martes, 17 de marzo de 2015

Un viaje hacia las utopías revolucionarias (CLXXVI): “Un día muy particular”

Manuel Justo Gaggero (especial para ARGENPRESS.info)

Fany Navarro, una actriz argentina amiga de Evita, describía las emociones y los sentimientos que florecían en la Plaza de Mayo, en el primer peronismo, en los actos del 1° de mayo y del “Día de la Lealtad”, con una frase “yo estuve allí”.

En los mismos, miles de trabajadores se reunían para escuchar el análisis de la coyuntura que hacía el General Perón.

Y, como en la película italiana que protagonizaba Marcelo Mastroiani, yo me sentía en un momento especial ese 17 de octubre de 1975 en que me dirigía a la plaza histórica para sumarme a los compañeros del PRT-ERP que, por primera vez en su joven historia, participaban de un acto de estas características.

En el balcón de la Casa Rosada estaría María Estela Martínez de Perón, la misma que había firmado el decreto que ampliaba las facultades otorgadas a las Fuerzas Armadas mediante el operativo “Independencia” y que, junto al “Líder”, había sugerido y apoyado la formación del “Somaten criollo” -la Triple A-. que asesinara a decenas de militantes populares.

Sin embargo, la inminencia del golpe militar determinaba que la dirección de nuestro Partido planteara, correctamente a nuestro juicio, que había que centrar los esfuerzos en la conformación de un Frente Antigolpista y en la convocatoria a una gran Asamblea Constituyente que redefiniera la estructura institucional de país y garantizara el funcionamiento pleno de una democracia directa.

Con esas consignas participarían militantes del FAS y de los frentes partidarios en este encuentro; convocado por el partido gobernante y la burocracia sindical.

Me venían a la memoria recuerdos imborrables de mi infancia, de aquél día en que los trabajadores irrumpieron en la historia argentina, en el año en que finalizaba la Segunda Guerra Mundial y la humanidad comenzaba a elaborar nuevas normas tendientes a lograr resoluciones pacíficas en los conflictos entre las naciones.

Había cumplido 5 años y la veo a mi abuela atravesar la puerta para saludar a los miles de comprovincianos que, en nuestra pequeña ciudad Paraná, escribían una página imborrable en el devenir de nuestra Nación; acompañando a los que hacían lo mismo en todas las ciudades de la República.

El grito, en ese momento revolucionario de, “Queremos a Perón”, resumía el respaldo a las transformaciones democrático -populares que este había iniciado, desde la Secretaria de Trabajo y Previsión del gobierno militar.

Toda esta fuerza y esa decisión, que se canalizaron en el gobierno ungido electoramente al año siguiente, se vio empalidecida por el desplazamiento de los dirigentes auténticos de la clase como Cipriano Reyes y Luis Gay, la intervención a los “sindicatos autónomos”, el autoritarismo creciente y la burocratización del movimiento sindical y político.

Pese a lo cual, como dijera el “Che”, en la carta a su madre al analizar el golpe contrarrevolucionario del 16 de setiembre de 1955, la Argentina del “General” era una “oveja gris”, entre las “ovejas blancas” que, eran mayoría en el Continente, y que seguían, obedientemente, los dictados de los Estados Unidos.

Me reía solo, trayendo a mi memoria una anécdota que me contaran los compañeros que en ese momento militaban en el Partido Comunista en Santa Fé, con los que luego participamos en la construcción de la corriente “cookista” en esa provincia.

Va el relato:

«La noche del 16 de octubre se encontraba reunida la célula de la zona norte del PCA encabezada por el “Gringo” Guido Agnellini.

«Estaban eufóricos por las noticias que llegaban de Europa y del final de la gran “guerra Patria”; que librara el pueblo soviético contra el nazi fascismo.

«La entrada del Ejército Rojo a Berlín, el 2 de mayo de ese año, y la rendición posterior el 9 de ese mes, los fortalecía en la idea del triunfo inevitable del socialismo.

«Cuándo estaban informando los diferentes integrantes del grupo los avances de la “campaña financiera”, empezó a bajar la tensión en la luz y finalmente esta se cortó.

«Crescencio Gutierrez, un pintor de brocha gorda, que vivía frente al Parque Garay con cierta ingenuidad preguntó “No será que comienza la huelga general, votada ayer en el Sindicato de la Madera para exigir la libertad del Coronel”.

«El “Gringo” levantando la voz y con dureza respondió: “Compañero no existe posibilidad de huelga alguna sino la dirige el partido de la clase, nuestro Partido, por lo que llama la atención su duda”.

«La reunión siguió, alumbrada por velas.

