jueves, 11 de diciembre de 2008

Costa Rica: ¿Un movimiento social políticamente inmaduro?


Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

¿Qué fue de aquel vigoroso movimiento social que enfrentó, con convicción, coraje y esplendida creatividad, la lucha contra el TLC? Creo que sigue vivo, pero en estado de relativa latencia y arrastrado en un proceso de pérdida paulatina de su energía política ¿Qué fue –por otra parte- de la unidad de ese movimiento, de su capacidad para articularse y moverse en una sola dirección sin renunciar jamás, y antes bien reivindicando y potenciando, su enorme diversidad? He ahí el asunto clave. El movimiento parece haberse dispersado y escindido. Ello imposibilita que retome la fuerza que tuvo hasta octubre de 2007. Si antes lo diverso unificado fue matriz generadora de una enorme fuerza política, hoy lo diverso fragmentado es fuente de debilitamiento.

Claro que la derrota en el irregular referendo tuvo un efecto de retraimiento y desmotivación. Pero un movimiento políticamente maduro tendría capacidad para levantarse y reiniciar el camino. Una año y tanto después, no damos signos de poder lograrlo.

Conforme pasa el tiempo y la división persiste, más se ahondan los efectos disolventes. El riquísimo bagaje de educación política y organización ciudadana acumulado a lo largo de la lucha contra el TLC, podría reaparecer en el futuro si se dan las condiciones propicias. Pero entonces deberá recorrerse de nuevo, al menos en parte, caminos que ya habíamos andado. Reconstruir la unidad perdida exigirá entonces una inversión importante de energía política. Entretanto, continuará el reinado nefasto del neoliberalismo.

Propongo aquí algunas ideas para caracterizar las formas de manifestación del problema. En un artículo posterior ensayaré una posible explicación. Recalco que estas son hipótesis preliminares que tan solo buscan propiciar un debate urgente.

1) Un concepto estrecho de lo político

Esto se manifiesta en sectores del movimiento que ven lo político como restringido a los partidos, los políticos, los procesos eleccionarios y las típicas reyertas politiqueras. Se pierde de vista, o quizá no se comprende que, en el mejor de los casos, eso tan solo es una parte de lo político.

En realidad, lo político tiene que ver con los asuntos de la colectividad, es decir, con aquello que, en mayor o menor grado, nos afecta a todos y todas. Las decisiones correspondientes podrían ser tomadas por un grupo muy pequeño de gente –en el extremo por una sola persona- o podrían ser el resultado de procesos participativos amplios. Por lo demás, es preciso entender que lo político existe porque la sociedad existe. O sea, lo político se hace inevitable justamente porque somos seres sociales y nuestra existencia no es concebible si no es en sociedad. Puestas así las cosas, queda claro que la lucha contra el TLC fue, en el pleno sentido de la palabra, una lucha política.

Después del referendo, sectores del movimiento han tendido a asumir una actitud anti-política cuya manifestación más clara es el rechazo indiscriminado a los partidos y los políticos. No se trata de taparle las vergüenzas a nadie ni de disimular tantas barbaridades que hemos presenciado. Pero también tenemos que entender que la realidad es compleja y que, por ello mismo, no se reduce a formas polares simples. Nada es solamente blanco y negro; bueno y malo. En cambio, la realidad es diversa y matizada; admiten múltiples variantes y evoluciones. Comprender esto puede ayudar a entender que los distintos partidos y políticos difieren entre sí en grados más a menos significativos y que dentro de esa complejidad, no necesariamente todo mundo es corrupto ni malintencionado. Sin la menor duda, bregar con una realidad compleja exige reconocer que, en efecto, es una realidad compleja.

Por lo demás no deberíamos temer el hacer política. Durante la lucha contra el TLC –y en especial en la fase del referendo- se hicieron aportes extraordinarios que, en muchos sentidos, implicaban reinventar la política. Retomar ese camino de ampliación y profundización democrática implica volver a meternos en política. Y hacerlo como lo hicimos hasta octubre de 2007: de pie, con decisión, sin complejos.

2) Una mala comprensión de lo que significa la criticidad

La gente que enfrentó el TLC es, sin duda, gente crítica. Gracias a ello logró desprenderse de las ataduras ideológicas que se le quiso imponer recurriendo a una campaña masiva de adoctrinamiento e intimidación, en la cual concurrieron los poderes económicos, políticos y mediáticos. Esa criticidad aporta un tremendo potencial de cambio y una gran fuerza creativa y de renovación democrática.

Sin embargo, con alguna frecuencia se incurre en un error que, en términos aproximados, consiste en confundir criticidad con obligación de disentir. Es como si se considerara necesario escudriñar cada cosa que se dice o se hace en búsqueda de algún defecto o error que justifique el desacuerdo. Esto dificulta avanzar e impide gestar alianzas.

En cambio, me parece, criticidad comporta también autocrítica y, en consecuencia, reconocimiento de las propias limitaciones y, entonces, humildad y generosidad. A su vez, ello necesariamente conduce a reconocer lo positivo en lo que la otra gente propone y a enfrentar, con honesto afán de diálogo respetuoso, aquello con lo que se está en desacuerdo.

