viernes, 11 de septiembre de 2009

¿Qué clase de democracia indecente es ésta?

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

¿Para esto salimos de la democracia inorgánica franquista?

Veamos: Por un lado tenemos a un gobierno que se dice de izquierdas pero sube los impuestos a las clases medias en vez de gravar drásticamente las fortunas; un gobierno que colabora con la infame invasión de Afganistán; un PSOE, el partido político del que procede aquél, que confunde al pueblo al seguir incluyendo en sus siglas el apellido socialista cuando el espíritu del partido es cualquier cosa menos eso; un partido que, por lo mismo, ni es de izquierdas, ni quiere ser de derechas pero sí es sostén de la monarquía y centralista como la derecha extrema y está salpicado de barones meapilas que distorsionan lo laico de un Estado que no acaba de cuajar. Ahí están esos brotes azules que son el Bono ambiguo con sus tics involucionistas y ese mimético Vázquez, embajador en el Vaticano: dos piezas del engranaje pesoísta que parecen salidos de una casa de ejercicios del de Loyola, tan campechanos como hipócritas. 

Por el otro lado tenemos una oposición de extrema derecha plagada de ladrones y de mentirosos que no merece por eso mismo el más mínimo análisis; una asociación de obispos agitadora e infantil liderada por un protagonista talibán, un muyadín que predica cosas peregrinas como rezar el rosario para evitar el botellón. Además, un simulacro de Justicia en los avatares políticos, que ampara a los fascistas declarados para que le ayuden a impedir la consulta sobre la independencia de Catalunya en Arenys de Munt. 

En este mismo orden y por el contrario, allá observamos a un juez que se proponía instruir la causa de la Memoria Histórica al que ha sentado en el banquillo el Tribunal Supremo por presunta prevaricación. El bloqueo virtual que esa misma Justicia hace a la Ley de Memoria Histórica es otro hito repulsivamente destacable en esta democracia de pega. 

Por último, desde Fraga y Suárez, desde Aznar y González, las tres cuartas partes del poder de este país se lo reparten los super- ricos, los falangistas, los clericalistas, los opusdeítas, los neofranquistas, los involucionistas, los nacionalcatolicistas, los ultracentralistas, los autoritaristas, y también, los falsos socialistas.

En lo único que se palpa la democracia es en la socialización de las costumbres relajadas: el botellón, el orgullo gay, el poder follar a braga quitada en cualquier esquina, el que cualquier rufián pueda ser político, saquear luego las arcas públicas, entrar un corto tiempo en la cárcel y al final ir a retirar el producto de la rapiña, del paraíso fiscal donde la guardó. 

Pero es que, además, se puede fumar, escupir, mear, inyectarse a la vista de todos... aunque lo que esperan tantos y tantas: abortar o morir tranquilo, sea una peripecia peligrosa, pues el médico cabrón, el cura reprimido o el falangista de última generación seguro que en el último momento nos lo echan todo a perder: como en todas las dictaduras fascistas.

Para vomitar.

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