viernes, 11 de diciembre de 2009

Abrirnos a la sorpresa

José Carlos García Fajardo (CCS)

En una entrevista a la bióloga Lynn Margulis, una de las principales figuras del evolucionismo mundial y defensora de la simbiogénesis, teoría que explica el mecanismo de la evolución que Darwin no pudo resolver, nos sorprende con esta afirmación: “En Estados Unidos, si no crees en Dios, eres un asesino”.

Después, reflexionando sobre las ideologías que sustentan la política de ese admirado país, ya no sorprende tanto. Es una gran nación que se originó con la llegada de unos peregrinos iluminados que huían desde Inglaterra como si fuera del antiguo Egipto, para atravesar el Atlántico, como si fuera el Mar Rojo, en busca de “la Tierra prometida” diz que por Yahvé a Moisés. Aunque para ello eran conscientes de que tenían que exterminar a los nuevos cananeos, filisteos, amorreos, presentes ahora bajo el avatar de sioux, comanches, cheyenes, y demás pueblos asentados en esa “Tierra prometida” que Dios les había reservado.

Llevaron a cabo el mayor genocidio de la Humanidad.

Más duradero y constante que el infame comercio de esclavos realizado por europeos cristianos por el que padecieron millones de seres humanos. Al fin y al cabo, como escribe un notable dominico a Carlos V, “como los negros no tienen alma” podían emplearse en trabajar de sol a sol cosa que “las gentes de estas tierras, por su flaca complexión, no sirven”.

Los peregrinos del Mayflower no dudaron de su misión trascendental que no admitía ni conversión ni mezcla alguna. Ellos eran “el pueblo elegido”. Cosa que aún siguen creyendo algunas personas que, en el Estado de Israel, actúan con ese racismo estremecedor que llama goyim a los que no han sido “elegidos” por un dios inclemente y excluyente.

De la ignominia de la esclavitud aún se salvaron personas que mezclaron sus sangres con indígenas y con europeos pero, en el caso de Estados Unidos, por el exterminio, ni un solo “piel roja” ocupó cargos en la administración ni en la jerarquía eclesiástica.

En el año en que se celebra el 150º aniversario de El origen de las especies, de Charles Darwin, es interesante escuchar a esta científica norteamericana ante la acometida de neoconservadores radicales en la vida social norteamericana.

La gente cree que Darwin dijo que el mecanismo de evolución es la selección natural, pero eso no tiene sentido. Él sabía que hay una fuente de cambios hereditarios, pero no conocía el mecanismo que los genera. Darwin tenía razón, existe un proceso de evolución y de selección natural. Demostrado gracias a experimentos de bioquímica que no existían en su época. Ahora sabemos que todos los seres vivos tenemos un pasado común y que procedemos de un linaje, pero aún no se ha establecido cuál es la fuente de esa innovación que da lugar a las nuevas especies.

La bióloga trata de explicarnos la simbiogénesis con el ejemplo de los líquenes que son una simbiosis de hongos y algas, una fusión en la que el liquen no tiene ningún parentesco con sus especies de origen. La simbiogénesis forma esas nuevas especies, y la selección natural las escoge y las mantiene. Esta teoría no está en contra de Darwin. La selección natural no es generadora de cambios. Los que dicen que la evolución se basa en mutaciones al azar se equivocan.

“Lo único que sé es que al final nos extinguiremos todos, como le ha pasado al 99,9% de las especies de la Tierra. El destino de la vida es la extinción, esto es selección natural. Las especies tienen un tiempo de vida de unos nueve a once millones de años. En el caso de los humanos sucederá antes, dentro de unos dos millones de años, aunque ya veremos qué pasa cuando nos quedemos sin petróleo y sigamos con este comportamiento tan poco respetuoso con el medio ambiente. Sobre mi teoría creo que tendrá más éxito fuera de Estados Unidos, donde la gente opina que “si no eres religioso eres un asesino y no puedes hacer nada bien”.

Parece que el 71% de la población de Estados Unidos está en contra de la evolución y piensa que Dios creó la Tierra y las especies hace 6.000 años. “Eso no es ciencia, sino una ignorancia peligrosa, dice Lynn Margulis. “Pero la ciencia no es eso, es aprender, estar rodeado de conocimiento y no sé cómo la gente no siente curiosidad por su mundo. Pero habrá que reunir a los que estén abiertos a la sorpresa”. Aunque se puede fanatizarlos ya que una proposición no necesita ser verdadera para arrastrar a las masas.

José Carlos García Fajardo es profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS.

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