jueves, 18 de septiembre de 2008

Cuba: La casa y el hogar

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Cierta vez le pregunté a un amigo arquitecto por qué pintó un salón muy concurrido todo de blanco: “El color lo ponen las personas ─ me contestó ─ son ellas las que añaden vida a las instalaciones. Un constructor levanta una casa, un hogar sólo puede edificarlo una familia…”

Una casa es una estructura de hormigón o madera, cemento, tejas habilitada con un determinado menaje y que, acabada de fabricar, es algo vacío e impersonal y que poco a poco se poblará hasta convertirse en una especie de cofre en el que se atesora la historia de cada familia y que, andando el tiempo, deja de ser una entidad exclusivamente material para integrarse a la existencia de todos y cada uno de los individuos que moran en ellas. Las casas y las cosas ligadas a la existencia, también se aman.

Las familias son magnificas creaciones de la convivencia humana, estructuras afectivas formadas desde cero con el amor y el placer como materias primas. Cada madre y cada padre son creadores porque de su atracción, simpatías y afectos mutuos, en los momentos más sublimes e intensos de su relación, surgen los hijos y las hijas, los hermanos y las hermanas, que con los de otras familias forman el linaje y el del parentesco.

Al fundar familias, los jóvenes se convierten en padres y en madres que con sus hijos, sus padres y demás parientes forman una urdimbre, a la que además de las personas, se integran también las casas. La casa de la abuela donde hay menos ruido pero más tolerancia, las de las tías y los tíos donde las reglas no funcionan y las de los amigos y las amigas: “Ve por casa” y “nos vemos en casa” son de las expresiones más naturales y genuinas.

El huracán que en Cuba dañó casi medio millón de casas, quebrantó igual número de hogares. Al desaparecer 63 249 viviendas que abrigaban a igual número de familias, integradas por 200 000 personas, los vientos y las inundaciones, además de sus enormes efectos materiales, provocaron daños a un valioso patrimonio espiritual.

La casa es el lugar a donde siempre se regresa, el sitio que más se extraña y algo que todas las personas tienen y necesitan. Perder la casa es una desgarradura difícil de curar. Una casa desaparecida es un dolor de muchos y cuando son muchos los que la pierden es una tragedia de enormes proporciones. Las casas destruidas por el huracán eran las más vulnerables, no pocas de ellas precarias porque eran las de la gente más pobre, aquellos que por tener menos, probablemente aprecien más aquello que logran alcanzar con sus esfuerzos.

Para reconstruir sus vidas, recobrar su felicidad y pasar la infausta página que hoy escriben, las familias cubanas cuyos hogares han sido quebrantados o totalmente destruidos han comenzado por recrear sus casas y recuperar sus cosas. Son miles las que ya vuelven a lucir sus techos, reponen puertas y ventanas, incluso aquellas que desde frágiles cimientos vuelven otra vez a levantarse. Esa gente necesita ayuda y comprensión y si bien es cierto que la sociedad cubana y el gobierno se movilizan para asistirlos, la tragedia es demasiado grande y reponerse pudiera tardar años.

Además de las viviendas, es preciso reparar y reconstruir las escuelas y los centros de trabajo, los establecimientos de salud y las instituciones de asistencia social, las calles y las vías, el sistema eléctrico y las comunicaciones, distribuir víveres, ropas y medicamentos, atender a los enfermos y retornar a la normalidad la actividad de las instituciones.

Es verdad que gobiernos y organizaciones de muchos países responden con ayudas, que personas de otras naciones se movilizan y los cubanos radicados en el extranjero buscan la manera de hacer llegar aportes, pero lo es también que en una hora de inenarrable dolor, cuando menos apropiado es tratar de obtener ventajas políticas, resulta francamente inmoral el bochornoso regateo en que se ha enredado el gobierno de los Estados Unidos.

¿Qué quieren inspeccionar los Estados Unidos? ¿Cómo pudiera el gobierno cubano ocultar, minimizar o exagerar una tragedia como la que vivimos? ¿Para que quiere Estados Unidos su Sección de Intereses en La Habana y a sus acólitos vernáculos que lo enteran de todo? ¡Vergüenza debiera darles!

La casa, que era el tema de mi comentario, es aquel lugar de donde más duele partir y a donde con más alegría se regresa y aquello cuya destrucción hiere y provoca un dolor físico.

Tal vez por contener tantos afectos, la casa es un tema recurrente en la obra de artistas y poetas: “Debo dejar la casa y el sillón” escribía Silvio Rodríguez en una alegoría al luchador que al partir evoca aquello a que más echará de menos y a su casa en Orihuela, lejos de la que la fin murió, dedicó Miguel Hernández algunos de sus más sentidos versos. “Pintada no vacía / Pintada está mi casa/ del color de las grandes pasiones y desgracias/ Regresará del llanto…/

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