martes, 8 de septiembre de 2009

¿Es necesaria una ley sobre libertad religiosa?

Domingo Riorda (ECUPRES)

Corría el año 1955 cuando en una reunión nacional de jóvenes evangélicos de Argentina se discutía la enseñanza laica. Un líder, que superaba en algunos años a los más viejos de los jóvenes, finalizó su ponencia a favor de la enseñanza laica manifestando que “Argumento estas posiciones, pero debo ser sincero, esto es porque los evangélicos somos minoría ya que si seríamos mayoría, y estaríamos en el poder abogaría, por la enseñanza religiosa en las escuelas”.

Ese líder firmaría convencidamente leyes como las que representantes de partidos políticos acordaron aprobar en el Congreso de Brasil y la que está en discusión en Argentina. Ambas legislaciones mantienen los acuerdos de los gobiernos de ambos países con el Vaticano legislan beneficios especiales para la Iglesia Católica Romana la que, en la práctica, se la considera como religión de Estado. 

Los representantes evangélicos coinciden con los católicos romanos en no tocar los intereses de su iglesia a cambio de recibir algunas prebendas, además de los que ya tienen, aprovechando el crecimiento de la feligresía evangélica/evangelista y el descenso de la católica romana. Se sienten parte del poder, por lo que consideran que deben compartir privilegios.

Detrás de esa causal, y de otras como la promoción de evangélicos y evangélicas en la carrera política, se encuentra la pregunta sobre la necesidad de una ley sobre libertad religiosa que da lugar a otro interrogante, la legitimidad de ese reclamo.

Luego de ser perseguido, el cristianismo transformó su estado inicial con la participación en el gobierno del Imperio, allá por los años 300/400. Desde entonces mantuvo su poder a la altura, y en ocasiones sobre, el poder político. 

La democratización de la sociedad trajo la postura del laicismo donde las iglesias son consideradas una parte de la sociedad al igual que otras organizaciones. El protestantismo como el catolicismo romano y los ortodoxos, se las arreglaron para que en algunos países quedasen como religión oficial posibilitándolos tener una fuerte participación en el poder político, especialmente en el área de la educación y ciertos criterios morales, sin dejar de lado las presiones ideológicas, generalmente conservadoras. 

En Argentina y otros países latinoamericanos, en distintos proyectos evangélicos sobre la situación de esas iglesias, se menciona que son tratadas como si fuesen una Asociación Civil, una Sociedad de Fomento o un Club. La pregunta es “¿Qué tiene de malo esa consideración?” 

Las iglesias cumplen una función particular dentro del mosaico que es la vida democrática. Reclamar un lugar especial es continuar con el vínculo imperial nacido luego de tres siglos de ser minoría, o, en otras palabras, ser una religión más dentro del concierto de religiones del Imperio. Lo que diferenciaba al cristianismo era su creencia, una cuestión de doctrina, pero sobre todo su estilo de vida que lo hacía distinto a las demás religiones. Ese hecho fue producto de sus convicciones acerca de las relaciones humanas, a partir de de sus creencias, el Dios hecho hombre y el Cristo Resucitado, que impregnaban una vida diferente a la conocida. 

Para nada ese estilo existencial era producto de estar en el poder gubernamental. Como Pablo habla en Filipenses, eran imitadores de Aquel que se hizo humano y que no reclamaba ningún derecho especial.

Evidente que los acuerdos entre dirigentes políticos evangélicos y católicos romanos tienen que ver con lo que interpretan que es la relación fe-poder. Esas tramitaciones son una incorporación de cuestiones del “mundo”, para utilizar un término acuñado negativamente en el espectro evangélico. 

Su legitimidad en el orden de la fe debería ser probada y, sobre todo, discutida democráticamente en el ámbito del laicado y no tomada como verdad desde la dirigencia que, quiera o no, también incorpora actitudes jerárquicas que son códigos habituales en la vida de la sociedad, pero que se da de cabeza con la propuesta de Jesús. 

Por otro lado habría que hablar sobre lo que es profano o no. Giorgio Agamben, filósofo italiano, en su libro “Profanaciones”, analiza bien de como un objeto común, una copa, se lo coloca en el recinto religioso, se lo pasa por ciertas ceremonias y queda consagrado como sagrado, intocable. 

Desde esa configuración una copa robada desde el Altar de una Iglesia será un escándalo, pero no si se la hurta desde la mesa de una familia ciudadana o rural. A partir de ese análisis se puede concluir que ocurre algo similar en este asunto de pedir leyes especiales para las religiones en un Estado. Lo religioso adquiere un estado de sagracidad intocable que no le corresponde desde la horizontalidad de los evangelios. 

Ese punto de partida, desde lo sagrado/intocable, deja a los y las líderes religiosas sin la debida ecuanimidad porque, con el mismo criterio de respeto que arguyen, deberían reclamar leyes especiales, iguales a las religiosas, para el ateismo, agnosticismo y otras tendencias similares. 

De allí que sean certeras las críticas a las mencionadas leyes, proveniente de personas y organizaciones que están atentas al desarrollo del laicismo. ¿Cuál es la verdadera causa para que las iglesias sean exentas de ciertos impuestos y no una organización atea? ¿Cuál es la diferencia para abogar que si un dirigente religioso es difamado, el difamador sea condenado y no si lo es un agnóstico? ¿Es que la persona religiosa tiene el sello de lo sagrado y las otras no? Hay que recordar que desde la Biblia toda vida es sagrada y no solo las que entraron en el recinto no profano.

Si se excluye el pedido por los beneficios económicos, todas las demás consideraciones que reclaman las Leyes sobre Religiones, están contempladas en otras instancias judiciales de Brasil y Argentina. 

Por ejemplo, el caso citado de la difamación o la libertad para expresar una creencia, que están consideradas en distintas instancias judiciales. Suponiendo que alguna cuestión no esté especificada judicialmente, hay que batallar para que se legisle ese punto para todos los ciudadanos y ciudadanas y no para algunos o algunas. Así lo entendieron los evangélicos del primer cuarto del siglo pasado cuando lucharon, junto a otras organizaciones, para abolir el cementerio único para los católicos romanos y pasase a ser de todos, es decir, laico.

Es posible que esta posición sea atacada como profana, es decir, que desaloja a la iglesia del recinto sagrado donde habitualmente se mantiene. Casi seguro que ese término sea suplantado por el de secularismo, que es lo que está de moda para encubrir la discusión franca y abierta sobre el andar del cristianismo en el siglo XXI. 

Hay que reconocer que los cristianos y cristianas tenemos un serio problema en este punto, pues el Primero y Gran Profanador fue el Dios de Jesucristo, que no respetó la distancia entre lo sagrado y lo no sagrado y se hizo un ser humano, según registra una de las principales creencias cristianas. La otra es cuando avasalló la frontera de la muerte.

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