martes, 24 de febrero de 2015

Periodismo nauseabundo

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

La forma de abordar y de tratar el caso Monedero después de haber hecho de la anécdota prácticamente libelo algunos periodistas predominantes, es nauseabundo. Incluso otros periodistas más ecuánimes, para responderles en vivo y en directo se ven obligados a empezar diciendo: "a mí tampoco me gusta cómo lo ha gestionado, pero...". Está claro que ningún periodista más o menos estrella quiere desentonar en esta interpretación de la melodía orquestada por periodistas y políticos miserables. Y el que razona de forma ponderada, a lo sumo lo que hace es decir que no lo tiene claro o que Monedero no aporta pruebas convincentes…

En suma, al igual que los economistas de relumbrón televisivo apenas discrepan entre sí y acaban siendo de la misma escuela, los periodistas solapan entre sí sus bajezas y dan rienda suelta al sensacionalismo subiéndose al carro de la insidia, de la invención y de la exacerbación de la irrelevancia puesto en camino por colegas de entre ellos. ¿El pretexto que se encierra en una mente neoliberal como la de "ese" periodista y otros de su calaña que parecen hospedarse en Las Noches de la Sexta? Pues, por un lado, el dudoso mérito de haber destapado escándalos cuyos logros, dada su catadura, no cabe duda de que tuvieron que ser con artimañas de macarra y tretas de narcotraficante y sus fuentes turbias. Y por otro, hacer patente su olímpico desprecio hacia la noble misión de profesor. Noble misión, que incluye en el caso de este perseguido una gran amplitud de miras que le hace "comprender" mejor las necesidades y la filosofía social de los países latinoamericanos, y no se entrega a la política forajida de las élites económicas europeas y estadounidenses, a la que se apegan gran parte de los periodistas españoles y gran parte de los políticos que llevan en este país 37 años viviendo del cuento y medrando cuando no robando…

El caso es que cuando nos hacen recorrer la larguísima pasarela por el que desfilan corruptos y sospechosos de lo mismo, no nos insinúan siquiera el caso de periodistas corruptos que se venden. Periodistas corruptos, no necesariamente por haber hecho alijos de dinero público para ellos solos ni por recibir subvenciones su medio para apuntalar la Transición, la Constitución y el statu quo entero de esta sociedad con el objetivo de que haya reformas que permitan que todo siga igual. No. Corruptos, porque la corrupción tienen muchas caras. Por eso, aun sin pruebas, está claro ya que demasiados periodistas se han acostumbrado a vivir entre la basura destilada por miles y miles de dirigentes económicos, políticos, judiciales y empresariales que bullen en esta sociedad. ¿Qué harían ellos si este país fuese una balsa de aceite como Dinamarca, por ejemplo? ¿De qué vivirían y escribirían y a quién perseguirían? Estos miserables, si no tienen carnaza la inventan. Y lo hacen con frecuencia. Y una manera de inventarse la realidad es agigantar la menudencia localizada en el "enemigo" ideológico, por la falta, por ejemplo, de un papel... Otra, mentir y exagerar bellacamente. Y otra, en fin, menospreciar al consagrado a la pedagogía, a la investigación y a la vida intelectual para, sin el más mínimo propósito de ir a la política "a forrarse", como tantos y tantos hasta ayer, intentar sacar a este país del marasmo y de la pobreza en que se encuentran millones de personas. ¿Y con qué motivo? Pues el sentimiento de deber del ciudadano responsable a desempeñar dentro de la formación política.

Pues es cierto que nadie merece más respeto que otro pese a que el legislador y sus leyes blindan el respeto de tantos personajes públicos que en absoluto lo merecen. Y también lo es que el respeto se merece en cada circunstancia y tras probar en la ocasión que lo merece quien lo exige. Pero si hay una actividad digna de un respeto a priori, ésa es la enseñanza. Y los periodistas a que me refiero, como los fascistas de los años treinta en España, los desprecian y persiguen por motivos confesados en unos casos e inconfesables en la mayoría. El periodismo es una superestructura. Y la primera superestructura que requiere una transformación profunda. La credibilidad de los periodistas en general, antes incluso de limpiar al país de la corrupción política, empresarial y judicial que lo asfixian y antes que contribuir a recuperar la credibilidad de la que carecen los políticos, es quizá el primer y más urgente saneamiento que necesita este país...

Jaime Richart es antropólogo y jurista.

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