jueves, 8 de enero de 2009

Precarización laboral: "Las batallas de los trabajadores nos dicen que sigue habiendo alternativas, que es posible una sociedad diferente"

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)

Entrevista a Alejandro Argueta, abogado laboralista guatemalteco.

Rebelarse ante los atropellos lleva implícito el cambio
Paulo Freire

Contratos "basura" sin prestaciones laborales por todos lados, tercerización o subcontratación, deslocalización laboral (eufemismo por decir: condiciones de trabajo de hiper explotación en la región Sur del mundo donde no existen mayores controles), virtuales situaciones de esclavitud en muchos casos (27 millones en el planeta según la Organización Internacional del Trabajo).... el panorama de los trabajadores actualmente se ve sombrío. Hoy día, según estimaciones serias, más o menos un 60 % de la población económicamente activa del mundo trabaja en condiciones de precariedad, peor de lo que se estaba décadas atrás. La clase trabajadora está golpeada, debilitada, amordazada en muy buena medida. Dijo recientemente el camarada Fidel Castro: "¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender que esta clase obrera –en el sentido marxista del término– tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria?". Aunque la perspectiva de transformación social se muestre difícil, la rebeldía sigue estando. Y todos los trabajadores, en su más amplio sentido, todos los que seguimos viviendo de la venta de nuestra fuerza de trabajo (un profesional o un albañil, un obrero agrícola o un ingeniero de una gran industria) seguimos siendo ese fermento de cambio. Aunque seriamente golpeados en estos pasados años, los trabajadores seguimos siendo, dado nuestro papel en el proceso de trabajo y de generación de riqueza social, la promesa de un mundo más justo en favor de las grandes mayorías.
Para ahondar en estos puntos Argenpress conversó, por intermedio de su corresponsal Marcelo Colussi, con un destacado abogado laboralista guatemalteco: Alejandro Argueta, conocido por históricos procesos jurídicos a favor de trabajadores que ha defendido y ganado.

Argenpress: Los trabajadores del mundo, en el Norte y en el Sur y en todas las escalas salariales, desde un operario de maquila hasta un catedrático universitario, desde una empleada doméstica hasta una consultora de organismo internacional, todos y todas hemos sufrido enormes retrocesos en el ámbito laboral en estos años de capitalismo salvaje con los planes neoliberales. Hemos perdido derechos históricos conquistados en heroicas luchas a través de más de un siglo, se nos ha precarizado, el capital nos denigra abaratando nuestra mano de obra… ¿Qué perspectiva hay ante esta situación?

