viernes, 20 de marzo de 2015

La historia de Alika Kinán, del trabajo sexual a la trata en primera persona

LA RETAGUARDIA

El 12 de marzo recibimos una carta a través de las redes sociales, en la que Alika Kinán hace un pedido desesperado para que se difunda que el Estado está incumpliendo con la protección que debe brindarle como víctima del delito de trata de personas, ya que había recibió una orden de desalojo de la vivienda precaria en la que vive con su familia.

En ese texto hace un relato crudo de su historia, la de una mujer que fue víctima de distintos tipos de violencia, y que en los últimos años hizo el valiente recorrido entre considerarse una trabajadora sexual a reconocerse como una víctima de trata. Kinán repasó algunas situaciones tenebrosas que sirven para entender cómo es la vida de una víctima de trata, aún cuando piense que está allí por propia voluntad, como ella asegura que pensaba en aquel momento que ahora recuerda con dolor.

Alika Kinán vive en Ushuaia con sus cinco hijos, en una casa que le dio el Ministerio de Desarrollo Social de Tierra de Fuego por su condición de víctima, tras haber sido rescatada, en 2012, de una whiskería de esa localidad. Hasta allí llego desde su Córdoba natal en la ruta de la trata de personas.

Sin embargo, pasó mucho tiempo hasta que ella misma tomó conciencia de que no había estado allí por su propia voluntad, sino que efectivamente era una víctima desde sus 16 años.

“Para que yo hable de esto pasó mucho tiempo de terapia -afirmó Alika Kinán y quiero situar, contextualizar, porque es importante echarle un poco de luz a esta situación. Yo decía que estaba ahí porque había dado mi consentimiento. Eso es correcto, pero no fue una elección, porque vos elegís cuando tenés muchas opciones de vida, y yo no tuve ninguna. Yo fui abandonada por mi papá y por mi mamá a los dieciséis años, vengo de familias donde estaba naturalizada la explotación sexual. Mi abuela fue prostituta, mi mamá y mis tías también, es como que hay una situación natural de cómo se llega a todo ese momento. Cuando mi mamá se va me deja a cargo de mi hermana, que es bastante más chica que yo. Llegó un momento en que no teníamos ni para comer, no teníamos dónde vivir, fue una situación extrema, me habían dejado con una criatura chiquita y yo estaba haciendo frente a esa situación. Fue entonces que una chica me hace una oferta en un lugar X, y me dice que podíamos ir a un privado donde se hacían despedidas de soltero, era como un lugar de masajes, todo como muy extraño. En ese momento no fui, hasta que la situación fue tan extrema que llegó el agua al cuello y un día me vi tocando el timbre en ese lugar donde me habían indicado”.

Uno de los primeros recuerdos que Kinán mencionó en la charla fue el fuerte olor a talco que había en aquel lugar: “por el tema de los masajes, son esos olores raros que te quedan de por vida. Es muy desagradable. Son esos recuerdos que uno tira al fondo de todo, y le echa tierra. A partir de ahí, al ser menor lo que se intentó es que no me encontrara la policía porque había todo un seguimiento, un pago de coimas, pero yo seguía siendo menor y si me agarraba la policía iba a ser peor todavía”.

Empezar debiendo

Unos años más tarde, otra chica que estaba con ella le ofreció otra alternativa: “me dijo ‘yo estuve en el sur, se gana muy buena plata, hay barcos pesqueros, muchos extranjeros, podés cobrar en dólares, ganás el doble porque te pagan mejor’. Vulgarmente ellos le dicen ‘servicio’, pero por esa explotación, te daban el 40%, y así fui a parar a Ushuaia donde no me recortaban tanto, pero sí te hacían un plan de deudas apenas llegabas y del que era prácticamente imposible salir, debías pasajes, te retenían la documentación, debías la comida, te cobraban multa si llegabas cinco minutos tarde. Por ejemplo, te sacaban 500 pesos por llegar cinco minutos tarde. Si no iba a trabajar me decían que ese día yo valía 2000 pesos”.

