lunes, 22 de septiembre de 2008

Estados Unidos: La tormenta perfecta


Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

La crisis financiera y crediticia en los Estados Unidos estalló inicialmente hacia julio-agosto de 2007. Posteriormente ha pasado por varias fases de apaciguamiento aparente que, una y otra vez, han dado lugar, casi repentinamente, a episodios de agudización y pánico.

1) Agotar las posibilidades

A lo largo de estos 13 meses la Reserva Federal –es decir, el Banco Central de Estados Unidos- ha agotado todas las posibilidades a su disposición. En varias ocasiones, y de forma coordinada con bancos centrales de los restantes países capitalistas desarrollados, ha puesto centenares de miles de millones a disposición de los bancos y entidades financieras. Ha disminuido su principal tasa de interés de referencia de forma excepcionalmente agresiva, llevándola por debajo de los índices inflacionarios. E, incluso, ha intervenido directamente a favor de algún gran banco, tal cual lo hizo meses atrás cuando Bear Sterns estuvo a un tris de la bancarrota.

Han sido intervenciones extremas que, por momentos, han asumido un cariz de desesperación. Así se ha logrado amortiguar parcialmente la crisis, de forma que ésta tendía a deslizarse como a lo largo de una línea sinuosa descendente. No se daba un derrumbe catastrófico, pero cíclicamente brotaban temores de que ese derrumbe tuviera lugar. Al cabo de este proceso, la Reserva Federal ha entrado ya en una etapa de fatiga. Con discutible éxito, ha terminado por quemar todos sus cartuchos. 

La crisis, a duras penas contenida, se precipitó en estos días a nuevos abismos y, en ese contexto, los últimos movimientos de la Fed –incluso la colocación de US$ 300 mil millones de dólares en los mercados mundiales entre miércoles y jueves- resultaron simplemente insuficientes. Es como si el dique, tan trabajosamente levantado, de pronto colapse y deje precipitarse la correntada. Un par de semanas atrás el gobierno debió intervenir y estatizar las gigantescas paraestatales Fannie Mae y Freddie Mac. Y luego, en cosa de tres días, quiebra Lehman Brothers; Bank of America compra Merryll Lynch a precio de ganga y AIG, a un milímetro de la bancarrota, se “salva” cuando pasa a ser otro gigante financiero estatizado. Demasiado para lo nervios –ya de por sí tilintes- de este capitalismo decadente, corrupto y despilfarrador.

La Reserva Federal agotó sus posibilidades no solo frente a la crisis financiera sino, además, frente a la recesión en curso. El relevo lo han tomado, en forma mancomunada, el gobierno federal y el congreso estadounidense. Lo inimaginable está en curso de volverse realidad: se pretende estatizar todas las pérdidas acumuladas en el sistema financiero o, cuanto menos, las principales de éstas ¿Cuánto significa esto? Serán, como mínimo, varios cientos de miles de millones de dólares. Quizá llegue a sobrepasar el billón.

2) Un sistema perverso e irracional

La cosa es ya la más asombrosa demostración de irracionalidad jamás imaginada. Para entenderlo, vasta hacer una revisión del curso de los acontecimientos.

1) Entre fines de 2001 y fines de 2004, la Reserva Federal promovió una formidable reducción de las tasas de interés, las cuales llegaron a sus niveles más bajos en medio siglo. La abundancia de dinero barato promovió el inflamiento de la burbuja inmobiliaria. Esta tomó una derivación insospechada mediante las llamadas “hipotecas basura”, es decir, créditos hipotecarios concedidos a prestatarios con malos antecedentes crediticios o muy limitada capacidad de pago.

2) Mientras proliferaban estos créditos irresponsables, al mismo tiempo se multiplicaban los “derivados” nacidos de esos mismos créditos. Es decir, surgían instrumentos financieros más complejos, que los prestamistas hipotecarios utilizaban para obtener recursos adicionales mediante su colocación en los mercados financieros. Pero por esa vía se construía una inmensa telaraña en la que iban quedando atrapados incluso los más grandes bancos estadounidenses y europeos. Y todo esto, por cierto, bajo la mirada alelada de las famosas calificadoras de riesgo que, con absoluta ligereza, afirmaban como segurísimos, títulos financieros que poco después resultaron totalmente podridos.

3) Hacia 2005-2006 maduran las condiciones para el estallido de la burbuja. Primero, porque la Reserva Federal empieza de nuevo a aumentar las tasas de interés. Segundo, porque los contratos de crédito hipotecario generalmente contemplaban un período de unos dos años con tasas de interés reducidas y, enseguida, su ajuste ascendente. Empiezan las moratorias de pagos y los embargos. Unos cuatro millones de familias se han quedado ya sin casa.

4) Poco después –y de forma perfectamente clara hacia finales de 2007- se pone en evidencia que se estaba ante una crisis que sobrepasaba ampliamente el sector hipotecario. No estaban implicadas solamente las entidades financieras dedicadas a ese tipo de créditos, sino que, por intersección de la plétora de sofisticados “derivados financieros” creados a partir de las hipotecas, en el problema aparecían enfrascados muchísimos otros, incluyendo bancos transnacionales de gran tamaño. Crecen entonces los temores de un cataclismo financiero de alcances sistémicos.