Alejandro Argueta: La precarización laboral aumenta en todo el mundo, cada vez hay menos protección, las instituciones sociales que protegen a la clase trabajadora a nivel global han sido sumamente debilitadas, con matices entre los países más desarrollados económicamente, en el Norte, y los del Sur, con menos desarrollo en sus economías y con mayores cuotas de explotación, pero todos han venido sufriendo estos ataques del gran capital. En los países menos desarrollados industrialmente podemos ver manifestaciones de problemas más graves, como el trabajo infantil masivo por ejemplo, o la explotación con jornadas de trabajo larguísimas. Junto al terrible deterioro ambiental que el gran capital está llevando a cabo, el deterioro de la clase trabajadora es irrebatible. En esa perspectiva nos han hecho creer que realmente no hay alternativas, que el mundo es así y ya no se puede hacer nada. Pero por supuesto que sí existen alternativas, que sigue siendo posible la construcción de un modelo de sociedad diferente. Son las grandes empresas transnacionales las que controlan a escala planetaria el modelo económico capitalista en la actualidad. Eso es hoy algo irrebatible. Esos grandes capitales han tomado control del mundo entero; hoy día es imposible sustraerse a ellos, estar aislados, porque esas monumentales empresas están en todos lados imponiendo sus políticas. Y son los gobiernos de sus países de origen (Estados Unidos y la Unión Europea) los que dictan las normas para todo el mundo. En ese escenario pensar que es posible realmente un libre comercio es ilógico. Los grandes centros de poder ponen las condiciones. Pero las batallas que pueden –y deben– seguir dando los trabajadores en el ámbito de sus derechos laborales, contra toda esta precarización que parece ya natural, desde lo pequeño, desde lo local, contra toda esta monumental maquinaria de las transnacionales y de los grandes poderes globales, es un camino que dice que sigue habiendo alternativas. Sigue habiendo conciencia que no podemos seguir así, que los trabajadores estamos muy mal, por lo tanto las alternativas siguen existiendo. Presentar un juicio laboral contra el empleador que ha violado mis derechos como trabajador es seguir abonando la posibilidad de las alternativas, de los cambios, de otros modelos sociales nuevos. La cuestión es seguir exigiendo los propios derechos, resistir y rebelarse contra las injusticias. El sistema capitalista ofrece una gran cantidad de herramientas para llevar a cabo esa resistencia. Y además, debemos pensar en generar otras nuevas.
Algo muy importante es saber cómo funcionan las cosas, cómo funciona el sistema en sus entrañas. Para pedirle justicia al sistema capitalista –cosa que no quiere o no puede dar– hay que conocer cómo está hecho, cómo está diseñado, para saber qué se le puede exigir y dónde están los límites que nos llevan a pedir un sistema nuevo. Esto debe hacernos ver que tenemos que estar siempre informados, conocer en sus interioridades el sistema. Quiero graficarlo de un modo concreto con un ejemplo local que conozco bien: la producción de azúcar en Guatemala. La caña de azúcar es el principal producto de exportación de este país hacia Estados Unidos en el marco del tratado de libre comercio que tienen firmado ambas naciones. Ello se explica porque ese azúcar es la base del etanol. Por tanto, la producción de biocombustibles ha hecho que la caña de azúcar esté por todos lados en Guatemala, y los empresarios que se encargan del negocio estén florecientes como nunca. Este es un primer dato. Segundo dato: la Fundación de las Américas, de la OEA, le otorga el año 2007 el premio de Ciudadano Responsable a uno de los ingenios azucareros más poderosos económicamente en el país, el ingenio Pantaleón (uno de los acusados históricamente de tener una de las peores historias de represión a sus trabajadores y sus dirigentes sindicales). Tercer dato, y vamos al fondo del asunto: ¿cómo es la producción del azúcar? Si vemos los indicadores ambientales que se le asocian a este proceso productivo, es terrible, sumamente degradante para los bosques tropicales, termina con la fauna autóctona. Diversos estudios académicos, obviamente interesados, han destacado lo avanzado de la producción azucarera del país, las técnicas modernas que allí se evidencian. Pero hay que destacar los siguientes puntos: 1) desde hace unos 18 años los cañaverales se incendian antes de cortar la caña. Antes se cortaba directamente, ahora se incendian. De este modo se pude cortar más rápido; el trabajador cañero no tiene que perder tiempo cortando las hojas con el machete, porque las hojas se queman con el fuego. Esto hace perder cierto porcentaje de humedad a la caña, por acción del calor del fuego, pero permite cortar más producto, por lo que el resultado final nunca deja de ser favorable al empresario. Es decir: con esta quema el trabajador, en el mismo período de tiempo, va a cortar más por el mismo salario, lo cual significa que se le ha aumentado la intensidad del trabajo. Y aunque se diga que se usan técnicas muy modernas, estos incendios producen desastres respiratorios en la aldeas cercanas, siendo al mismo tiempo muy peligrosos para la salud de los trabajadores. ¿Dónde está la modernidad? 2) Dicen los empresarios azucareros que no hay trabajo infantil. Pero no es así. Si vamos ahora mismo a verificar, la zafra está repleta de niños. Ha habido trabajadores adultos que murieron asfixiados en los cañaverales en estos incendios programados, en el medio de las brasas con jornadas extenuantes de 12 horas diarias. ¿Qué le puede esperar a un niño entonces? Y vamos al punto 3), quizá el peor de todos: hoy día un trabajador adulto corta hasta 10 toneladas diarias de caña, cuando hace 18 años el promedio no pasaba de 3. ¿Cómo es esto posible? Según hemos descubierto nosotros mismos investigando todo esto, los trabajadores toman medicamentos análogos a las anfetaminas que le permiten llegar a la meta de producción que les imponen. Son metas imposibles de cumplir en condiciones normales, pero por la precarización de las condiciones generales en que se encuentran los trabajadores, sabiendo que no tienen dónde ir a quejarse y que si no cumplen con la meta impuesta no los contratan, ellos mismos compran estos medicamentos para sobreesforzarse más allá de sus límites. El patrón puede decir que él no le está suministrando esas pastillas, pero hay un principio legal que dice que un empleador no puede permitir el consumo de este tipo de sustancias durante la jornada de trabajo, por lo que si lo permite, está violando derechos laborales elementales. Y lo trágico en todo esto es que ese sector empresarial recibió un premio a la responsabilidad social. ¿Qué hacer ahí? Creo que este ejemplo concreto nos puede servir para contestar la pregunta. Lo primero y más importante: ayudar a que los trabajadores vuelvan a organizarse y que conozcan sus derechos. Sólo diciendo que el capitalismo nos explota y que el neoliberalismo nos terminó de hacer pedazos, con eso sólo no lograremos cambiar nada. Hay que meterse a investigar todo esto por dentro, conocer a la perfección sus detalles, saber cómo funcionan los procesos, detectar cada violación o cada injusticia y saber cómo hacerlas evidentes. Porque si no, se nos hace difícil, o imposible, plantear alternativas.

