lunes, 14 de diciembre de 2009

España: Una sociedad hipersexualizada

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

I El tránsito desde el punto de vista sociológico

Consideremos el tránsito en España de la dictadura a la democracia desde el punto de vista sociológico, y encontraremos las claves para entender buena parte de los fenómenos sociales, políticos, mediáticos y humanos que desde que comenzó la dictadura hasta nuestros días nos escandalizan, o al menos escandalizan a los que tuvieron un sentido ático o equilibrado de la moral. Aquellas generaciones no tenían criterio propio.

Todo era cribado por la tesis oficial para no dejar vestigios de pensamiento comunista y de ateísmo. No había Inquisición, pero tampoco era necesaria. Raro fue el que, en la postguerra y después de ella no se conformó con no haber perdido la vida y no se sometió públicamente enseguida a los edictos del tirano. Si acaso alguna excepción de aristócratas tomados por excéntricos, y de algún empresario perdido con una conciencia social más llamativa que pasaba por ser original. En todo caso, gente acomodada. Unos, porque siendo los perdedores, bastante tenían con atender a su supervivencia y la de

su familia, y los otros porque, al amparo del privilegio que tiene siempre el ganador de una contienda, amasaban o acrecían su riqueza. En suma, la sociedad española en su conjunto no pensaba, ni podía pensar, y mucho menos podía incurrir en desacato hacia las pautas del Régimen y las sotanas. No era oficialmente una teocracia: era peor, pues las leyes penales eran religiosas y la moral religiosa se imponía penalmente. No se sabía realmente quién mandaba, si el general o el arzobispo.

Porque, aun en libertad las personas están atrapadas en su tiempo. Y con mayor razón cuando sobre ellas pende la punta de una espada. Hasta los grandes pensadores y los genios están sujetos a esa regla. Todos nos pertenecemos a la Era en que vivimos aunque evolucionemos intelectiva y moralmente. Pensamos, hablamos y escribimos, y algunos por delante de su tiempo, pero siempre dentro de unos márgenes previsibles pese a la hondura o la genialidad. Y cuando no son previsibles, el pensamiento será sueño, fabulación o utopía. Los que intentan salirse de su tiempo lo pagan a menudo con la salud mental, algunos con la persecución, otros con la pérdida de la libertad cuando no de la vida. Pero las aventuras intelectivas, aunque vayan muy lejos y rompan moldes, son como el camino de la hormiga de un agujero a otro más lejano del hormiguero: siguiendo la senda gregaria, se aparta levemente de la misma, atenaza una brizna y vuelve a la senda. Si esto hacen las cabezas extraordinarias, ¿qué decir las del simple mortal y en especial en las sociedades oprimidas? Pues eso sucedió en los 43 años de franquismo.

Pues bien, aquella sociedad, aun la de los últimos tiempos y en comparación con las sociedades de la vieja Europa, sobrenaba en la pobretería (un estado intermedio entre la miseria y un pasar) consecuencia de la autarquía (los cresos tenían la tácita consigna de disimular su riqueza) y estaba sometida a una aguda represión sexual; especialmente la mujer. La desigualdad entre los socios del régimen y la inmensa mayoría era notoria, y más notoria todavía la que había entre los nulos derechos de la mujer y los del hombre que eran todos. Por lo que se refiere a la represión sexual, la Iglesia nacionalcatolicista se encargaba de inocularla desde el púlpito entrando en cada hogar y en cada centro de enseñanza. Su aplicación práctica, tanto en el ámbito público como en el privado, era de arbitrio policiaco y de las leyes penales y civiles. Este era, pues, el caldo de cultivo de la estrechez en todo, tanto material como sexual y todos éramos hijos, públicamente sumisos, de la tiranía.

Se puede comprender así que en 1978, nada más entronizada la Constitución por los albaceas testamentarios del dictador, los españoles vieran en la nueva democracia un pistoletazo de salida para el enriquecimiento urgente, y para liberar la libido aprisionada.

Y allá fueron tras más riqueza los ya ricos y luego los mejor situados de la política emergente y del funcionariado, ansiosos de la ocasión que nunca tuvieron. Y allá fueron los reprimidos y las reprimidas sexuales tras lo que no habían disfrutado. Así es cómo el dinero en tanto que un derecho social robado, y la sexualidad en tanto que un derecho natural mutilado, adquirían una potencia inusitada. Se había roto el siniestro cofre de la represión que estalló en la desmesura en casi todo… menos en cultura.

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