martes, 17 de marzo de 2015

¿Cómo será el fin del mundo?

Víctor Lapuente Giné (ELDIARIO.es)

Una visión preocupante sobre Europa.

Pensaba en el fin del mundo mientras el autobús entraba en Bruselas. Mientras pasaba por delante de los esos edificios de cemento y cristal, los cuarteles generales de la Eurocracia, moles grises que despintan el colorido propio de barrios históricos y burgueses. Calles abiertas de comerciantes reconvertidas en avenidas cerradas de funcionarios. La Europa de los mercaderes suplantada por la Europa de los burócratas.

Todo el mundo andaba muy atareado. Cada uno pendiente de su subvención, de su beca, de su informe consultivo, de su enmienda legislativa, de su propuesta de regulación que exima a su industria, a su corporación, a su gobierno nacional, regional o local de alguna obligación. El comercio de los no-comerciantes es el más intenso. No se acaba estrechando las manos y cerrando un negocio. El trasiego de los que buscan rentas no cesa. Hoy hay que redefinir esta regulación, pedir aquel crédito. Mañana habrá que retocar otra regulación, extender otro crédito.

El fin de la historia no será un totalitarismo como el Gran Hermano orwelliano - la pesadilla de los liberales -. El fin de la historia tampoco será una ley de la jungla donde nos depredaremos unos a otros como lobos contra lobos - la pesadilla de los progresistas -. El fin de la historia será una Gran Bruselas: miles de mercaderes que no mercadean, porque extraen sus rentas de torcer las directivas a su antojo y agrietar las regulaciones para encontrar un inagotable manantial de riqueza; y miles de políticos demócratas, que no hacen política demócrata porque no rinden cuentas ante sus votantes. Representantes de mercaderes y representantes de representantes políticos. Un teatro de representación.

No vi el espíritu europeo en ningún lado, pero sí vi el espíritu de Kafka. Bruselas es un monstruo burocrático sin responsabilidades individuales. Cada loco a su tema. Una compleja arquitectura institucional, coordinando o lidiando a la vez con instituciones nacionales, forma una maquinaria burocrática que tritura las ilusiones de quienes aterrizan con las mejores intenciones, ya sean jóvenes funcionarios o electos europarlamentarios. El castillo es demasiado grande y está demasiado lleno de trampas - de procedimientos, de regulaciones, de procesos de consulta - para poder cambiar las cosas. Se premian la aquiescencia y las buenas formas, los Richelieus de traje estrecho y sonrisa amplia. Las sutiles intrigas palaciegas para favorecer los intereses de tal o cual persona tienen más posibilidades de éxito que las explícitas apuestas por iniciativas políticas innovadoras.

En su estado actual, Bruselas es inmanejable. Ni es democrática ni es imparcial ni es justa ni es eficiente. El europeísmo biempensante, uno de esos nuestros problemas intelectuales más serios, admite los problemas que tiene la actual Unión Europea. Pero su solución es pasar de las brasas al fuego: más Europa. Eso sí, esta vez, prometen una Europa de la buena. La actual es una Europa de los mercaderes, del capital; seguramente porque no les han escuchado o subvencionado lo suficiente, los ingenieros capaces de diseñar la estructura democrática perfecta para hacer felices a cientos de millones de personas. Prometen una Europa política, una verdadera democracia, que haga de contrapeso a la Europa de los mercados. Como si faltaran contrapesos precisamente.

Europa tiene demasiados Leviatanes. Poner de acuerdo a órganos celosos de su poder y que responden a intereses dispares como la Comisión, el Europarlamento y el Consejo es una tarea muy complicada. Y no hablemos si hemos de tener en cuenta al BCE en política económica y a otros órganos como el Servicio Europeo de Acción Exterior, el Comité Económico y Social o el Comité de las Regiones para otras políticas. ¿Acaso necesitamos otro Leviatán, ya sea una gran Presidencia o un Parlamento de parlamentarios, como proponen supuestos progresistas? ¿No sucumbirá este nuevo Leviatán a la lucha institucional? ¿Quién domará al ejército de eurócratas de la Comisión con años de experiencia en las artes del mandarinato? ¿Quién apaciguará al todopoderoso Consejo?

En el caso inverosímil de que pudiéramos crear un LVD (Leviatán Verdaderamente Democrático), votado por 500 millones de personas y con capacidad para llevar a cabo todos nuestros sueños democráticos, como la tan ansiada política fiscal europea, ¿quién podría ser ese LVD? Que nadie espere un movimiento político o un líder inspirador, carismático, renovador, que de voz a los que no tienen voz. En el contexto europeo ese líder no puede emerger.

Somos extraordinariamente heterogéneos. No sólo estamos divididos entre izquierdas y derechas, sino que hablamos distintos idiomas desde un punto de vista político. La aproximación de la izquierda a la reforma del Estado, a la redistribución intergeneracional, al concepto mismo de deuda, es diferente en unos países que en otros. Y lo que entienden por liberalismo económico las derechas a, digamos, ambos lados de los Alpes, es también variopinto. Puede llegar a ser parecido un día. Quizás. Pero, desde luego, no ahora. Y, continuando por la senda actual, las divergencias políticas dentro de Europa no sólo no se reducen, sino que aumentan. En términos de calidad de gobierno, Europa tiene los países mejor gobernados del mundo y varios países más allá de la posición 90 del mundo. Somos un collage de pueblos con instituciones y aspiraciones políticas muy diversas.