Argenpress: Los niveles de explotación, de precarización de las condiciones de trabajo, son evidentes, y quizá en este ejemplo que nos das en un país del Sur se ve de un modo inobjetable. En el Norte, entre los trabajadores industriales de grandes empresas estadounidenses, o europeas, o japonesas, con alta tecnología y con mejores niveles de ingreso, ¿también se dan estos procesos de precarización?

Alejandro Argueta: Totalmente. Y están también conectados en esa precarización los trabajadores del Sur con aquellos de los países más desarrollados. ¿Por qué? Porque muchas de las actividades de estas industrias tecnificadas de los países más desarrollados económicamente han sido descentralizadas y trasladadas a países del Sur. La deslocalización de estas grandes industrias es un elemento que ha precarizado a los trabajadores del mundo desarrollado. Por ejemplo, la industria textil ha sido uno de los rubros más deslocalizados desde los países más ricos hacia aquellos otros más pobres del Sur, resintiendo así de un modo terrible a los trabajadores del Norte. Me consta, yo lo he visto en el sur de los Estados Unidos. Allí se han perdido enormes cantidades de empleos por la transferencia de esas industrias hacia México o Centroamérica, dado los bajos costos de producción con que se pueden encontrar aquí las transnacionales. Por supuesto, entonces, que la precarización los toca. Y en ese sentido estamos todos conectados. Lo vemos también con lo que está sucediendo en Europa, donde se están por dejar las 40 horas semanales de trabajo para pasar a una jornada semanal de 60 horas. Eso es posible por la incorporación a la Unión Europea de los países del Este, que quieren insertarse y competir en la economía capitalista europea a no importa qué costo. Es decir que la amenaza del capital es pareja para toda la clase trabajadora en todas partes del mundo.

Argenpress: Hoy día tener trabajo –en cualquier condición, aunque sea precaria– es ya un "éxito" que hay que cuidar. Buena parte de la clase trabajadora, como consecuencia del desarrollo tecnológico del sistema, por la robotización por un lado, pero más que nada por la precarización en un mundo que en vez de integrar cada vez más gente, la expulsa, va quedando al margen del sistema. Hoy día los grandes movimientos reivindicativos en Latinoamérica vienen, entre otras cosas, de trabajadores que van quedando sin trabajo: los desocupados, los sin tierra, el pobrerío en sentido amplio que sobrevive gracias a la economía informal. ¿Qué pasó con los ideales socialistas de décadas atrás que veían en los trabajadores el fermento revolucionario para el cambio social? ¿Cómo plantearlo en este momento?

