lunes, 9 de marzo de 2015

Venezuela: ¿Crisis del “socialismo del siglo XXI”?

Rodrigo Alonso (BRECHA)

La sobreexposición mediática de Venezuela y su (ir)realidad es algo recurrente que opera por picos informativos; hoy probablemente estemos en uno de ellos. Esta sobredosis informativa no suele traducirse en una mayor comprensión general sobre lo que allí ocurre, más bien todo lo contrario. El eje mediático compuesto por los principales medios estadounidenses, españoles, y la cadena de medios de la derecha latinoamericana, trabaja arduamente por marcar la pauta informativa sobre Venezuela en pos de sedimentar la idea de que estamos ante un “Estado fallido” en una creciente deriva represiva. Entre tanto ruido no es fácil aproximarse a comprender la situación venezolana por fuera de los lentes de quienes están dispuestos a todo por acabar con el proceso abierto por Hugo Chávez en 1998.

La actual recesión de la economía venezolana (en 2014 el PBI cayó aproximadamente un 3 por ciento), y la serie de desequilibrios que presenta (en los últimos dos años la inflación superó el 50 por ciento anual, hay escasez en varios rubros de la canasta básica, y además actualmente coexisten tres mercados cambiarios legales con una diferencia entre el mayor y el menor de más de 27 veces), sugieren que estamos ante el agotamiento del actual modelo de gestión económica. Ante este escenario, los sectores antichavistas sostienen que lo agotado es el “socialismo del siglo XXI”, o el “modelo chavista”, sin más.

Por nuestra parte, la tarea es más afinar el diagnóstico de lo que sucede que comprar el paquete pronto del veredicto interesado, más aun cuando lo que ahora ocurre en Venezuela puede ser el espejo de nuestro futuro, de revertirse una serie de condiciones para las economías latinoamericanas.

La economía venezolana

Con un Pbi que equivale aproximadamente al 70 por ciento del argentino y 30 millones de habitantes, Venezuela es uno de los cuatro países con mayor Pbi per cápita de la región (aproximadamente 12 mil dólares anuales) y el segundo menos desigual de América Latina, luego de Uruguay. La particularidad más relevante está en su aguda condición monoexportadora, ya que las ventas petroleras, en su mayoría bajo control estatal, representan aproximadamente el 96 por ciento del total de las exportaciones. Esto a su vez se relaciona con otro elemento diferenciador: Venezuela es de los pocos países con un estructural superávit comercial y de cuenta corriente, y un sistemático déficit de cuenta capital y financiera. Es decir, una parte considerable de la renta que Venezuela capta del mercado mundial por las exportaciones petroleras acaba siendo devuelta al resto del mundo cómo depósitos en moneda extranjera. El segundo rubro de exportación del país caribeño son los dólares. En los últimos dos años, según cifras del Banco
Central venezolano, se ha acumulado por lo bajo una fuga de divisas de unos 150 mil millones de dólares, casi dos años completos de exportaciones. Una cifra por demás relevante en un escenario actual de graves problemas de restricción externa (disponibilidad de divisas).

Por si alguien cree que en Venezuela se vive en socialismo, ha de saberse que el 70 por ciento del PBI se encuentra en manos del sector privado, y tanto gran parte de la banca como del comercio exterior son manejadas por empresarios, tal como ocurre en el resto de nuestros países. Sin embargo sí hay una serie de controles que la diferencian, fundamentalmente el control de precios en varios rubros de la canasta básica, y el control cambiario (limitación en el otorgamiento de divisas). Varios productos están subsidiados, el más extremo es el de la gasolina: llenar el tanque sale más barato que la propina que se le dará al pistero de la estación de servicio, literalmente.