Nuestro mínimo común denominador es muy mínimo. Es ingenuo pues pensar que un político carismático a la González, a la Tsipras, a la Merkel, a la Thatcher, con una agenda de cambio, de renovación, pudiera granjearse el apoyo de millones de votantes desde el círculo polar a Atenas, pasando por Munich. En un contexto tan fragmentado y con tantas dimensiones políticas en juego, el líder sólo puede ser el resultado de equilibrios entre familias muy dispares, un equilibrista; una personalidad gris que no entusiasme mucho, porque eso querría decir que enervaría a muchos más. El aplauso fervoroso de griegos supondría el enfado de alemanes; el aplauso fervoroso de las izquierdas radicales supondría el enfado de las derechas; el aplauso de los librecambistas supondría el enfado de los proteccionistas; y así ad infinitum en las múltiples dimensiones de la política europea.

Una Europa más política sólo puede significar el encumbramiento a la cima de políticos como Juncker. Políticos de gran experiencia, acostumbrados a moverse entre bambalinas, con una agenda de contactos tremenda tanto en las esferas políticas como en las burocráticas y las empresariales. Un insider. Alguien de dentro del castillo que conoce los imbricados intestinos del sistema, que sabe qué tecla tocar para contentar a cada uno. Alguien que no es adorado por nadie, pero que tampoco genera mucho rechazo. Alguien capaz de zurcir con nocturnidad acuerdos que generan mucho rechazo social, pero que es capaz de encubrirlos y desentenderse después con discursos bienintencionados y vacíos de contenido.

Hemos oído tantas veces la letanía del “espíritu europeo” de los padres fundadores, de la “Europa política y social” que ya no nos lo podemos creer. En particular, Juncker afirmó recientemente que “ la troika es poco democrática, le falta legitimidad democrática y deberemos revisarlo cuando llegue el momento". La cursiva es mía, porque creo que es la parte más importante de la frase: ese momento no llegará nunca. Pero el entramado europeo se ha construido precisamente sobre la base de vender que ese momento llegará un día no muy lejano. Estamos cerca de alcanzar el nirvana democrático, damas y caballeros, denme un poquito más de tiempo y un poquito más de dinero y llegamos.

Si realmente nos preocupamos por la política, debemos desmantelar esta Europa. No toda Europa. Hay una Europa que funciona. Es la que va por abajo. La Europa de los estudiantes Erasmus, la de la libertad de movimientos de bienes, servicios y personas. Es una Europa en la que hay terreno por avanzar, pues no tenemos un mercado común para muchos servicios. Estos siguen siendo el coto privado de monopolios y oligopolios nacionales. Conseguir esa Europa por abajo debería ser el objetivo prioritario de unas instituciones europeas más pequeñas y funcionales. Pero eso es menos sexy que alimentar el sueño de una megapolis continental, de una Europa Social que nadie sabe cómo materializar de forma razonable.

La que no funciona es la Europa que va por arriba. La Europa de las crecientes transferencias de dinero y de soberanía a las instituciones europeas es un fiasco. Ha servido para crear una casta de eurócratas en Bruselas que disfruta de unos sueldos por encima de cualquier precio de mercado y de cualquier tipo de sentido común para servidores públicos. Ha servido para malgastar ingentes cantidades de dinero en redistribuciones de dudosos efectos igualitarios además de ineficientes económicamente; unas redistribuciones que son el resultado de cambalaches entre partidos políticos, gobiernos nacionales y regionales, y grupos de presión con intereses muy definidos.

Las enormes tensiones políticas, económicas y sociales creadas por el euro son sólo una prueba más de que hay espacios de soberanía, como la política monetaria, que es mejor dejar en manos de los gobiernos nacionales. Hay otra evidencia más: la comparación con otras Europas que se ha integrado por abajo. Unas Europas más modestas, sin la majestuosidad de las instituciones europeas; sin sus grandes discursos sobre el sueño europeo, sin sus grandes burocracias, sin sus corresponsales de todo el mundo cubriendo las interminables cumbres europeas. Sin Bruselas, vaya. Los ejemplos más claros de esas Europas alternativas son el Espacio Económico Europeo y la Unión Nórdica. Ésta, que lleva más años, ha demostrado que una integración por abajo acaba generando más convergencia económica -¡y social!- que una integración por arriba. Que los ciudadanos y bienes atraviesen las fronteras con libertad, pero que cada país mantenga su soberanía. Así, los ciudadanos saben dónde está el responsable del desaguisado en una política: en la capital del país. Y saben cómo cambiarlo: votando a otro partido.

La Unión Europea tiene muchos aspectos positivos y debemos mantenerlos. Pero identificar el espíritu europeo con Bruselas es como identificar socialismo con el Kremlin. El bienestar de los europeos requiere desmantelar gran parte de la infraestructura de la Unión y recrear una Europa de mercados eficientes, tanto económicos como políticos.

Este es el mensaje central de este artículo: la lucha no es entre la Europa de los mercados y del capital y la Europa democrática, política y social, como nos han contado miles de veces. La lucha real es la lucha de la Europa de los mercados y de la democracia contra la Europa de los insiders y de la burocracia.

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