martes, 4 de agosto de 2009

Argentina: La educación sexual de los sacerdotes


Gabriel Conte (MDZOL)

Monseñor Héctor Aguer salió a cuestionar con fuerza la elaboración de un manual destinado a la educación sexual en las escuelas. Sin embargo, una serie de antecedentes indican que es imperioso ofrecerles ese tipo de educación a los sacerdotes o bien, a los seminaristas para evitar, por lo menos, "malos entendidos".

El sol no se puede tapar con las manos, ya lo sabemos. Y así como eso es imposible, también lo es negar la sexualidad de las personas, de absolutamente todas.

Lo que resulta increíble es que sean aquellos que la niegan los que se erijan como únicas personas autorizadas a decidir qué se debe saber y qué no en torno al sexo.

Habilitados por sus dogmas a hablar del sexo de los ángeles, los sacerdotes –y los religiosos en general- pretenden erigirse en rectores de la visa sexual de los no angeles.

Así lo hizo hace unos días Héctor Aguer, “monseñor” según la jerarquía que le otorga la Iglesia Católica, quien cuestionó duramente la elaboración de un manual de educación sexual destinado a guiar a los docentes en su misión de educar a los jóvenes.

Impertinente, el religioso pretende regir qué se debe enseñar y qué no del sexo a jóvenes que, de negarles o esconderles conocimientos, los buscarán igual, pero bajo el riesgo latente que representa el Sida o el papiloma que produce el cáncer de médula, algunas de las enfermedades más frecuentes que vienen como consecuencia, no tanto de un “castigo divino” como pretende cierta mitología interesada, sino de la falta de educación en la materia en cuestión.

Algo similar debe haberles pasado a tantos sacerdotes que se dieron cuenta que lo “divino” del sexo no tenía que ver con algo celestial, sino con algo bien mundano.

Para algunos, esa falta de educación previa que los hizo caer en el celibato primero, se transformó luego en matrimonio o al concubinato no más. Otros, porfiaron con mentirle a la gente porque, sotanas afuera, tenían hijos que no reconocían, sostenían amores no públicos y los peores casos, desataban su furia sexual reprimida en abusos de menores.

“Nadie puede poner barreras ficticias a lo natural”, como dijo el teólogo católico Enrique Miret Magdalena.

Por esto resulta necesario que los sacerdotes reciban educación sexual y no sólo nuestros hijos. Los más ingenuos, transitan por la vida bajo los mismos riesgos que un niño: atormentado por miedos absurdos o bien, fascinados por divinidades que a la postre les resultarán crueles.

No hablaremos de casos: ya los conocemos y mucho más aun en estos días.

Pero hay autores que, sin buscar desprestigio ni revancha en la religión se han documentado para poner las cosas sobre la mesa. Es así porque la Iglesia se seguirá sosteniendo en base a sus dogmas y al no reconocimiento de herederos que puedan reclamarle algo sobre la Tierra, ya que todas sus promesas se cumplirán cuando el prometido muera y los Tribunales ordinarios no tengan jurisdicción y en territorio desconocido: el Cielo.

Pepe Rodríguez, doctor por la Universidad de Barcelona (Facultad de Psicología) y n licenciado en Ciencias de la Información, por la Universidad Autónoma de Barcelona, sostiene en su libro “La vida sexual del clero” (Ediciones B), realizó una investigación en la que concluyó que “entre los sacerdotes actualmente en activo, un 95% de ellos se masturba, un 60% mantiene relaciones sexuales, un 26% soba a menores, un 20% realiza prácticas de carácter homosexual, un 12% es exclusivamente homosexual, y un 7% comete abusos sexuales graves con menores”.

Su estudio da cuenta de que se abstuvieron, mayoritariamente, de conocer el sexo antes de los 40 años de edad. Pero que, sin “colgar” la sotana, poco después descubrieron la divinidad del sexo.

“Valorando los datos conocidos de los 354 sacerdotes en actividad que constan en el archivo de este autor como sujetos con actividad heterosexual u homosexual habitual –escribió Rodríguez- se llega a la conclusión de que el 36% de ellos comenzó a mantener relaciones sexuales antes de los 40 años, mientras que el 64% restante lo hizo durante el período comprendido entre sus 40 y 55 años”.

Sabiendo que el Vaticano no va a entregar el secreto de la vigencia der su imperio durante tantos siglos relajando sus reglas, parece ser que los sacerdotes decidieron relajarse solos.

Así lo reveló –sorprendiendo a propios y extraños- un estudio difundido en Brasil en 2004. En ese país, el 41 por ciento de los sacerdotes católicos admitió haber mantenido relaciones sexuales con mujeres después de su ordenamiento, según un sondeo realizado por el Centro de Estadística Religiosa e Investigaciones Sociales (CERIS). Claro que la negación y el secretismo tuvieron un alto índice también aquí, aun tratándose de una investigación social: del total de 16 mil 600 cuestionarios fueron distribuidos a los religiosos, pero que solamente mil 831 (lo que representa 11 por ciento del total) respondió a las preguntas.

No hay que poner demasiado la lupa sobre los sacerdotes para conocer casos en los que queda en claro que deben ser ellos los principales destinatarios de educación sexual.

Sólo en Mendoza a lo largo de los últimos doce meses hubo un par de casos de curas que debieron reconocer hijos. Y hasta hay ex sacerdotes en el gobierno que debieron abandonar los hábitos religiosos luego de que le nacieran hijos, producto de otros hábitos, menos dogmáticos y más cercanos a la convivencia y al amor entre las personas.

Por todo esto, las palabras de Aguer, que aun resuenan en la prensa, no han calado en la sociedad. La Iglesia tiene demasiadas cuentas pendientes como para pretender señalar condenatoriamente a los demás.

Y además, la vez que se hace algo bueno –como estimular un sistema de educación sexual en las escuelas capaz de hacer abrir los ojos y reflexionar, en lugar de prohibir y tentar- ya parecía extraño que nadie saliera a querer abortarlo (con perdón de la palabra).

Foto: Argentina, Iglesia - Monseñor Héctor Aguer. / Autor: WIKIPEDIA


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