«Al salir a la calle comprobaron que no había transporte por lo que, por diferentes caminos, todos emprendieron la retirada del lugar, a pie.

«Tampoco había bares abiertos.

«Sin duda que el paro se cumplía conforme lo había resuelto el plenario presidido por el militante anarquista Anselmo Cárrega y los “camaradas” estaban absolutamente ajenos a este proceso de cambios que se iniciaba en el país».

Como estaba sonriendo sólo, Alicia Eguren, con la que me encontré en una esquina, me preguntó cuál era el motivo y le conté y ambos nos reímos recordando, además, que en ese momento el PCA denostaba a los movimientos guerrilleros, como lo había hecho con la experiencia de Guevara en Bolivia.

Más de 50 mil personas ocupaban la plaza ya que, evidentemente, el desgaste del régimen era muy grande.

Nuestros compañeros no fueron molestados ni agredidos por las columnas de la burocracia sindical que persistían en consignas macartistas.

Alicia me dice, mirando a nuestros militantes: “Cómo decía el pelado Ortega Peña vos más que un marxista infiltrado en el peronismo, sos un peronista infiltrado entre los marxistas”.

No es así, le respondí, esta es una decisión -la de concurrir al acto- tomada por el Buró del Partido y ratificada por el “Comandante”.

En las últimas horas de la tarde se produjo la desconcentración de los manifestantes en el que fue, sin duda, “un día muy particular”.

Me trasladé a las oficinas de la revista metalúrgica en la que trabajaba Edgardo Silverskarten y en la que reuníamos, clandestinamente, el equipo de la revista “Nuevo Hombre” y al contarles mi experiencia se inició un debate; ya que varios tenían diferencias con nuestra postura.

Luego comenzamos a preparar el número que debía salir esa semana.

La nota que había preparado Susana Viau, sobre política internacional, describía los fusilamientos de patriotas antifascistas llevados a cabo por el Gobierno de Francisco Franco en Burgos y Madrid; al mismo tiempo que las noticias sobre la salud del Dictador daban cuenta que padecía una enfermedad terminal.

Al día siguiente me reuní con Balta, que había conseguido una quinta en Canning para que nos fuéramos a vivir con Alba y los chicos.

Como había ofrecido pagar seis meses de alquiler por adelantado no hubo problema alguno, ni la propietaria exigió garantía, ya que se trataba de un lugar que en ese momento no estaba muy cotizado.

Era un viejo casco de estancia, en un predio de 1 hectárea bastante arbolado, sin pileta de natación, pero con un gran parque.

Estaba amueblado con muebles antiguos pero que cubrían nuestras necesidades. Hasta que terminaran las clases los chicos se quedarían con mi madre y los llevaríamos los fines de semana.

Al mismo tiempo que resolvía los temas relacionados con la mudanza recibí una comunicación urgente de Eduardo Merbilaha -“Alberto”- que me citaba porque había noticias graves.

Efectivamente, en esos últimos días de octubre, el estado de salud de Agustín Tosco se había deteriorado sensiblemente.

Este estaba atendido por un médico del Partido -“el turco” Abichain- que, como carecía de las condiciones necesarias para darle una correcta atención médica dada la precariedad de la clandestinidad, sugirió y acordó con los compañeros de Partido Comunista, su traslado a una clínica

El “Gringo” venía sufriendo fuertes dolores de cabeza, desmayos e inmovilidad en los miembros inferiores.

En ese momento recordé lo que me habían comentado Liliana y Gustavo, que fueron los que lo hospedaron cuando había estado en Buenos Aires dos meses atrás, respecto a la cantidad de aspirinas que ingería nuestro compañero y amigo.

La noticia nos llenó de angustia y comenzamos a prepararnos para lo peor. Se trataba del dirigente obrero más respetado en el país, de sólo 45 años de edad, y con una coherencia increíble.

Armamos un encuentro con Miguel Zavala Rodríguez para trasmitirle esta información al mismo tiempo que nos entregó el parte de guerra que describía la batalla librada por el Ejército Montonero, en Formosa al intentar ocupar una unidad militar en esa provincia.

Esta acción era un salto cualitativo y cuantitativo del peronismo revolucionario que apuntaba a debilitar al partido militar.

¿Cuál fue el desenlace de la enfermedad de Tosco? ¿Cómo reacciona el oficialismo frente a las presiones de la cúpula militar? ¿Cómo conjugar la propuesta frentista con el ofrecimiento de tregua y el accionar armado? Estos y otros temas abordaremos en nuestra próxima nota.

Manuel Justo Gaggero es abogado. Ex Director del diario “El Mundo” y de las revistas “Nuevo Hombre” y “Diciembre 20”.

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