Los emergentes y los problemas aparentes

Los primeros síntomas de agotamiento económico aparecen entre mediados y finales de 2012 cuando comienza a despegarse el valor del dólar paralelo o dólar de mercado negro. Hasta ese momento, habiendo control de cambios, persistía un dólar paralelo un poco por encima del oficial. La demanda de dólares por parte de quienes tenían excedentes en moneda local y querían resguardarlos de la inflación o acceder al mercado mundial para alguna transacción o depósito era satisfecha tanto por las divisas que otorgaban las exportaciones como por endeudamiento con el capital financiero internacional. A fines de 2012, ya con una deuda externa creciente, el gobierno decidió frenar el mecanismo de emisión de bonos para continuar inyectando dólares, y por lo tanto esta demanda de dólares insatisfecha y al alza, dada la alta inflación, ya no encuentra satisfacción en el mercado legal y comienza a empujar hacia arriba el valor del dólar en el mercado paralelo. Este creciente diferencial cambiario incentivará a su vez el contrabando de extracción, esto es, la venta ilegal de productos venezolanos o importados por Venezuela en países cercanos para obtener moneda extranjera a ser cambiada con altos niveles de rentabilidad en el mercado paralelo.

El mismo fenómeno que está detrás de la disparada del dólar paralelo, es decir, la insuficiencia de la renta petrolera para satisfacer la demanda creciente de dólares, también comienza a restringir el volumen de las importaciones: entre 2012 y 2014 (dos años) las importaciones descendieron más de un 25 por ciento. La restricción externa, por tanto, derivada de un achicamiento relativo de la renta petrolera, se acaba trasladando a la inflación interna y a la escasez por dos vías que reducen la oferta real de bienes: a) la caída de las importaciones provoca una menor disponibilidad tanto de bienes finales como de bienes intermedios para producir internamente; y b) el contrabando de extracción derivado fundamentalmente del creciente dólar paralelo. El acaparamiento masivo de productos por parte de los sectores empresariales, tanto para especular con el proceso inflacionario como para provocar el descalabro económico y de esa forma alterar la correlación de fuerzas en el escenario político (“guerra económica”), es también otro factor coadyuvante de la inflación y la escasez. A lo anterior hay que sumarle que la medida de protección del poder adquisitivo que toma el gobierno (el control de precios), una vez rebasada por el proceso inflacionario y en el marco de una economía en gran parte bajo control privado, acaba teniendo un impacto contradictorio en la medida que desestimula la producción y la distribución de los bienes bajo precios regulados, contribuyendo por esa vía también a una mayor escasez.

Desequilibrios

Dado que el gobierno es expresión de los sectores populares y medios, no fue aplicado el clásico ajuste (“paquetazo”) consistente en la contracción de la demanda agregada y la liberación de los precios. Si así hubiera sido, una megadevaluación y una inflación generalizada a todos los rubros hubiera recuperado los equilibrios, aunque al precio del empobrecimiento generalizado de vastos sectores sociales. Como el “paquete” no se aplica, los desequilibrios persisten. El control de precios, que ante una baja de la oferta real de bienes se traduce en escasez y colas, acaba “democratizando” el ajuste en la medida en que todas las personas acceden a una porción menor de bienes, pero no se condena a los de menor poder adquisitivo a quedar fuera del mercado de consumo básico.

Si validamos que el origen aparente del problema se encuentra en la restricción externa, entonces tenemos que volver al fenómeno de la fuga de divisas. Cabe preguntarnos: ¿cómo es posible que siendo el Estado el que maneja la oferta de divisas en el país, aun así ocurra una salida de capitales de enorme magnitud que a la larga trae restricciones a las importaciones y, en el marco del control de cambios, un mercado paralelo que distorsiona la economía en general? La respuesta debe buscarse en la existencia de sectores empresariales con capacidad para concentrar enormes excedentes en moneda local, cuyo manejo requiere su transformación en divisas ya sea para resguardar su valor mediante depósitos o inversiones en el extranjero, o para importaciones suntuarias y viajes al exterior. En la concentración del ingreso, pero antes, en el control privado de gran parte del producto social y áreas clave de la economía, está el origen del problema económico venezolano.

La crisis en curso en Venezuela no nos dirá nada sobre cómo funciona y fracasa una experiencia socialista. Por el contrario, su correcta interpretación nos podrá hablar del techo histórico del capitalismo latinoamericano para combinar desarrollo e inclusión, así como de los límites de las medidas para reformarlo y controlarlo.

Rodrigo Alonso es economista uruguayo.

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