Víctor O. García Costa (especial para ARGENPRESS.info)
Siempre hemos pensado, y así lo hicimos saber entonces al canciller argentino Guido Di Tella, que tanto el ciudadano como el escritor Abel Posse estaban en libertad absoluta de decir y escribir sobre lo que creían y pensaban, así como de alinearse junto a los "godos" frente a los "criollos" en la secular lucha ideológica de los argentinos y hasta de pretender pasar en sus escritos, de contrabando, sus europeos amores.
Pero el embajador Posse no tenía esa libertad y mucho menos desde la representación que ostentaba de la Nación Argentina, que había nacido, precisamente, ese 25 Mayo de 1810, y menos aún utilizando su ironía para ridiculizar, tratando de inconscientes manejados y de provocadoras sexuales a los hombres y mujeres que con sus virtudes y sus dedefectos habían hecho posible la existencia de esa Argentina que era fundamento de su representación diplomática.
El embajador Posse se burló entonces cínicamente de los orígenes revolucionarios de la Nación a la que él representaba en Praga en forma onerosa, y lo hacía reiterando una antihistórica interpretación "goda" que remató con la insensata convocatoria para que los argentinos nos hiciéramos suizos.
El debate entre "godos" y "criollos" no es nuevo entre nosotros, al punto que es muy anterior a la propia Revolución de Mayo, pero es a partir de ella que cobró definitiva significación.
El artículo del embajador Posse fue un pretendido nuevo acto de erostratismo, como el que para trascender cometió Eróstrato, que mandó quemar el templo de Diana en Efeso, seguramente esperando que algún otro Teopompo lo hiciera figurar en la Historia.
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