Al ser consultada acerca de si de ese lugar podía irse cuando quisiera, Kinán explicó: “como poder irte te podías ir, pero el tema era a dónde. Sin documento, con una deuda, además ellos te decían ‘a mí me vas a pagar, de la manera que sea’, estaba en una ciudad extraña. No hay manera de irse muy lejos, hasta que todo eso hace mucha mella dentro de tu cabeza y te convencés que es la única opción que tenés. Y encima después te conoce toda la ciudad y estás como estigmatizada, sos la puta, la trola. Acá era tan naturalizado salir a los cabarets, a las whiskerías, a ver un show, a pagar a una chica, acá salían de jugar al fútbol y de ahí se iban a estar con una piba. Y si traían chicas jovencitas, chicas nuevas, con más razón”.

Violencia de género

Alika Kinán llegó a Ushuaia en 1996, de donde se fue por primera vez algunos años más tarde: “había venido gente de Río Grande que me estaba buscando con armas, me fui con un chico un poquito más grande que yo, que me dijo que me vaya de vacaciones con él, fue muy insistidor y la verdad que yo tenía que salir corriendo de acá porque en cualquier momento iba a ser caldo de cualquier proxeneta con armas, acá no te defendía nadie, si te agarraba un fiolo, vulgarmente dicho, eras del fiolo. Todavía no había tenido a las nenas. Entonces si te agarró un fiolo, el dueño de la wiskería, el tratante tenía que responder al fiolo. Era todavía peor la situación. Se podía volver todavía peor. Él era español e iba a la Antártida, y los días que él estaba en Ushuaia iba y directamente pagaba al tratante, al dueño del local, en dólares para que yo me pudiera quedar con él, obviamente yo no veía nada de todo eso. Entonces deseo irme a unas vacaciones y ahí fue peor todavía porque me encuentro con un tipo violento, una familia ya donde la violencia estaba naturalizada. Me acuerdo que la primera vez que él me pegó fue a los poquitos meses que me fui con él, y lo primero que hice fue decirle a la madre, porque él me había estrellado el control remoto en la cara, y ella me preguntó ‘pero vos qué hiciste’. Entonces me di cuenta que estaba al horno”.

Familia de tratantes

Cuando esta persona, que es el padre de sus hijas, que ejercía violencia sobre ella, comenzó a también a golpear a su hija mayor, que en ese momento tenía ocho años, Alika Kinán resolvió volver a la Argentina, a Ushuaia, con los tratantes, que enseguida le enviaron dinero para el regreso. Kinán volvió a endeudarse una vez más con estas personas que no registraba como sus tratantes, sino como parte de su familia: “la familia que nunca había tenido, la que nunca me había cuidado, yo decía que ellos me cuidaban, me daban vivienda. Por eso tomé la decisión de volver. Yo pensaba que correspondía porque tenía que estar trabajando y esta gente me daba vivienda, me cuidaba, porque si pasaba algo, me cortaba un dedo o tenía que ir al médico ellos me acompañaban, claro ellos me cuidaban pero de que nadie me abriera los ojos, ni que nadie me dijera que me estaban explotando”.

Además, según explicó Kinán, los tratantes la cuidaban para que ella continuara siendo “productiva”: “me cuidaban para que siguiera generando, cuidaban que no me ‘empestara’, que no me agarrara ninguna infección, no me engripara. Cuando empezaba la temporada de las nevadas, enseguida me decían que me fuera a poner la vacuna o que tomara algo para no enfermarme. Y yo encima les agradecía y decía qué buenos que son, cómo me cuidan, claro porque si yo me engripaba y estaba diez días en cama, eran diez días que estaba ocupando la vivienda y que no estaba generando ningún beneficio para ellos. Incluso la dueña, la pareja del tratante me decía siempre que me iba a enseñar a trabajar, entonces me golpeaba la barra y me decía ‘dale, nena, traeme plata, dale’ y golpeaba fuerte la barra. Yo me acuerdo que pegaba unos saltos, porque además yo estuve muchos meses trabajando sin tomarme ni un solo día de descanso, entrando a las once y media de la noche hasta la seis de la mañana, y era super productiva, a mí me adoraban, me decían ‘mirá la plata que me trae la nena’. Yo hoy por hoy lo cuento y recuerdo y me digo que fui una estúpida, es terrible todo esto, cómo no hay una reacción. Tenés que estar tan mal, tan martillada la cabeza”.

