jueves, 5 de febrero de 2015

Sin prisa pero sin pausa ha tenido que ser

Manuel E. Yepe (especial para ARGENPRESS.info)

La victoria cubana del 17 de diciembre de 2014, cuando el presidente estadounidense Barack Obama, en discurso simultaneo con otro del presidente de Cuba Raúl Castro, reconoció el error de diez predecesores suyos cuya política contra Cuba había fracasado a los largo de más de medio siglo, confirmó la razón de algo que el primer mandatario cubano había repetido varias veces a sus conciudadanos y a los amigos de la revolución cubana en todo el mundo: la necesidad de actuar “sin prisa, pero sin pausa”, en la confrontación con el poderoso vecino del Norte.

Raúl Castro advirtió que quienes no siendo adversarios de la revolución cubana reclamaban mayor rapidez en la implantación de algunas medidas de ajuste o cambio que los enemigos pretendían presentar como concesiones de la revolución por reconocimiento de un supuesto fracaso en su enfrentamiento con la superpotencia, estaban actuando objetivamente contra los intereses de Cuba en momentos muy cercanos a una victoria que solo ahora se está evidenciando en proceso de patentizarse.

Algunos de los que así actuaban, en el fondo, temían que los cambios y ajustes en curso por iniciativa del gobierno cubano no fueran en verdad movimientos dirigidos a garantizar la viabilidad del proceso de construcción socialista sino concesiones inevitables ante situaciones peligrosas derivadas de la improcedencia de anteriores avances de la revolución.

Se sabe que la revolución es la madre de todos los cambios. Es, como ha dicho Fidel Castro, “cambiar todo lo que deba ser cambiado” por oposición al conservadorismo de los poderes fácticos que tienen motivos para procurar que todo se mantenga inmóvil.

Naturalmente, si la revolución cubana escogió en determinado momento el anclaje de su economía en los poderes del Estado para avanzar planificada y centralizadamente hacia un modelo socialista de sociedad, ello no significa que la estatización fuera en sí mismo una meta final o definitiva. Esta función –imagino- pudiera recaer en otras instancias sociales hasta tanto pueda ser el pueblo por sí mismo el que asuma ese papel en una futura sociedad comunista.

A ello habrá que llegar a golpes de experimentación, aciertos, errores y rectificaciones, ejercicios estos en los que se hacen especialistas los revolucionarios y lo siguen siendo hasta que pierden la capacidad de renovarse todos los días y tanto tiempo como sea necesario, incluso por varias generaciones.

La práctica política y social ha demostrado que, a lo largo de la historia hasta nuestros días, las economías centralizadas corrigen sus errores o defectos a base de mecanismos o medidas propias de las economías descentralizadas. En contraposición, las economías de mercado suelen utilizar mecanismos o medidas centralizadoras, casi siempre apoyándose en los poderes del Estado, para ajustar en tiempos de crisis su curso mercantilista.

Y no solo en el terreno de la economía los revolucionarios se caracterizan por su apertura y su apoyo a los cambios. En Cuba, una relación dialéctica impuesta por las ideas revolucionarias ha determinado que, desde 1959 hasta hoy los revolucionarios se han ido transformando a sí mismos en un buen número de aspectos de la vida social, cultural, la moral y las costumbres. Siempre son los revolucionarios los primeros en asimilar con mayor o menor dificultad los cambios, hasta que se convierten en promotores principales de lo nuevo en la sociedad.

La situación es particularmente interesante en los países que en la actualidad ocupan la vanguardia de los cambios en América Latina, donde las mayorías empobrecidas han podido elegir y reelegir gobiernos de izquierda o progresistas, pero lo han tenido que hacer coexistiendo con remanentes oligárquicas que cuentan con apoyo de corporaciones controladas por capital estadounidense que intervienen con mayor o menor impudicia en los asuntos internos, especialmente en sus medios de prensa y sus finanzas, y conspiran contra su seguridad e independencia.

Allí, esas minorías dueñas del gran capital provocan críticas situaciones para los gobiernos populares que, aunque cuentan con amplio sustento ciudadano, enfrentan una oposición que dispone de mayores recursos efectivos de poder y cuentan con fuerte apoyo de la potencia hegemónica continental.

En esos países, en la medida que las masas (en primer lugar sus líderes) actúen con firmeza pero evitando con ecuanimidad dar pretextos a la reacción para interrumpir con violencia el devenir de eventos que objetivamente prometen ventajas para las mayorías, se estará actuando a favor del progreso y el bienestar de los pueblos. Así lo está demostrando la actuación del gobierno bolivariano de Venezuela ante la arremetida enloquecida de una oposición desesperada que irresponsablemente provoca a las masas y que cosechará con ello nuevos avances revolucionarios en su detrimento.

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