viernes, 2 de octubre de 2009

¿Por qué molestarse?

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

A veces tengo la sensación de haber tocado fondo, haber desentrañado las claves del por qué de todo lo horrible que ocurre en el mundo y, además, de las causas de la necedad y la locura de este país. De ha ver dado en el quid de todo eso, sin recursos esotéricos, simplemente por haber calado la naturaleza de las cosas. El tiempo no existe, pero la edad sí, aunque sea la biológica. Y la edad da sus frutos cuando ya pocos los quieren o simplemente no hacen falta...

Y si casi he desencriptado el meollo del trasunto social y político, ¿no se se le quitarán a uno las ganas de reflexionar sobre el funcionamiento anormal de la sociedad y la política, que es lo normal? Y... ¿qué denuncias habré de tramitar que no puedan deponer otros? ¿a qué molestarme en señalar los focos de la contradicción permanente, dónde hunden las raíces del abuso, a qué se debe la condescendencia -cuando no el refrendo legal- de los llamados a corregirlo, a perseguirlo o a evitarlo cuando además de crónico ese abuso se ve inevitable? Como Cándido, ¿habré de concluir que vivo en el mejor de los mundos posibles? Quizá lo que yo he tardado en averiguar, lo saben todos desde hace mucho tiempo. Y quizá es porque, en el fondo, a la mayoría le excita vivir así. A nada conduce, pues, renegar de lo que sólo el paso del tiempo a escala de las edades geológicas, puede remediar. 

Se acusan unos a otros de demagogia. Y, con razón, porque sólo demagogia es lo que hay, no democracia. Y, en consecuencia, también gusto exacerbado por lo zafio, por la porquería, por lo desbocado, por la desmesura y por lo orgiástico, en fin, en el lenguaje de Nietzsche. A este país, visto desde el prisma de los medios y de la política, le gusta la bazofia. Por lo tanto, de poco sirve ofrecerle golosinas... Entonces ¿qué podremos hacer cuando la inmensa mayoría prefiere rebozarse en la basura pero, aunque algunos desperdigados protesten débilmente, nadie se moviliza seriamente para detener la injusticia social?

Por un lado, cada cual reclama para sí seguridad o todo lo más para los de su clase pero siempre en contra de los más débiles, los más desfavorecidos, los menos protegidos. Por otro, todo se dice hacer y se deja de hacer en nombre de la libertad; la libertad para que los demás se mueran de asco y de desprotección. Apenas se equilibra, para sentirla y ejercerla, por un lado la libertad de los que se agrupan porque tienen los mismos intereses, y por otro la libertad de los que carecen de lo indispensable. Se exige al Estado que resuelva problemas ínsitos, escritos, en el propio el sistema, como el del paro crónico, cuando no es el Estado el obligado a crear empleo sino la sociedad; una sociedad que es la que falla. Sin embargo, esta sociedad en su conjunto no reconoce su incapacidad para tirar ella sola del empleo; ni habla ni admite la falta de imaginación y de valentía suficientes para acometer empresas sin esperar opíparos resultados inmediatos, pues éste es el espíritu predominante del empresario capitalista al uso y sobre todo hispano...

Esto es un batiburrillo que parece ideado justo para estar todos contra todos, porque la paz, el respeto y el replegarse en la vida interior no va con este carácter. Alboroto y ruido permanente, pero pocas nueces. Por consiguiente, ¿habré de seguir contribuyendo a la algarabía general que ensordece cualquier calmado juicio de valor que pueda hacerse sobre la gobernación de este país y del mundo capitalista, de las buenas intenciones que se estrellan siempre con el muro de la intolerancia y la depredación? ¿Habré de luchar hasta la extenuación en una sociedad que, en general, huyendo del estatalismo y del Leviatán, el monstruo que todo lo devora, cae en las garras de las corporaciones, asociaciones, agrupaciones, lobbies, empresas sin responsabilidad... tras las que se parapeta tanto canalla, vividor y depredador? 

¡Fuera el Estado!, dicen los opulentos hasta que se ven precisados a pedirle socorro aunque no lo necesitan y sólo es para incordiar. Lo gritan precisamente quienes dan lugar a que en este país la carga fiscal sea la más baja y el fraude fiscal sea el más alto de la Europa de los 15. ¡Vengan los entes nebulosos!, esos millones de personas jurídicas en las que se cobijan tantos que pasan gran parte de su vida en los paraísos, fiscales y de los otros, mientras millones de trabajadores luchan casi en silencio por su dignidad mientras aquellos se burlan de ellos muy lejos... 

¡Adelante!, pues, el capitalismo. Pero veámoslo sin afeites, descarnado para mejor hacerle frente. Por eso, antes de registrar los disparates, las leyes que protegen a los ricos, etc, etc habría que empezar rogando a los líderes del partido político de los que gobiernan este mosaico de nacionalidades que se detestan entre sí, que arranquen de cuajo de sus siglas las palabras "socialista" y "obrero". Pues en parte esta treta y otras parecidas son las trampas de las que el capitalismo se vale para no tener rivales o devorarles. Cuando veamos a todos los políticos, incluidos los que se llaman socialistas que participan de la tarta del poder, tal como son, me aprestaré de nuevo a participar en la eternamente inacabada lucha de clases...

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