Por lo demás, creo evidente que sin estos elementos subjetivos, éticos y actitudinales no será posible la unidad del movimiento social.

3) La lucha política como una receta

Sectores del movimiento han acuñado una fórmula que tiene una doble función: traza un camino único y, a la vez, proporciona un arma poderosísima con base en la cual descalificar cualquier otra propuesta o programa de acción. La fórmula es simple y maniquea: nada se resuelve ni ninguna lucha se gana si no es mediante la protesta callejera.

Esto reitera un error que comenté anteriormente: se percibe el mundo en un juego polar simplista e irreductible de blanco-negro y bueno-malo. En cambio, aceptar que la realidad es compleja, implica admitir que las luchas sociales se despliegan de formas muy diversas. A veces, la calle será insustituible. Pero esa es una vía muy calificada que exige condiciones particulares. Muchas otras veces hay que recurrir a otras opciones de lucha. No entender esto podría convertirnos en autómatas que reaccionamos mecánicamente. Entre otros problemas, esto dificulta tremendamente establecer alianzas, ni a corto ni a largo plazo, cosa que debilita y dispersa.

Un aspecto particular donde este problema se visibiliza es la valoración que algunos sectores hacen de lo electoral. Recurren a una fórmula mecanicista que ve lo electoral atrapado de forma inevitable por las oligarquías, como si fuese una especie de maldición divina. Alternativamente uno podría ver lo electoral como un espacio social complejo y dinámico, cuya evolución y resultados no están predeterminados sino que dependen de las luchas de poder que se despliegan a su interior y de la forma como éstas se resuelvan. Sería, pues, un espacio que no debe abandonarse al capricho de las oligarquías neoliberales y que puede y debe ser trabajado a nuestro favor.

4) Electoralismo

Esta es una forma de simplismo equivalente al indicado en el punto anterior pero invertido, como reflejado en un espejo. Se expresa principalmente como la supeditación de toda otra consideración o espacio de lucha a los objetivos electorales. Ello implica, además, una adhesión acrítica al partido y al “líder”. Esto tiene diversas consecuencias. Quizá la peor sea que provoca división en las organizaciones de base. Posiblemente esta es una de las causas principales –acaso la principal- detrás del debilitamiento que han experimentado los comités patrióticos.

Está claro que estos comités incorporan personas que tienen diferentes simpatías o filiaciones partidarias o que no tienen ninguna. Resulta entonces comprensible que no asuman una bandera específica. Pero, en cambio, si pueden convertirse en promotores de la unidad del movimiento social, en general, y de los partidos, en particular. Esto respetaría la diversidad a su interior y aportaría un mecanismos mediante el cual conjuntar y sintetizar las diversas posiciones, al hacerlas confluir en un objetivo común: trabajar por la unidad.

Si alternativamente se opta por sacar a los comités patrióticos de toda implicación en lo electoral, se estaría eligiendo una vía que, implícitamente, implica debilitar su rol político. Los comités patrióticos serían entonces un club de amigos y amigas o algo así, pero no un instrumento de lucha. Y todo esto, lamentablemente, en función de un electoralismo simplista, que subordina la acción ciudadana autónoma a las lealtades partidistas.

5) De “líderes”, vanidades y ambiciones

Primero que nada, dejo en claro que no creo que sea censurable que una persona aspire a un determinado puesto político –incluso la presidencia- ni creo que eso haga que nadie sea corrupto o maligno. Sin embargo, sí he sostenido que una convicción patriótica genuina debería conducir a que las ambiciones personales queden subordinadas a objetivos superiores y, en todo caso, pospuestas para un mejor momento. Y esto significa principalmente una cosa: primero debería estar la consolidación de una fuerza social unitaria en capacidad de derrotar el neoliberalismo y emprender la construcción de un nuevo proyecto nacional, y después las aspiraciones que, legítimamente, cada quien tenga.

En general, me parece que esa convicción patriótica ha estado ausente. Tiende a prevalecer la ambición por sobre la unidad patriótica, ciudadana y política. Sea esto dicho con respeto pero con franqueza, y ojalá que, al menos, tengan la madurez para no enojarse porque uno lo diga.

En el fondo, me parece, esto refleja el peso tremendo que, incluso en los partidos antineoliberales y pretendidamente alternativos, sigue teniendo la política según los cánones tradicionales que, en su época de dominio, impusiera el unipartidismo bicéfalo del PLUSC. Así, quienes tenían el potencial de liderar democráticamente el proceso de construcción de la unidad, han terminado liderando el proceso destructivo de la dispersión y fragmentación. Vemos así dirigentes que, en algunas cosas -pero, lamentablemente, cosas muy importantes- actúan como siempre actuaron los dirigentes del PLUSC. Anteponen sus ambiciones a objetivos patrióticos superiores y creen ser quienes salvarán a este país, sin necesitar para ello de un movimiento ciudadano vigoroso y crítico que, enriquezca y de sostén y fuerza a los procesos de cambio que necesitamos.

En un segundo artículo propondré algunas ideas para tratar de entender qué hay detrás de estos fenómenos de dispersión y desacuerdo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.