jueves, 18 de septiembre de 2008

El cigarrillo mata (y el trabajo también)

Pablo E. Chacón (especial para ARGENPRESS.info)

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), todo se remonta al Japón de finales de los 80, época en la que ese país parecía era la punta de lanza económica global, el enemigo a imitar o a vencer. Pero los ejecutivos -los más jóvenes, los más exitosos- empezaron a morirse. En la tierra del sol naciente, el segmento comprendido entre los 25 y los 60 años, ¿era víctima de una epidemia desconocida?

No había antecedentes: no era una peste, no era una epidemia provocada por un virus desconocido. Es una epidemia psíquica, con efectos mortíferos. Los organismos de los brokers, hombres de negocios, corredores de bolsa, funcionarios, dejan de funcionar simplemente, a causa del exceso de trabajo.

El fenómeno (llamado karoshi), resultó ser un síndrome que se manifiesta en un reventón cardíaco: el músculo se infla por la doble presión de una hemorragia cerebral y una trombosis, y a otra cosa mariposa. Los cadáveres aparecen en todos lados. En el subte, cerraban los ojos, se dormían y no despertaban. Ejecutivos cuya media de vida era de 30 años, empleados que por deferencia, alcahuetería o miedo a perder el puesto, hacían horas extras mal pagas, y hasta renunciaban a la semana anual de vacaciones.

Ahora es fácil decir, como suele decirse, que la irrupción del karoshi es la consecuencia lógica de un estilo de vida. La reconstrucción de Japón durante la posguerra se basó, en buena medida, en un alto sacrificio humano, en personas dispuestas a trabajar más de 80 horas por semana sin protestar.

Pero la situación no mejoró.

Al contrario.

La recesión que se inauguró en Japón un lunes negro de 1987, se extendió como una mancha de aceite por todo el planeta, a la vez que la técnica (las comunicaciones y la biogenética van alcanzando sus objetivos). Según Hiroshi Kawahito, secretario general del Consejo Japonés de Defensa para los Damnificados por Karoshi, una organización cuyos abogados ofrecen sus servicios a los deudos, hay más de 20 mil nipones que actualmente mueren al año por exceso de trabajo.

Advertidos por el resultado de los juicios y la caída de la productividad, los empresarios tomaron cartas en el asunto. El asalariado estresado, presionado, afectado por el reloj de cuarzo y el burn-out, por muy creativo y mucho humor que sepa cultivar, llega un momento que no funciona más, ni siquiera con suplementos dietéticos, vitamínicos o estimulantes. Así que aumentaron los días de vacaciones, pero no previeron la aparición del síndrome posvacacional, más común en occidente.

Igualmente, las medidas se tomaron. Empresas japonesas muy diversas ordenaron a sus empleados a “marcar” tarjeta a la entrada, para controlar los excesos. Sin embargo, de acuerdo al doctor Yoshinori Hasegawa, codirector del Hospital Chiba Kensei, convencer a esa gente de que trabajen menos no es fácil. La mayoría de los gerentes y puestos de alto mando, experimenta una especie de orgullo “samurai” que los impulsa a continuar trabajando, así sea con consecuencias mortales.

Pero si el karoshi es un problema perfectamente documentado en Japón, en el resto del mundo la cuestión, hasta hace muy poco, era mirada como una curiosidad, propia del mundo nipón. El vuelco se está produciendo con la globalización de los bienes materiales y simbólicos y el trabajo a veinticuatro horas en tiempo real.

En una entrevista reciente, el especialista (si es que se puede ser eso) en management Tom Peters, autor de Reimagine y En busca de la excelencia, dijo que la dedicación potencialmente mortal de los workaholics (adictos al trabajo) es una tendencia que irá en ascenso.

Para Peters, la economía global es injusta por naturaleza, por lo que a las corporaciones no les importa si sus ejecutivos llevan o no una vida sana y equilibrada: “Por mucho que algunas empresas digan que valoran un ambiente que le dé a sus empleados un balance sano entre la vida laboral y su vida personal, lo cierto es que están en medio de una competencia feroz. Es más, tiene que existir un aviso muy grave para que los empleados empiecen a atender a ese equilibrio”, asegura.

“Así que cada vez más ejecutivos van a trabajar de manera excesiva y peligrosa, ya que están compitiendo contra otros ejecutivos a los que no les importa trabajar así, y que incluso están dispuestos a cobrar menos por hacer lo mismo. Éste es el lado oscuro del workaholic. Lo triste es que si las cosas siguen así, todos vamos a convertirnos en workaholics, no importa que seamos de Japón, Estados Unidos o México”.

El más reciente de los reportes de indicadores económicos del Banco Mundial (BM), destaca que México incrementó en las últimas dos décadas la intensidad del tiempo laboral, pasando de 43 a 45 horas semanales trabajadas, uno de los índices más altos en toda América Latina.

Los especialistas señalan que ese incremento obedece a una mayor necesidad económica, a la reducción del mercado y al aumento en la competitividad. Ya mismo no es difícil vislumbrar un escenario en que los profesionistas independientes tendrán que trabajar los sábados (y los domingos).

Estamos hablando de economía formal, valga la aclaración.

Los empleados del área de servicios trabajarán los fines de semana y los demás serán sometidos a múltiples horas extras. La pregunta que se impone es si las empresas occidentales seguirán el ejemplo de sus contrapartes orientales y establecerán controles que impidan a sus ejecutivos trabajar hasta la muerte.

En este 2008, esa ya es una pregunta obsoleta: al reciente septiembre, la mayor cantidad de muertos producto del karoshi se ha producido en las economías europeas y en los Estados Unidos. En América Latina no hay estadísticas, aunque también faltan los instrumentos necesarios para discriminar si los muertos, que se cuentan de a miles son a causa de ese mal, de otros o de ambos.

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