miércoles, 11 de marzo de 2015

La puerca economía

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Aunque en la sociedad son prácticamente imposibles de evitar o precisamente por eso, nunca he tenido apego alguno por los “expertos”. Les escucho de mala gana y me impaciento. Y al especialista que me envía el galeno, simplemente le aguanto en la medida que me cure. Sólo admito de buen grado a quienes ejercen un oficio. Y es que el que sabe demasiado de algo, apenas sabe de lo demás y siempre hay quien le supere. Por otro lado, conocer más y mejor en ciertas materias no es garantía de certezas. En la mayoría de ellas prefiero formar mi propia idea prescindiendo de las suyas. Me atengo a mi conocimiento, aun superficial. Confío en mi instinto y en mi intuición (hoy, por cierto, sentidos sumamente atrofiados en la sociedad), como fío a mi discurrir la trascendencia hipotética de mi persona y no al desvarío de esoteristas y teólogos. Además, estos tiempos favorecen mi actitud, pues la Internet y los buscadores lo resuelven todo. Por esto ni la ignorancia ni la discusión tienen ya excusa. Sin embargo, pese a que algunos hablan de la escasa preparación de la población de este país, si hay algo que sobra entre nosotros son los "expertos". Y por encima de todos descuellan los economistas...

Sin embargo, teniendo un protagonismo desmesurado y pese a los graves problemas que presenta la situación, tampoco al Nobel en economía los gobiernos le prestan atención. Así es que ¿qué se puede esperar del experto en economía que comparte la doctrina y las claves de la economía financiera con todos los demás? ¿qué soluciones puede traernos cuando la realidad económica es eso que va sucediendo mientras hacemos otros planes?

Mi animadversión hacia los economistas y la Economía viene de antiguo. Y es porque voy comprobando a lo largo de mi vida que los economistas al uso son incapaces de concebir, técnicamente hablando, otro modo de organizar la sociedad y otra inteligencia distributiva que no pase por consagrar la libertad por encima de cualquier otro valor incluido a menudo el de la misma vida. Libertad en este caso desdoblada en libertad de mercado y libertades formales. Pero ahondando luego en el examen detenido de esa libertad, uno se da cuenta de que en la concepción de la economía social hay trampa.

Veamos:

En cuanto a la libertad individual, ésta no se relaciona con la óntica, la interior, que nadie puede arrebatarnos aunque estemos en prisión.

En cuanto a las libertades formales, se trata de expansiones que sólo disfrutan a manos llenas sólo una parte de los individuos: los que al menos disponen de lo indispensable para vivir con dignidad sin debérselo a nadie o con capacidad de endeudarse porque poseen, con un banco al que, justo, no tienen acceso los que carecen de todo. Porque para obtener del banco dinero es preciso tener "casa abierta", como rezan viejas constituciones para separar los derechos de los patricios de los derechos de la plebe. Pues bien, en estos tiempos de crisis y de engaños generalizados por parte de los obligados a infundir confianza, esto es prácticamente imposible para los despojados de empleo, de ayudas, de casa y de esperanza en un futuro...

Y en cuanto a la libertad de mercado, tampoco es libre. Todos los canales de distribución están intervenidos, desde las cuotas de pantalla en la industria cinematográfica hasta la energía en sus distintas formas. Pero intervenidos no en bien del individuo común, sino en el de los acapadores de fortuna.

Y hay un factor asimismo decisivo: el empleo.

En cuanto al empleo, aunque del número de los puestos de trabajo la propia sociedad hace responsable a los gobiernos y culpables cuando el desempleo es escandaloso, en este sistema que se dice no intervencionista no es al gobierno a quien corresponde crearlos, pues eso incumbe a los gobiernos del socialismo real, sino favorecer las condiciones necesarias para que se cree. Pero el caso es que si la tasa de empleo es baja, no es por falta de incentivos fiscales o por otros motivos que dependan de los gobiernos sino porque los distintos sectores de producción están superexplotados. Y esto no tiene remedio. Esto depende si acaso de dos factores inmateriales: imaginación, que falta dramáticamente, y ansia de ganancias, que sobra escandalosamente. Así pues, otra trampa...