Aunque Kinán lo diga así, sabe que esta situación no tiene que ver con la estupidez, sino con la maquinaria que ponen en juego los tratantes que tienen muy en claro cómo someter a las personas para que ni siquiera se den cuenta de que están ante un sometimiento: “es terrible, las cosas que yo he vivido y las cosas que he visto son terribles. Yo era muy productiva, una chica bastante centrada, entonces me dejaban estar atrás de la barra pero no atendiendo. Un día estaba ahí fumando un cigarrillo y veo a una de las chicas, muy jovencita, correntina, 18 años, que se va con un viejo al que ya conocíamos que era terrible, un degenerado. Entonces yo le digo a la encargada que no la dejara ir con ese degenerado porque era muy chiquita. Y me dice ‘bueno, bueno, vos andá a trabajar’. Le digo ‘pobre piba’, pero terminé mi cigarrillo y me fui, pero después veo que empieza a pedir el champagne Fresita, y se toma siete en un plazo de hora y media, tenía un pedo, un estado terrible. Soy muy madraza, siempre procuré cuidar a mis compañeras, entonces veo que va a pedir las llaves del cuarto de pases, y le digo a la encargada que no le se las dé. Pero se va y yo sigo con lo que estaba haciendo, sigo en la mía y me olvido, no estaba yo para controlar, ni para cuidar, yo me tenía que cuidar yo, para eso estaban los encargados y demás. Entonces eran como las cinco de la mañana y aparece la piba llorando, seguía super borracha, y me dice ‘me cogió sin forro’, y me cuenta que de la borrachera que tenía se quedó dormida y la habían violado, no sabía si uno, cinco o cuántos que habían metido en la pieza, y la encargada a lo único que atinó fue a decirle que se bañara para irse al hospital, para pedir la pastilla del día después. Y nadie vio nada, nadie escuchó nada, todo se tapaba porque él era un cliente y a los clientes había que cuidarlos”.

La vida tras el allanamiento

Al ser consultada acerca de qué sucedió con la whiskería y los tratantes luego del operativo que la rescató en octubre de 2012 de la whiskería Sheik, Kinán contó: “la gente que estaba a cargo del lugar estuvo detenida más o menos dos meses, el lugar terminó con los precintos de clausurado y a la gente, a los tratantes después yo me los he encontrado en el supermercado, en la calle, en los colegios, te los cruzás todo el tiempo, ellos van con la frente muy alta, ellos creen que eran buenísimos y que la hija de su madre sos vos que declaraste. En su momento yo los defendía, yo nada más declaré cómo había sido el transcurso de mi vida y ahí me dijeron que yo era víctima de trata”.

Debió pasar bastante tiempo para que Alika asumiera su condición de víctima: “siempre me consideré una mina luchadora, que hacía lo que fuera por mantener a su familia o a mi hermana en ese momento o a mis hijas después. Cuando hago la declaración en fiscalía federal, estaba sentada con una psicóloga al lado, con el fiscal, con el que toma nota, también la secretaria del fiscal, un abogado, toda la gente de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas a nivel nacional, estaba como muy acompañada. Ellos como que entraban y salían, porque me veían como una mina preparada, se preguntaban cómo había llegado a este punto. Algo que no sale en el escrito, y es lo que se me cuestiona acá mucho, estoy hablando a nivel justicia provincial, porque la justicia federal jamás lo hizo, para ellos era un caso extremo porque habían escuchado todo lo que es la declaración. Y yo fui a un colegio muy caro, hablo algunos idiomas y tengo mínimamente una formación, que no pude terminar porque a los 16 años quedo a la intemperie, pero mi papá y mi mamá me decían que yo tenía que tener buenas relaciones, estudios, porque me tenía que rozar con otro tipo de gente. O sea la víctima de trata no es solamente la chica del norte, de Chaco, Corrientes, Misiones, pobre, muerta de hambre, no, también hay una situación social donde a la mujer se la prepara para eso. A mí se me preparó para eso”.

