Cartes.

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