martes, 9 de septiembre de 2008

Argentina: Las madres de Iruya

Carlos del Frade (APE)

El pueblo defiende la vida. A pesar de tantos herodes redivivos y multiplicados, las mamás de los que después serán considerados números, ningunos, nadies y cualquieras, esas mujeres del pueblo apuestan por la vida que llevan en sus vientres.

Y bancan hasta lo imbancable.

Resisten hasta donde pueden.

El pueblo defiende la vida.

Hacen sagrada a la existencia del que está por venir porque es probable que esas hijas, que esos hijos, serán lo único verdaderamente suyo que tengan.

Por eso el pueblo resiste y convierte en sagrada la familia aunque sus luchas cotidianas no merezcan altares ni vitraux multicolores.

Esas madres de los nadies, de los ningunos, de los cualquieras, son capaces de resistir las imposiciones de la desidia acumulada y el desprecio planificado.

Hasta que no pueden más.

Sucedió en Salta, en uno de los techos de la Argentina, donde la conocida matriz de los años noventa repitió su obscenidad: en el pueblo de Iruya privatizaron el hospital de niños. Pusieron dinero los integrantes del grupo español Santa Tecla a cambio de ganancias. Lucro por lucro, afuera cualquier consideración social o humanista.

El capitalismo quiere ganancias y nada más.

Los partos deben dar dinero. Lo demás, la vida de los ningunos, de los nadies, de los cualquieras, de los que cotidianamente construyen la existencia y la defienden como sagrada, poco y nada importa.

Dice la psicóloga social Alicia Torres, grita y denuncia sobre los grabadores y micrófonos de los periodistas que después de veinticuatro horas de una cesárea aquellas madres del pueblo son regresadas en colectivo y que deben caminar kilómetros para llegar a sus parajes.

Así cierran los números para la empresa Santa Tecla, la que hizo negocio con los servicios del ex hospital de niños de Iruya, en la provincia de Salta.

La profesional denunció el caso de un pibe “de un paraje cercano al pueblito de Iruya, que fue dado de alta a pesar de no tener el peso adecuado para abandonar el hospital que regentean los españoles. El niño murió a las cuarenta y ocho horas de haber recibido el alta. El caso estaría paralizado en la justicia, sin responsables de la muerte del niño”, consignan las informaciones periodísticas.

Las madres bancan hasta donde pueden. Subidas a un colectivo después de una cesárea abrazan a sus chiquitos y resisten. Saben de lo sagrado de la vida. Pero a veces no pueden ante tanto desprecio planificado.

Y ese desprecio tiene un número: los catalanes que integran la denominada Fundación Santa Tecla se llevarán sesenta millones de euros hasta el año 2017 por gerenciar el hospital de niños.

Negocios y lucro, por un lado. Resistencia y amor, por el otro.

El pueblo defiende la vida hasta donde puede a pesar de las traiciones de los funcionarios que construyen gobiernos cómplices del capital privado.

Allí están las madres de Iruya esperando ser convocadas para treparse a otro colectivo, aquel que definitivamente las lleve a un paraje de justicia y en donde sus familias sean sagradas como ellas demuestran todos los días.

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