Efectivamente, a Kinán le llevó mucho tiempo asumirse como víctima: “cuando ocurre el rescate yo me niego a que soy víctima de trata, yo decía que no era víctima de nada y que me quería ir. A mí me acababan de sacar del lugar donde estaba y era mi única fuente de ingreso. En ese momento tenía cuatro hijas y quería salir corriendo a buscarlas y además me sentía culpable, sentía que había cometido un delito, y nadie me había explicado en qué consistía el delito de trata. Yo no me identificaba porque no sabía, no tenía información, entonces se me cita a declarar y yo me niego a hacerlo en una primera instancia, hay una insistencia por parte de la fiscalía y desde el ministerio de que yo tenía que presentarme a declarar, que había personas detenidas, que se estaba cometiendo un delito. Yo no tenía ni idea de qué estaba pasando”.

El accionar del Estado

Hoy Alika está viviendo en una casa que le brinda el Ministerio de Desarrollo Social de Tierra del Fuego como parte de la asistencia que, por ley, el Estado debe garantizarle a las personas rescatadas de redes de trata: “a mí se me otorga la vivienda en un carácter muy provisorio y por pedido de la fiscalía federal, quien habla directamente con la ministra (de Desarrollo Social, Marisa) Montero, y ella le entrega las llaves a una asistente social, que es la que me lo entrega a mí. Pero la casa no estaba ni siquiera en condiciones, no está en un lugar idóneo. Ushuaia es medianamente chiquito, es como un pueblo grande y yo estoy dentro de un barrio que son las 60 viviendas donde está lleno de Ministerios, yo estoy al lado del Ministerio de Educación, enfrente de la Dirección de Familia del Ministerio de Desarrollo Social, al lado de Economía Social, estoy observada por todos lados, es como si me tuvieran encerrada, controlada”.

Además, hace pocos días Kinán estuvo a punto de ser desalojada de esa casa: “cuando se me entregan las llaves de la vivienda firmo, porque no me quedaba otra, que la casa me la prestan por un mes y 20 días, con el compromiso del Ministerio de resolver la situación y de poner en práctica o aplicar todo lo que es el protocolo de actuación ante una víctima, que es lo que manda Nación, que es donde pone que debe haber un plan de asistencia integral, donde se tiene que garantizar la provisión de alimentos, una reinserción laboral, articular con el Ministerio de Trabajo, o con el de Educación si fuera necesario. Todo ese tránsito yo lo hice sola. Ahora estoy un poco más tranquila debido a que el desalojo está como suspendido, pero todavía me queda cierta intranquilidad, y cierta incógnita de cuál va a ser el destino final de toda esta situación”.

Una leona que sobrevive

No solo a Alika le costó entender que estaba siendo víctima del delito de trata de personas. Algunos funcionarios que deberían haberla ayudado lo pusieron en duda, como una asistente social que adjudicaba en un informe la condición de víctima a mujeres sumisas y poco sociables: “hace un par de días llamó una de las directoras de Desarrollo Social y me dijo que no podía creer lo de mi informe, porque me decía que todas las víctimas de trata con las que se había encontrado siempre fueron mujeres leonas, que tienen como un animal adentro. Y sí porque para sobrevivir a todo ese tipo de situaciones tenés que tener un animal adentro, no podés ser sumisa, sino no te encuentran en un allanamiento, sino en una zanja”.

En este punto, Kinán recalcó: “vos tenés que sobrevivir, yo me he peleado, tengo toda la boca rota, porque yo peleaba para sobrevivir, con tipos, con minas, a mí tipos que a lo mejor me habían pagado un hotel y después me quisieron sacar ese mismo dinero que me habían dado porque no sé no les había gustado, o se excedieron con el tiempo y yo me tenía que ir porque tenía que responder ante una casa, ante los tratantes. Entonces me decían que no me pagaban nada o que me quedara hasta que ellos me decían. Tenés que soportar violaciones, consentidas o no, no deja de ser una violación, si te están por matar tenés que consentir una violación”.

