jueves, 11 de diciembre de 2008

Democracia y revolución

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

El más relevante aporte de Chávez no es haber tomado el poder sino haberlo hecho por vía electoral, sostenerlo del mismo modo y conciliar la democracia con la revolución y con el socialismo que parece ser una fórmula ganadora.

Entre quienes participan en el debate, no es difícil percibir un consenso acerca de que la democracia figura entre las grandes conquistas de la cultura humana, es un paso decisivo en la lucha del hombre contra la opresión y alcanza su mejor realización cuando se asocia a la concepción republicana del gobierno y es ejercitada por pueblos políticamente educados y por líderes legítimos.

No obstante sus muchas virtudes, la democracia no conduce a un estado social perfecto, no sólo por malformaciones de génesis, sino por defectos funcionales que le incorporan quienes la aplican y, particularmente por la gestión de las fuerzas que impiden su universalización: el colonialismo, el imperialismo y las oligarquías nativas que le cierran el paso en todo el llamado Tercer Mundo.

No obstante, debido tanto a la persistente y eficaz labor ideológica de las fuerzas conservadoras como a errores e inconsecuencias de los luchadores avanzados, en la conciencia social se instaló la idea de que las revoluciones y el socialismo son antitesis de la democracia. A tan costosa confusión contribuyeron no sólo quienes usurparon tales concepto y llamaron revolución a cualquier farsa y socialismo a la demagogia, sino quienes lo tramitaron erróneamente.

En la misma época en que en Europa se publicaba El Manifiesto Comunista, tenían lugar las revoluciones de 1848, se fundó la Asociación Internacional de Trabajadores, apareció la Comuna de París, León XIII publicó su encíclica Rerum novarum y triunfó la Revolución Bolchevique, hechos que en conjunto impusieron reformas que contribuyeron a la democratización de aquellas sociedades, en América Latina, se caminaba en sentido inverso y bendecidas por la propia Europa y los Estados Unidos se establecían decenas de antediluvianas dictaduras que impedían el avance de la democracia, incluso en su versión liberal.

A la vez que la permisividad y la tolerancia del capitalismo europeo y norteamericano y el establecimiento de los “Estados de bienestar” promovidos sobre todo por gobiernos socialistas hacía avanzar la modernidad en Europa y Norteamérica, en América Latina se cerraban todas las vías para acceder al bienestar material y a la democracia política y las vanguardias eran empujadas a la lucha armada, las revueltas populares y las revoluciones para alcanzar el poder. El fin de aquellas luchas no era acabar con la democracia porque no existía, sino establecerla.

Ese camino por el que avanzó Cuba mediante una guerra revolucionaria, fue transitado luego por otros luchadores que en coyunturas más propicias y correlaciones de fuerzas más favorables, alcanzaron el poder por vía electoral, integraron a los pueblos tradicionalmente excluidos a las luchas políticas y usaron los resortes de la democracia para consolidar los procesos y hacer avanzar las reformas que hace más de cien años introdujeron los europeos.

El fondo del debate es que hasta ahora los oligarcas y los ideólogos imperiales habían logrado hacer creer que la revolución y la democracia eran fenómenos opuestos e incluso incompatibles, cosa que líderes como Lula, Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa y otros desmienten cuando, con democracia, pluralismo y plena vigencia de las libertades públicas impulsan grandes cambios revolucionarios pacíficos.

Los que ahora se rasgan las vestiduras porque Chávez propone elecciones y referéndum para, con votos, en elecciones libres y transparentes hacer avanzar la revolución, no confirman una vocación democrática sino que lo desmienten. La paradoja se ha invertido porque como instrumento de las mayorías es como la democracia muestra sus mejores perfiles.

No hace falta ocultar que las embestidas del colonialismo, la contrarrevolución, el imperio y la reacción mundial, tradicionalmente empujaron a los procesos revolucionarios, incluyendo al norteamericano, el francés, el mexicano, el ruso y el cubano a la adopción de prácticas autoritarias y sumarias, obligando a gobernar por decreto, aplicar la tea incendiaria y hacer rodar cabezas.

Nada de eso hace falta cuando la revolución y la democracia se juntan, los argumentos sustituyen a los ataques y los votos a la violencia. Con Chávez, Lula, Morales, Correa y otros que están por venir, la democracia y la revolución se han reencontrado. La buena noticia es que el dúo parece invencible.

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