martes, 23 de septiembre de 2008

Bolivia: La batalla estratégica

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La violencia de las revoluciones norteamericana, francesa, mexicana y bolchevique son etapas superadas, entre otras cosas porque los trechos avanzados permiten que los cambios sociales puedan graduarse y no requieran de acciones excesivamente radicales. Difícilmente las historias de los Estuardo, de la reina Maria Antonieta o del último zar de Rusia y su familia se repitan.

Actualmente, para vencer en la lucha política no es preciso exterminar ni aplastar al adversario, sino que, en concordancia con las reglas del accionar democrático, basta con que alguno de los contendientes prevalezca sobre el otro. Uno de los encantos de la lidia electoral es que es indolora y se sobrevive a la derrota. 

En Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Paraguay, a pesar de su escasa solvencia económica, la total hostilidad de los medios de difusión y la intervención de los embajadores imperiales, nuevas fuerzas de izquierda y movimientos populares han accedido a los gobiernos, no por la fuerza, sino por la calidad de sus argumentos, la capacidad de convocatoria de sus líderes y la justeza de sus postulados. Las batallas políticas son cada vez más, batallas de ideas. 

En el proceso político venezolano, se han expresado elocuentemente estas realidades. La Revolución Bolivariana encabezada por el presidente Hugo Chávez que ha ganado y perdido elecciones, enfrentado provocaciones desecho conspiraciones y derrotado golpes de estado, no ha cedido a la tentación de la violencia y la represión.

No hay en Venezuela fusilados ni presos políticos, no se han cerrado los periódicos, emisoras de radios ni canales de televisión de la oposición, los sindicatos amarillos funcionan, lo mismo que las organizaciones de industriales, comerciantes y hacendados, muchos de los cuales obtienen importantes beneficios sumándose a los planes de desarrollo del gobierno. En una paradoja perfecta, al oponerse al ALCA y cortar las amarras de la subordinación al capital extranjero, los gobiernos populares defienden los intereses de sus burguesías, incluso de las oligarquías que los odian a muerte. 

La táctica bolivariana, apegada a las reglas electorales y las estructuras del Estado de Derecho, ha consistido en privar a la oligarquía de la influencia y los privilegios políticos que usurpaba debido a su poder económico y reducir su base social apartando de su radio de acción a los sectores populares, a los trabajadores y a los campesinos; a la vez que refuerza la unidad en torno al liderazgo de Chávez.

Una característica sobresaliente del proceso venezolano es el intenso accionar ideológico mediante el cual la vanguardia revolucionaria, con honestidad y transparencia, arriesgándose incluso a la incomprensión dentro de su propias filas, abrió el juego, revelando todas sus cartas entre ellas el carácter socialista del proceso político, en Bolivia Evo Morales ganó las elecciones encabezando una coalición liderada por el MAS (Movimiento Al Socialismo).

La tenaz batalla ideológica, librada a pesar de la hostilidad de los medios de difusión masiva ha incluido los esfuerzos por sumar al proceso revolucionario a la clase media, importantes sectores del empresariado y, sin escudarse en la invocación al apoliticismo, no se ha conformado con la neutralidad de las fuerzas armadas, sino que ha trabajado por sumarlas a la causa popular. 

La explicación del carácter predominantemente pacifico de los actuales cambios que tienen lugar en América Latina emanan del nivel de desarrollo alcanzado que hace posible que la sustitución de unas fuerzas históricas por otras, adquiera un contenido predominantemente nacional, ligado al desarrollo y a la implantación de la justicia social, especialmente a la lucha contra la pobreza y la exclusión. 

Ese matiz, ligado a una plasticidad ideológica, que permite al movimiento progresista, no adscribirse ni someterse a ninguna doctrina en particular hace posible la conformación de grandes alianzas nacionales, cosa que en algunos casos ocurre de hecho, sin necesidad de proclamarlo y, aunque en unos países es más visible y eficaz que en otros, en todos es potencialmente posible. 

Sin embargo, la profundización de la cultura política y el menor radicalismo que requieren las tareas del momento, no son suficientes para impedir que en la lucha por conservar sus privilegios, la oligarquía conservadora llegue al punto de adoptar tácticas y métodos fascistas, violentos y sanguinarios por naturaleza, levante consignas racistas, se alíe con las mafias, contrate mercenarios y acuda a acciones extremas como el magnicidio. Por contradictorio que parezca, desde países desarrollados donde se respeta la voluntad popular y la pluralidad es regla se alientan tales prácticas.

En esas situaciones, no solo la serenidad y la coherencia del movimiento popular y sus vanguardias son puestas a pruebas, sino también la madurez de las instituciones. En Venezuela y en Bolivia, los elementos derechistas, además de conspirar contra los gobiernos populares, provocan también a las fuerzas armadas y a los organismos de seguridad, tratan de manipular al poder judicial, a las entidades empresariales y sindicales e instan a la oposición legal y legítima a seguir cursos de acción violentos e ilegales. 

Al adoptar la violencia como opción y carentes de base social obligarse a contratar mercenarios y apoyarse en el lumpen, la oligarquía no hace más que reconocer que ha perdido la batalla estratégica. 

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