“Hoy por hoy me estoy rearmando como mujer -aseveró Kinán en diálogo con La Retaguardia- y gracias a mi psicóloga, a mi abogado, a una organización feminista que estuvo siempre al lado mío desde el momento en que yo dejé entrar gente a mi vida, porque es un proceso muy difícil. El primer año es terrible, es todo un proceso de negación, vos no podés creer todo lo que te está pasando, estás tratando de conciliar a nivel familiar, una serie de cosas, y no es fácil. Aparte te convertís en una persona extremadamente desconfiada, hasta que tomás la decisión de dejar entrar a alguien en tu vida, entonces aparecen ellas y yo empiezo a leer, a cultivarme como mujer y a desarmarme de antiguos conceptos o preconceptos que yo pensaba que estaban bien. El concepto que yo tenía era que la puta es la que se acuesta con alguien y no cobra, entonces yo soy una prostituta porque me acuesto y cobro, dentro de todo yo me sentía orgullosa de eso. Y no, porque son relaciones no consentidas, que son abominables porque te estás cuidando permanentemente de que no te hagan esto, lo otro, vos cuando tenés una relación y la disfrutas no estás cuidándote de lo que te hacen, te entregas al sexo y disfrutas. Hay cosas que no tienen nada que ver una con la otra, como la prostitución con lo que es una relación consentida”.

Abolicionismo

Hacia el final de la charla con La Retaguardia, le preguntamos a Alika si tenía una opinión formada en relación a si la prostitución puede ser considerada como un trabajo si es que la persona la ejerce por su propia cuenta o si en todos los casos se está ante una situación de sometimiento: “yo tengo una posición tomada -señaló-, soy abolicionista 100%. Una cosa es el sexo disfrutado que no es lo mismo que el sexo consentido, que para mí abarca un amplio espectro, abarca la prostitución, una violación, un montón de cosas, que no están aparejadas con lo que es el sexo disfrutado, hay una diferencia que es muy grande. Yo siempre insisto, cuando me preguntan si soy abolicionista, sí, lo soy porque soy una convencida de que si una mujer en un estado de vulnerabilidad, que está siendo explotada sexualmente, vos le entregas o le otorgas una serie de instrumentos para poder defenderse en la vida, estudios, un trabajo bien pago, no uno en negro donde gane poco, una vivienda digna donde pueda mantener a su familia aunque esté sola, yo estoy segura que esa mujer no se prostituye, estoy totalmente convencida de que no llega a la prostitución. Entonces, por ese punto, yo me considero abolicionista, porque si yo hubiese tenido a mi alcance esas herramientas para encarar mi vida de otra manera seguro que no me hubiese dejado explotar sexualmente durante tantos años, ni hubiese caído en manos de un maltratador, porque la trata de personas está muy cerca de la violencia de género. La trata de personas es un cúmulo de todas las violencias que pueda atravesar una persona: una violencia económica, física, psicológica, verbal, vos cuando estás siendo explotada aguantas todo eso, y es un manoseo constante tanto de tu cabeza, tu psiquis, tus emociones, tu cuerpo, es todo. Yo tengo una decisión tomada porque ahora llego a entenderlo, si esto me lo preguntaban hace unos años atrás, hubiese dicho que la prostitución tendría que ser legalizada; hoy por hoy entiendo lo que es el delito de trata, entiendo lo que es la explotación sexual y entiendo perfectamente lo que es disfrutar del sexo”.

El testimonio de Kinán es tan conmovedor como la firmeza con la que habla. Hoy sabe que debe continuar su lucha para que el gobierno provincial cumpla con lo que la gobernadora Fabiana Ríos se comprometió a otorgarle: los fondos para la construcción de su vivienda, en un terreno que le cedería el municipio.

Pero sabe que además de su lucha individual hay una colectiva: “ojalá sirva también para que muchas mujeres se levanten a defender sus derechos. Muchas mujeres que hayan sido violentadas, explotadas sexualmente tomen la decisión no solo de no permitir este flagelo sobre sus cuerpos, sino que le exijan al estado tanto nacional, provincial como municipal, y a todos los organismos que de allí se desprenden, que se nos restituyan todos esos derechos, porque es lo que corresponde y es lo que ampara la ley de trata”, aseveró Alika Kinán al finalizar la charla.

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