5) Entretanto, los precios de la vivienda en Estados Unidos iniciaban un largo y pronunciado descenso, el cual sigue en curso hasta el día de hoy. Todo el sector de la construcción entra en crisis. Esto genera un nuevo tipo de contagio: de los prestatarios “sub-prime” –o sea, aquellos de bajos ingresos que se vieron arrastrados en la fiebre de las hipotecas basura- hacia las clases medias. Estas enfrentan la realidad de que el precio de su vivienda desciende incluso por debajo del monto del crédito hipotecario que en su momento habían tomado. Esto tienen varias consecuencias problemáticas, la principal de las cuales es el hecho de que de esa forma se agota la última frontera de que disponían para sostener su consumo. El ingreso de las clases trabajadoras y grupos medios estadounidenses ha tendido a deteriorarse, lo cual forma parte de un proceso más amplio de creciente concentración de la riqueza. Es sintomático el que en el período de recuperación de la economía estadounidense posterior a la recesión de 2001, los salarios, en promedio, nunca lograron recuperar el nivel que tenían antes de esa recesión. Por ello, recurrir al crédito hipotecario e, incluso, a la toma de una segunda hipoteca aprovechando el valor creciente de las propiedades inmobiliarias, ha constituido la última posibilidad para las clases medias estadounidenses de sostener su consumo. Se abre así una perspectiva de restricción del consumo que seguramente se prolongará en el mediano y largo plazo. Ello hará descender de forma perdurable las tasas de crecimiento económico de la economía estadounidense. 

6) La crisis ha provocado una fuerte restricción del crédito, la cual en principio se ha manifestado en la renuncia de los megabancos de prestarse unos a otros, pero también se extiende a la concesión de créditos a sus clientes, incluso los empresariales o corporativos. El problema ya se manifiesta en otros niveles, incluyendo las tarjetas de crédito. Esto genera otro impacto negativo sobre el consumo, como también sobre la inversión de las empresas. Genera, así, presiones recesivas sobre la economía en su conjunto.

7) El contagio financiero no solo es extraordinariamente amplio –nadie tiene idea de quiénes más podrían aparecer implicados- sino de una gravedad excepcional, al punto de que ha arrastrado a verdaderos gigantes. Hace solo unos días las autoridades económicas estadounidenses decían que ya no salvarían a nadie. Caería quien tuviera que caer. En cosa de horas cambiaron de parecer y ahora están montando una operación gigantesca de salvamento que implicará la estatización masiva de incobrables. Dejar las cosas al libre mercado habría implicado el cataclismo. Intentarán evitarlo, pero nadie sabe qué grado de éxito tendrán ni que costo implicará (se está hablando de US$ 500 miles de millones). Probablemente lo sufragará el pueblo estadounidense mediante el pago de impuestos, ya que el resto del mundo, que por muchos años ha financiado los excesos, estará remiso a seguir haciéndolo. Las perspectivas son, en resumen, las siguientes: déficit fiscal agigantado, un dólar más débil y asediado, tasas interés más altas y perdurable estancamiento económico. Y todo ello en la mejor de las hipótesis, supuesto que las cosas les salgan como ellos esperan.

3) Descomposición y decadencia

Quedan así al desnudo los rasgos más perversos y corruptos de este capitalismo del siglo XXI. Tal cosa se podría sintetizar de la siguiente forma.

1) Es un sistema que crece a partir de una gigantesca maquinaria de deuda. Esta se alimenta a sí misma en espiral ascendente y se extiende como una inmensa red que lo mismo atrapa a la gente más pobre que a los gigantes corporativos más poderosos. A la larga, sin embargo, aquellos posiblemente pierdan todos y esto sean “salvados” por el Estado mismo.

2) Esa teleraña de deuda adquiere formas sofisticadas y complejas y, por ello mismo, resulta indiciosa y opaca. Constituye, un enorme edificio de especulación, oculto a todo escrutinio público y abocado a la apuesta más temeraria, en un casino de alcance planetario.

3) La especulación y la deuda conducen al exceso y al despilfarro. Estados Unidos es el principal ejemplo de ello. Es el país más endeudado del mundo y su población carga también altísimos niveles de deuda. Ese crédito especulativo es dinamo que empuja el crecimiento, pero de forma siempre desordenada, mediante la gestación de enormes burbujas, es decir, desarrollos hipertrofiados y anómalos, por ello mismo insostenibles. Invariablemente desemboca en crisis de grandes proporciones.

4) Para usar un término que mucho les gusta a los gringos, podemos decir que esta ha sido la tormenta perfecta. Sus dimensiones han dejado pequeñas a cualquiera otra burbuja previa y, por ello mismo, la crisis desatada hace ver enanas a las crisis anteriores. Como el problema ha tenido lugar en el corazón mismo del capitalismo mundial, ello sin duda magnifica sus alcances y consecuencias y pone en cuestión –en una escala inédita- su poder de despilfarro, concentración de la riqueza y exclusión social.

5) Este capitalismo es, encima de todo, tan hipócrita como corrupto. Vea usted que paradoja: tanto despotricar contra el Estado y ahora exige a gritos que el Estado lo salve de la catástrofe que su avaricia sin límites ha creado ¿O será acaso que el Estado es malo si intenta beneficiar a los más pobres y necesitados y repentinamente se vuelve amable si actúa a favor de los más ricos y privilegiados?

Quedan planteadas muchas preguntas. La primera e inmediata: ¿Tendrá éxito la operación de salvamento y estatización masiva puesta en marcha por el neoliberalísimo gobierno Bush? La segunda: ¿Qué tan profunda y prolongada será la recesión? ¿Se logrará evitar que se convierta en depresión?

Y, quizá, la principal de todas las interrogantes es la siguiente: ¿Será posible que, después de este episodio espantoso de locura y destrucción, la humanidad logre inocular un mínimo de racionalidad en su sistema de vida?

Foto: Estados Unidos: Fachada del edificio de la sede central del banco Lehman Brothers en la ciudad de Nueva York. / Autor: Chen Gang - XINHUA

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.