miércoles, 11 de marzo de 2015

Colombia: Desminar y desarmar

Manuel Humberto Restrepo Domínguez (especial para ARGENPRESS.info)

Se calcula en cerca de 12000 el número de víctimas causadas por las minas antipersona sembradas en las selvas y campos de Colombia. Cerca de 1800 muertes y más de 5000 mutilados pertenecen a las tropas del ejército. El 40% restante son civiles no combatientes, destacándose en mayor número los niños campesinos. El film bajo el título de las Tortugas También Vuelan, del Iraní Bahman Ghobadi, realizada en 2004, ilustra la tragedia de un pueblo en el que su niñez permanece atada a las minas, las recuperan y venden aunque muchas explotan y matan o dejan cuerpos mutilados, las minas son una forma de sobrevivencia y juego, es la guerra, a veces juego, a veces realidad, en todo caso siempre una vía de muerte y destrucción. Es por eso que en medio de las conversaciones es una buena noticia el acuerdo para iniciar actividades de desminado y serán los logros en esta materia los que permitan entender lo que significa para miles y más miles de pobladores tener que vivir bajo la amenaza de una mina dormida que despierta o de un bombardeo que destella al horizonte. Son cotidianas las historias de niños y niñas especialmente indígenas y campesinos que atraviesan campos minados para ir a la escuela a aprender en mapas descoloridos la historia oficial, la de ofertas y demandas, de riquezas, crecimientos y fluctuaciones de mercados.

En la otra frontera de la simetría de la guerra están los bombardeos indiscriminados sobre objetivos apenas referenciados sobre los que se han llegado a lanzar 20 0 30 toneladas de explosivos en pocos minutos, de los que solo quedan imágenes borrosas tomadas por los mismos ejecutores en su celebración de la muerte ajena y que impiden ver las secuelas de daños en aguas, vegetación, animales y perdidas en vidas humanas que ni siquiera entran a hacer parte de la inhumana contabilidad de la guerra de cuyas cifras emanan condecoraciones a oficiales, generales y ministros. Las mismas selvas y campos de cultivo reciben por igual los impactos de minas y bombardeos que hacen brotar lisiados, muertos y desplazamientos forzados.

Suspender hostilidades de manera bilateral como clama la sociedad, sus voceros y voceras, organizaciones sociales, artistas, intelectuales y sectores políticos, permitirá dar nuevos pasos significativos en la cadena de acuerdos para llegar a un lugar seguro en las conversaciones de Paz, que complete el panorama del desminado y el desescalamiento de las acciones militares. No son en todo caso los héroes de la patria, los soldados ni los generales los artífices de la Paz, hasta ahora han sido los ejecutores de la guerra, sus estrategas, y no se puede convocarlos a reclamar triunfo alguno por esta guerra que también tiene a millares de lisiados mentales en hospicios y enfermos en reposo. No se pueden generar equívocos, el creador y depositario de la Paz es el pueblo, sus luchas para convencer a los héroes de que las tragedias de la guerra impiden la vida, violentan la dignidad.

Matar o hacer daño a otro humano no es de humanos, hacerlo de manera estratégica y planeada siempre resultará inhumano, por tal razón incorporar una visión de sentido humano y responsabilidades éticas es parte esencial en el proceso de negociación política del conflicto y en esa medida el desminado se constituye en un acto humanitario que permitirá determinar el origen de las minas y saber de sus alcances, descubrir otros actores implicados en el uso de minas y sumar en la construcción definitiva del relato colectivo de lo que ha ocurrido en estos 50 años de guerra del que ya la comisión histórica ha colocado los mojones principales.

Cualquier acuerdo por el fin de la guerra es invaluable y el acercamiento para crear grupos de desminado conformados por antiguos enemigos, es decir por combatientes del ejército y de la insurgencia, podrá marcar el inicio de otras tareas conjuntas para enfrentar al narcotráfico y al neoparamilitarismo y avanzar hacia la reconquista del control de territorios y el ejercicio de la autoridad sin armas tanto en zonas rurales como urbanas. Es un buen momento para que el Estado tome la determinación inaplazable de desarmar en su totalidad a la población civil, a toda la población civil sin excepción, que es portadora de no menos de cinco millones de armas de fuego y eliminar la libre empresa a los negocios asociados a la guerra e impedir la compra, venta, porte y uso de armas bajo la excusa de la legitima defensa de cuyas víctimas aún no se habla. Regular la convivencia sin armas mejora también la percepción de que en la paz la insurgencia podrá convertir sin temores sus luchas en plataforma política y social por la conquista del poder en las urnas.

La noticia del desminado podría ser mejor si el gobierno toma la urgente decisión de entrar en conversaciones con el ELN, cuyas prácticas históricas han mostrado inclusive mayor capacidad de uso de artefactos explosivos y de minas para el control de sus territorios. Al gobierno quizá le asiste el temor a incluir en una agenda con el ELN los temas de participación directa de la sociedad civil en una mesa de conversaciones y tratar a fondo las dinámicas de explotación de los recursos minero energéticos. El primer tema extiende el campo de negociación y ratifica que el marco de la negociación y acuerdos es político, no jurídico y el segundo podrá influenciar las inversiones y papel de las transnacionales, muchas de las cuales parecen entender que la Paz será llave para una rápida e ilimitada explotación de la biodiversidad con reglas favorables a la degradación de derechos. Desminar es un gran paso que se puede completar incluyendo al ELN y sumando el desarme total y la eliminación del espíritu de guerra y la primacía del autoritarismo para que la Paz produzca bienestar con garantías materiales para que los derechos sean efectivos y no el privilegio de los que caminan sin minas bajo sus pies, ni carencias que se resuelven con bombardeos.

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