miércoles, 9 de septiembre de 2009

Soportar la hipocresía

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Ahora andan los políticos y los medios dándole vueltas al tema de la prostitución, esa serpiente de verano y de invierno a la que prestan atención unos y otros cuando un vecindario se queja a voz en grito... Durante días o semanas van –los políticos- de acá para allá con carpetas bajo el brazo, aplican unos parches en la barriada de turno, y luego entierran el asunto hasta el nuevo tirón de otros vecinos, y de los medios ordinariamente tan necesitados de carnaza. Siempre lo mismo.

Y en medio de esa barahúnda de quejas, de reproches y de amenazas, no falta nunca el: ¡hipócritas!. Porque la hipocresía, en efecto, es bochornosa. Pero tampoco exageremos. A base de montones de hipocresía está construido todo este tinglado que llaman democracia. La hipocresía es precisamente el motor de la ideología conservadora y de la ideología socialdemócrata. La izquierda real es la real enemiga de ella. Por eso nos distinguimos, ellos y nosotros. Por eso, menos aspavientos: estamos acostumbrados a esa bajeza, la materia prima, el paño con que se corta el traje de la democracia capitalista...

Pero puntualicemos. La hipocresía y los hipócritas son repulsivos e indeseables, en la relación interpersonal. Cuando a uno le consideras amigo y llegado un momento descubres que fue contigo un hipócrita redomado y te traicionó, te apena o le maldices. Pero en la vida pública es otra cosa. Todo es hipocresía, todos los que sacan la cabeza por encima de los demás la trabajan, están consagrados a ella: el político, multitud de políticos que dicen una cosa y hacen otra; los periódicos, que condenan la prostitución en portada, y en las páginas de anuncios la facilitan; el PP, que condena a los que no condenan la violencia de ETA pero se niega a condenar el franquismo; la Conferencia Episcopal, que dice en las iglesias una cosa y en su emisora de radio otras; el PSOE, que blasona de socialista y reduce su conciencia social a repartir limosnas en vez de modificar las infraestructuras de la sociedad; eso de enviar ahora a Aganistán a 220 soldados más cuando Alemania e Inglaterra están pensando retirar todas sus tropas, ¿qué es si no hipocresía, adulación a la OTAN y a los yanquis para hacerles creer que somos más “americanos” que los americanos? 

Todos mienten y manipulan, todos son expertos en hipocresía indecente. Y, en este caso de la prostitución al que me refiero al principio, la escandalera que se produce en torno a ella un año sí y otro no, viene por no regularla a conciencia o por no dejar que la gente folle en la calle porque todo el mundo sabe que follar es bueno para no hacer la guerra, que es lo que importa... Además, todos los hipócritas públicos prefieren ser tildados de hipócrita antes que de populistas y demagogos, aunque a la postre sean las tres cosas. 

Y es que, reconozcámoslo, si todos dijéramos realmente lo que pensamos y actuáramos según lo pensado y lo deseado, no hay duda de que saltaría por los aires la paz social conseguida entre todos; entre los vividores y los que renegamos de ellos, de la sociedad hipócrita, de la democracia hipócrita y de ejércitos de hipócritas a los que odiamos pero no vamos a por ellos. La hipocresía pública exaspera, pero también frena. Dosis venenosas de hipocresía localizamos todos los días en multitud de personajes e instituciones. Pero gracias a los ejercicios que hacemos para contener nuestra indignación rebatiéndoles sólo con la palabra y la hipocresía evitamos una nueva explosión social en forma de guerra civil o mundial.

Si se me apura, la hipocresía es positiva. Sólo falta saber identificarla y evitar a los hipócritas. Porque ningún predicador de la moral podría predicar lo que hace, pues presentaría un ideal muy mediocre. No puede predicar lo que hace, sino solamente lo que debiera hacerse y debiera hacer él también. 

Lo que hemos de hacer frente a la hipocresía social no es denunciarla. La hipocresía sólo se combate con hipocresía, respondiendo cada cual como buenamente pueda, con más hipocresía... ¡Viva, pues, la hipocresía!, el único recurso para no liarnos a tiros.

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