Alejandro Argueta: Sin dudas la clase trabajadora sigue siendo ese fermento, pero creo que esto hay que matizarlo. Si decimos que la clase trabajadora se ha achicado, eso nos debería hacer pensar que los que antes eran trabajadores formales y ahora no, ¿en qué se convirtieron entonces? Lo que sí se ha achicado son los escenarios tradicionales donde antes se veían con más claridad los trabajadores, pero si, por ejemplo, un obrero industrial de una planta productora de automóviles es despedido y tiene que sobrevivir vendiendo cualquier cosa en la economía informal, no ha dejado de ser un trabajador. Lo que sí se le achicó, o destruyó, o se le cerró, es una relación puntual de trabajo. Pero sigue viviendo del producto de su trabajo, ya sea en la fábrica antes, o ahora en la calle vendiendo alguna baratija. La clase trabajadora sigue siendo siempre la clase trabajadora; lo que cambian son sus escenarios de trabajo. Y sus reivindicaciones por justicia las tiene tanto en la fábrica como vendiendo baratijas en la calle. Quizá hoy, con este aumento de los desocupados, hay que entender que también todo ese enorme grupo de personas que no está más en las fábricas también es un fermento revolucionario, estando en las calles. Lo mismo que el campesino sin tierra, que aunque no esté trabajando en la empresa agrícola agroexportadora, también es parte de ese fermento de cambio. Y podemos repetir sin temor a equivocarnos aquello que sólo los trabajadores salvarán a los trabajadores, no importa en qué escenario estén. El reto está en ver cómo se integra tanta gente de la economía informal a una lucha con contenido de clase, sabiendo que todos son trabajadores. Hay que ir hacia la economía informal, porque esa sigue siendo una fuente de malestar, de injusticia. También ellos siguen siendo trabajadores, aún vendiendo baratijas en la calle. Si no, sería como pensar que un profesional que ahora trabaja como consultor de un organismo internacional, dejó de ser trabajador. Y no es así: también es trabajador. Aunque no está desesperado por su situación económica, como sí lo está el vendedor informal, o el operario industrial, también es víctima de abusos y de degradaciones en su propio empleo. Si alguien se cree que dejó de ser trabajador, estamos mal. Lamentablemente eso se puede observar mucho en los movimientos sociales: trabajadores de organizaciones no gubernamentales ligadas a la defensa de poblaciones más vulnerables o a derechos humanos, muchas veces no se consideran a sí mismos como trabajadores. Y si un trabajador deja de sentirse tal, ¿qué pasó a ser? No es patrón; pero entonces, si no se identifica como trabajador, ahí hay un gran problema.

Argenpress: Por eso mismo es una estrategia del gran capital hacer sentir a sus gerentes no como trabajadores sino como "otra cosa", pagándole salarios descomunales en relación con un trabajador común.

Alejandro Argueta: Eso es cierto, pero hay que decir claramente algo. Las empresas tratan a sus gerentes como caballeros paladines que defienden su capital. Sin embargo cuando una empresa le incumple a un gerente y hay un pleito laboral, ¿qué hace el gerente? Demanda a la empresa como trabajador. De hecho yo he llevado varias casos de esos. Si son trabajadores, estas situaciones de pleito laboral les dan identidad como tales. Pero lo curioso, como decía, es que en las organizaciones de derechos humanos, e incluso en los organismos internacionales como Naciones Unidas o las grandes agencias de cooperación, nadie se quiere sentir trabajador. Por una cuestión confusa, muchas veces apelando a la supuesta mística que está en juego en este tipo de trabajos, los trabajadores de este sector no se reconocen como tales. Si este tipo de instituciones tienen las tácticas de las grandes empresas, no hay duda que en esto son más eficientes. Y éticamente pueden ser peores que las empresas capitalistas, porque se supone que deberían ser diferentes, justamente hablando de derechos humanos y de estos ideales por los que se supone existen como institución.

