lunes, 20 de julio de 2009

Honduras: La táctica no debe comprometer la estrategia

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Tal vez Obama no sepa donde se encuentra Tegucigalpa, en cambio los golpistas saben perfectamente donde está Washington y la influencia que tiene el embajador americano en Honduras al que le bastaron 48 horas y una queja para deponer al canciller nombrado por Micheletti. Tal vez los golpistas no sepan es qué papel es el que el imperio ha reservado para ellos.

No es difícil percatarse de que los funcionarios políticos de alto rango del equipo de Hillary Clinton, la inteligencia del Comando Sur y los estrategas de los servicios especiales, principalmente la CIA, enfocan a Honduras, aunque realmente miran a Bolivia, Venezuela, Ecuador, Guatemala y otros países. Apelar a Estados Unidos e insistir en ello para reponer a Zelaya y restablecer la “democracia” puede no ser una buena idea.

En primer lugar, porque se trata de un precedente que, invocado en otro contexto y con otros propósitos, puede resultar nefasto. Nunca en ninguna época y por ninguna razón los gobiernos latinoamericanos han pedido a Estados Unidos que intervenga en un país latinoamericano, mucho menos lo han hecho las fuerzas progresistas y jamás se esperaba de la izquierda.

Por otra parte ceder todo el espacio de maniobra a Estados Unidos y otorgarle un protagonismo que ha llegado a sugerir el empleo de los mecanismos de la asistencia militar, incluso de las tropas estacionadas en suelo hondureño, no puede ser positivo. Los riesgos de esa política se evidenciaron en la rapidez con que Hillary Clinton recibió a Zelaya, instruyó a Arias y abrió el juego para manejar la situación hacía un final norteamericano.

La pregunta ahora no es si Estados Unidos interviene o no porque ya lo hace, sino el modo como acomodará las cosas para sin consagrar el golpe de estado, anular a Zelaya y prescindir del ALBA, la OEA y todos los demás componentes multilaterales para, por su propia cuenta, encontrar un comodín que incluso puede implicar el retorno formal, precario y fugaz de Zelaya, sin poder real, sólo para celebrar unas elecciones que no pueda ganar.

Tal como van las cosas, las horas de Micheletti parecen contadas, cosa que el jefe golpista sabe y que explica su disposición a renunciar, sin que ello signifique que suban la apuesta por Zelaya.

Tomando en cuenta lo avanzado de las maniobras y que incluso se ha convocado un nuevo encuentro entre los golpistas y los representantes del presidente depuesto y existe una salomónica propuesta del presidente Arias, para crear un “gobierno de unidad nacional”, por momentos se percibe descoordinación entre los llamados a la huelga general, la movilización popular y la mediación.

Es de esperar que los norteamericanos insistan con Zelaya y Micheletti para que continúen las conversaciones en San José de Costa Rica y no sería extraño que adelantaran alguna propuesta aunque sólo sea para propiciar nuevas dilaciones. Mientras no se fuerce un desenlace, el tiempo corre a favor, no ya de los golpistas sino de Estados Unidos, que puede utilizar la carta de Obama, cuya intervención se ha demandado insistentemente y, cuando se produzca, difícilmente pueda ser desconocida.

Nadie debe pasar por alto que se ha producido una extraña y peligrosa inversión de roles: antes la no intervención era una demanda de la izquierda y los sectores populares latinoamericanos, mientras que ahora es la bandera de Obama que no deja de insistir en que Estados Unidos no debe imponer gobiernos.

Aunque quizás sea demasiado pedir a un luchador del origen y el perfil político de Zelaya, lo único que pudiera frenar la maniobra norteamericana es su disposición personal, mediante opciones inevitablemente dramáticas y peligrosas que comenzaría por su entrada en Honduras con todos los riesgos que ello implica.

Ningún análisis debe pasar por alto que por lo inmaduro de las realizaciones impulsadas por Zelaya en el corto período que ha gobernado y el hecho de que, presumiblemente no permanecerá en la presidencia más allá del fin de su mandato que expira este año, las preocupaciones para Estados Unidos son mínimas, sobre todo porque los golpistas son prescindibles y cada uno parece marcado con el estigma de la “naranja exprimida”.

Con su agudeza característica, Fidel Castro ha dado otra vez en el blanco. La solución no estriba en que Estados Unidos intervenga más enérgicamente, sino en que deje de hacerlo, no en que emplee sus tropas, sino en que las retire. “Lo único correcto -ha dicho ayer- es demandar del gobierno de Estados Unidos que cese su intervención, deje de prestar apoyo militar a los golpistas y retire de Honduras su Fuerza de Tarea”.

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