lunes, 23 de noviembre de 2009

¡Basta!

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

La ciudadanía no tiene un pelo de tonta. Pero sabemos que el ser humano es, en conjunto y filosóficamente, un necio. Que es un necio lo prueban infinidad de cosas, pero entre ellas la asombrosa capacidad en tanto que ser zoológico para hacerse todo el daño posible unos a otros, y para haber destruido su propio hábitat a lo largo de no más de medio siglo. ¿Hay que demostrarlo más?

Por consiguiente, todo lo que haga o deje de hacer colectivamente el ser humano (sobre todo si es hispano), es decir, como miembro del rebaño, del hormiguero o de la colmena hay que ponerlo en cuarentena y observación. Y una de las cosas que se le ocurrió para organizarse cada colectividad es, la democracia inorgánica: unos pocos se postulan para gobernar en cada país y en cada pueblo, y millones eligen a unos cientos aunque nada saben sobre ellos a priori; es decir, sobre su rectitud y su virtud; esto es, de su sentido y predisposición al bien de todos llamado jurídica, moral y políticamente "bien común".

En tales condiciones todo se resuelve eligiendo, por procedimientos aritméticos, a unos representantes. Al principio nadie sabe cómo va a resultar el experimento. Pero poco a poco la ciudadanía va descubriendo la ralea de aquellos que se ofrecieron para pastorearla. Y llega un momento en que la ciudadanía se da cuenta de que para que su sociedad funcione y se resuelvan los problemas que en buena medida ocasionan los propios políticos, las policías, la justicia y los medios que los divulgan y generan ellos mismos, ha de elegir entre poco sinvergüenzas, razonablemente sinvergüenzas y muy sinvergüenzas, pero todos sin remisión sinvergüenzas, mentirosos y trapaceros en uno u otro grado.

Las tragaderas de los que votan oscilan mucho. Van desde la que tienen los abusivamente enriquecidos, los bien situados y los muy acomodados que, esté quien esté al frente de las naves, seguirán disfrutando de los privilegios, hasta los ilusos que imaginan que estarán mejor aunque luego material, moral, pedagógica y culturalmente vayan de mal en peor. Los que se dan cuenta de la trampa a medida que pasan las legislaturas, van abandonando el barco de la res publica y dejan de votar. Así, con la abstención o votando sin criterio, se van reduciendo cada vez más las posibilidades de comparecer en la política gente honesta con sentido de servicio a la comunidad. El proceso se acelera hasta quedar toda ella en manos de bribones. Así es cómo la democracia inorgánica se va desvelando como lo que es: un mecanismo puesto al servicio de los poderosos entre los que figuran en mayoría los patricios. Así el pueblo, la ciudadanía, el grueso de la colectividad quedan descolgados del reparto del bienestar material, del respeto de aquellos, del bien común y del interés por la política.

Se me objetará: entonces ¿qué sistema articular si dicen sus beneficiarios que la democracia inorgánica es el menos malo de los sistemas posibles? Hay varios que propician mucho más el conocimiento previo y el control que requiere su nominación el gobernante por la ciudadanía. Y todos empiezan por la constitución del Estado Federal, la supresión de las listas cerradas y la elección directa de los candidatos al poder central, el territorial y el local.

Mientras que esto no sea así, las insidias, la corrupción, la malversación, el cohecho y los abusos de poder sin límites irán a más; la fatiga y el desinterés por la política se va apoderando de las grandes masas de población. Lo que a su vez facilitará la llegada de aquellos y aquellas que, haciéndose pasar por políticos o sin simularlo, se declaran como los mejores fulleros, ventajistas, ladrones y criminales a sueldo de lobbies y multinacionales: lo que Chávez y el comunismo no decadente, como el de China, tratan de evitar o remediar en algún modo.

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