Argenpress: En términos generales podría decirse que el movimiento sindical, en todo el mundo, no está en avanzada; está golpeado, desacreditado, en buena medida dejó de ser la vanguardia de la clase trabajadora. ¿Cómo plantearnos recuperar el papel que tuvo años atrás?

Alejandro Argueta: A nivel mundial el movimiento sindical tiene ante sí grandes retos y desafíos que, en mi opinión, los está enfrentando bastante bien. Por supuesto que hay deterioro en el movimiento, eso es innegable: las tasas de sindicalización han bajado, los niveles de incidencia se han perdido en muchos espacios importantes. Pero sin embargo creo que el reto que estos nuevos tiempos proponen lo está enfrentando bastante bien desde el momento en que se observa el proceso de integración de las grandes centrales sindicales mundiales. Por ejemplo la conformación de la Central Sindical Internacional, donde se unen las grandes organizaciones sindicales tradicionales apuntando a formar una sola integrada, es un paso muy significativo, puesto que permite nuevos escenarios para enfrentar las consecuencias del modelo neoliberal y de la globalización capitalista. Igualmente importante es la participación de sindicatos globales específicos, como el de trabajadores del rubro bebidas, o de la alimentación, lo que ya da el perfil respecto a que para los actuales problemas hay que buscar soluciones también globales. En ese sentido creo que podemos ser optimistas, y es por eso que dije que el movimiento sindical está asumiendo bien su reto.
Hay que hacer una distinción entre la plataforma internacional y lo que está pasando en países como Guatemala. A nivel de esta plataforma internacional están muy claros los sistemas de autocrítica, de autorreflexión respecto a los nuevos métodos de trabajo, de cómo dirigirse hacia los jóvenes, de reconocer los espacios que se han perdido y ver cómo se intenta recuperarlos. Es decir: ver cómo se incorporan nuevos problemas más allá de los obreros industriales, ver cómo se trabaja con el movimiento campesino, con los trabajadores informales de las calles. Hay algo muy importante en estos nuevos planteamientos: ahora ya no se parte del centro de trabajo como punto principal de la lucha sindical. Ahora se parte de la comunidad, es decir: el lugar donde vive el trabajador. Más que el trabajo importa ahora todo el aspecto comunitario, en su sentido más amplio. Hay que incidir no sólo con el patrón; también con los servicios municipales, con el Estado que da los servicios básicos, etc. Es decir: procesos de movilización social mucho más integrales, y a partir del trabajo. Ese es el nuevo reto del sindicalismo a nivel mundial.
Ahora bien: a nivel local tenemos una brecha importantísima consistente en ver cómo superamos los obstáculos de la represión y de la falta de oportunidades para acceder a la cultura, al conocimiento y a la integración de las estrategias. Aquí, en Guatemala, seguimos teniendo problemas muy fuertes todavía, como la exclusión de la mujer, lo cual no es una problema en otros puntos del mundo, pero sí en nuestra realidad. Aquí también, y en diferencia a esa plataforma sindical, tenemos problemas locales muy puntuales, como por ejemplo la valoración que debe hacerse del trabajo infantil, que aún no aparece en Guatemala como algo que hay que enfrentar. Hay retos distintos para cada realidad en lo sindical, sea en nuestro nivel local como en los planteamientos globales. Y el reto más importante para ambos es que se puedan entender, porque es importante puntualizar que continúa habiendo una posición hegemónica aún en los movimientos solidarios, que creen que las soluciones que pueden funcionar en Estados Unidos o en Europa forzosamente tienen que funcionar en países como los nuestros. Esa incomprensión, en definitiva, puede ser causa de debilitamiento para todos.

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