En suma, si, ya que huye del socialismo real la preocupación del Estado fuese humanista, es decir, si el foco de su máxima atención fuese el individuo, el propio Estado pondría limitaciones a su poder en cuanto colisionase con la dignidad y bienestar del individuo. Pero no es así. Para esta clase de estados las miras principales, rehén de ellos, está en atender a los intereses grupales, económicos y financieros de los que copan la riqueza.

Así es que todo lo que constituye el objeto de la economía: extracción, producción, intercambio, distribución, consumo de bienes y servicios, la forma o medios de satisfacer las necesidades humanas mediante los recursos disponibles, que siempre son limitados es un modo de explicar las cosas de una manera excesivamente compleja para resolver la vida, aun la económica, de la sociedad. Hay ostensiblemente una manera interesada en situar la premisa mayor donde no pone la razón ni la inteligencia.

Quiero decir que de la economía se ha hecho una ciencia positiva cuando realmente no lo es. Es una arquitectura ideológica social para justificar institucionalmente la riqueza acumulada a costa de los otros. Pero en la fórmula ingresosgastos cuya solución está en las prioridades no es susceptible de mejora. Asi las cosas, después de épocas en que las diferencias sociales estaban veladas o amortiguadas por el consumo masivo al alcance de cualquiera, y ya sin el obstáculo del análisis de los expertos, en España quedan sólo dos clases de personas: poseedores y desposeídos. No hay estados intermedios. No hacen falta más estudios para llegar a esa conclusión. Lo demás son análisis laberínticos para oscurecer la realidad social. Los primeros son los que lo tienen todo. Los segundos son los que nada tienen o viven socorridos por la familia o por insitutos de salvación. Así las cosas, los que "ya" lo tienen todo, nada necesitan, y los que nada tienen, lo necesitan todo. Pero como del consumo (por definición de lo superfluo) se ha hecho un elemento de la economía sustantivo para el desarrollo económico de "todos" según la mentalidad imperante del sistema pero tampoco volverán las circunstancias propiciadas para el que fue masivo, el futuro que espera a millones de personas de hoy y de mañana es atroz en tanto no se busque y se encuentre otro formato. Los mercados sin trabas aparentes no sólo no logran la justicia social, sino que ni siquiera producen resultados eficientes. Por determinados intereses aún no ha habido un desafío intelectual a la refutación de la mano invisible de Adam Smith: “la mano invisible no guía ni a los individuos ni a las empresas que buscan su propio interés hacia la eficiencia económica para todos”.

Por eso, dar al experto en economía, tal como la tratan, unos y otros, sean los de la escuela de Chicago que ahora predominan, sean estructuralistas o keynesianos, clásicos o neoclásicos, monetaristas o mercantilistas etc más importancia y predicamento que la que pueda darse a la curiosidad que trata de satisfacer el analista, es tanto como dárselo a quienes se empeñan en adiestrarnos para que distingamos con su ayuda el día de la noche. Digámoslo ya: del trinomio ingresosgastosprioridades, el que importa de verdad es el tercero. Y para decidir prioridades no se precisan toneladas de argumentos ni combinaciones retóricas de fulleros para proteger a las fortunas grandes y pequeñas. Basta voluntad, voluntad política. Los desajustes sociales que pueda producir cada decisión sobre prioridades serán consecuencia de un no saber medir ni contar ni distribuir, no de una especial pericia. Pero la voluntad no se extrae de un tratado de y para economistas. La voluntad está simplemente registrada en la piel del gobernante y en su determinación o no de hacer justicia distributiva y de tratar al país como si toda su población fuese su amantísima familia. Pues éste es el criterio por el que se rigen los seres vivos y las especies que consideranos superiores en la Naturaleza y también el que Maquiavelo aconseja al buen Príncipe. Urge poner rostro humano al Estado. Y eso es lo que parece se proponen hacer en España las formaciones que, respondiendo al imperativo categórico kantiano, han irrumpido en el feo teatro de la feísima política española...

Jaime Richart es antropólogo y jurista.

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