viernes, 20 de febrero de 2015

“Yo le conté la verdad a mi madre”

Olivia Carballar (LA MAREA)

Ya suenan los cerrojos.
A morir toca.
Nombres de amigos ruedan
de boca en boca.
Cuando amanece,
con el trigo y el alba,
la sangre crece.
Luis Caballero, cantaor de Aznalcóllar

Juan José López permanece varios segundos en silencio mientras señala uno a uno los nombres de hombres y mujeres que ha recopilado en una tabla. 54, dice al terminar de contar. Son las víctimas mortales de la represión franquista en su pueblo, El Madroño (Sevilla). Allí ha presentado A morir toca. El Madroño en tiempos de infamia (Diputación de Sevilla), el libro con el que documenta una barbarie negada por algunos y silenciada por otros. Insiste en que él no es ni historiador ni escritor. Sin embargo, las investigaciones locales ajenas a la academia, realizadas en su mayoría por familiares de víctimas, están escribiendo la historia que tanto se quiso -y aún se quiere- ocultar: “Ahora se tiene certeza de lo que se temía. En los pueblos hay mucho desconocimiento y mucho miedo, más que mala fe”, afirma el autor.

Han tenido que pasar los años y casi una vida para que su madre, Tomasa, una mujer ahora octogenaria, sepa qué fue de su padre, a quien iba a visitar a la cárcel hasta que un día le ordenaron, sin ninguna explicación, que ya no fuera más. “Mi abuela supuso lo que había ocurrido, pero nunca habló del asunto y mi madre nunca supo realmente qué había pasado con mi abuelo hasta que yo se lo conté”, afirma Juan José.

El proceso ha sido largo. Hace una década, Juan José comenzó a buscar el nombre de su abuelo en los archivos militares, pero el desbarajuste de aquellos legajos lo apartó momentáneamente de su empeño: “Aquí no hay nada”, le aseguraron. Y la nada, tras el rastreo del historiador José María García Márquez, se convirtió en un tomo de 600 folios de un consejo de guerra. “Gracias a García Márquez pude comprobar que Juan López Pérez, mi abuelo, estaba entre las 40 personas del pueblo sometidas a consejo de guerra. Yo no lo hubiera encontrado nunca porque estaba a nombre del que fuera alcalde del pueblo José Ramón Esteban Ruiz, asesinado mediante garrote vil en la cárcel de Sevilla. Junto a él, fueron fusilados mi abuelo y dos hombres más. Fue en marzo del 38. Al resto de los condenados a muerte les fue conmutada la pena por la de reclusión perpetua o 30 años”, asegura.

Desde que le contó “esta verdad” a su madre, Tomasa acude cada día de los difuntos al cementerio de Sevilla a depositar un ramo de flores en la fosa común donde supuestamente están los restos de su padre. “Para ella ha sido un gran alivio”, reflexiona Juan José, nieto de aquel minero socialista asesinado con 30 años.

Fosa en espera

Ahora abre el libro por la página 161. “Mira a estas dos mujeres”, dice. Son Hermenegilda y María Martín, hermanas, una con 19 años y la otra con 21. “Dime si esto no es espeluznante. Las dos fueron fusiladas junto a sus padres, entre las aproximadamente 40 personas asesinadas nada más entrar en el pueblo las tropas franquistas, en agosto del 36”, aclara. Todas ellas, supuestamente, yacen en la fosa del cementerio de El Madroño, en cuyos trabajos de delimitación y cata, impulsados por Amhyja y financiados por la Junta de Andalucía, fueron localizados 29 cuerpos. “Ahora está tapada, a la espera de ver cómo se puede exhumar porque la Junta ya no concede subvenciones para ello”, añade Juan José.

Luego se va a la página 280 y señala con su dedo índice la reproducción de un documento firmado por el entonces cura del pueblo, Manuel Santos Román, sobre una maestra llamada Trinidad Vergillos, que fue depurada: “Su conducta profesional: pésima. Tratábase únicamente con las fuerzas indeseables del pueblo. Religión: ninguna. Mofábase hasta de la religión. Observaciones: es o era una grandísima hija de la Pasionaria”.

“El papel ejercido por el cura, como testigo de cargo, para acusar a las personas, es bestial”, denuncia Juan José. Unas hojas antes, en la 278, subraya lo que dice este mismo cura del que fuera alcalde del municipio: “De bueno sólo hizo procurar que el pueblo no pasase necesidad, alimentando con lo robado, y evitar el fusilamiento de mi padre. Ante tamaños crímenes, huelga manifestar los motivos en los que se fundamenta la conveniencia no sólo de su detención sino también de la aplicación del bando de guerra pues así lo reclama el bien de la patria y de este pueblo que pide justicia inexorable”.

Con el libro cerrado, trufado con post it amarillos, el hombre que le ha llevado la verdad a su madre con 82 años concluye: “Sería indecente decir que esto no existió, sería indecente no contar que esto ocurrió”. Él, afortunadamente, ha llegado a tiempo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.