viernes, 11 de diciembre de 2009

"Una oreja en el pueblo, otro en el Evangelio": La huella del indio

India Rodríguez (ACTA)

En Las Lomitas, Formosa, el padre Francisco Nazar Anchorena o simplemente Francisco a escasos minutos de comenzar la misa del domingo a la tarde habla de esta provincia, de su vida y el desafío de tener una oreja en el evangelio y otra en el pueblo como dijera Monseñor Angelelli.

¿En qué momento decide quedarse en Formosa?

Soy porteño de nacimiento. Hace 38 años que estoy en Formosa y mi decisión fue hace muchos años, cuando la Iglesia Católica hizo su opción por los pobres. Era un movimiento muy fuerte por un socialismo, una opción que estaba en toda América Latina. Un día nos invitaron a ir al Chaco, donde había indígenas y fuimos a Misión Nueva Pompeya.

Era un 9 de julio. Me impresionó ver una enorme cantidad de wichís, indígenas mujeres con niños en brazos, jóvenes, hombres, ancianas y ancianos wichís. Me impresionó ese rostro indígena, ese rostro latinoamericano y me pareció algo increíble, un privilegio estar delante de lo majestuoso, lo milenario, lo original, la sangre pura…Tantas cosas que sentí algo, una fuerza del espíritu, que me decía “vos tenés que seguir las huellas de esta gente”. Entonces, como dicen acá en el norte, “quien pisa la huella del indio, vuelve y la sigue”. Seguir la huella del indio, ha sido descubrir que mis mejores maestros han sido ellos, los indígenas.

¿Alguna vez pensó en volver?

No, jamás. Voy a Buenos Aires por que tengo mi familia. No me gusta Buenos Aires. Este andar con la gente, no solamente con los pueblos indígenas, lleva muchas horas de sentada, de escuchar, de aprender, de preguntar, de debatir interiormente eso que creemos que es la única cultura. Ahí uno se da cuenta que el camino es ir abriendo el corazón al otro, a su cultura pero, no desde un etnocentrismo, si no desde el otro mismo. Creo en el diálogo intercultural y creo que en todos nuestros países y organizaciones, se debe tener muy en cuenta la cultura de los pueblos y la riqueza que es la diversidad. Una vez alguien me dijo “vos sabés que el arco iris son distintos colores. Pero el arco iris no es arco iris sin todos esos colores. Cara uno de esos colores está para resaltar el color de los demás”.

¿A qué atribuye Usted la dificultad de aceptar la interculturalidad?

Nosotros hemos tenido una formación más europea, nos han contado la historia oficial del indio salvaje, matador y violento. No es fácil cambiar estructuras mentales. Quizá lo más difícil sea cambiar los contenidos de conciencia. Los nuestros son conceptos muy coloniales que todavía perduran. No solamente en relación a la interculturalidad, si no también en relación al género, a todo lo que sea diversidad.

En Ingeniero Juárez, llama la atención la capacidad, de invisibilizar a los indígenas. Entra un indígena a un almacén y nadie le pregunta qué desea. Esta es la mente colonial, que hace pensar que el indígena es menos, que no vale, que no es persona. No se dice, pero se ve. Y uno lo ve en todos lados. Es muy difícil que un indígena se siente en la mesa de un blanco. Todavía es muy difícil. En la zona de Ingeniero Juárez, se vendieron 60.000 hectáreas de tierras, de campos, con indígenas adentro. Como si fueran un árbol o un conejo. Esa concepción está muy arraigada y la gente pregunta ¿es indígena o es cristiano?

Todavía siguen debatiendo si tienen alma o no.

Quizá no lo piensan de esa manera. Pero eso de que es algo inferior y que es indio, aparece mucho cuando la gente hace su manifestación. Cuando los indígenas manifiestan, ahí aparece toda la violencia discriminatoria.

¿Cómo interpretan los indígenas, esta otra visión que les devuelve la mirada del otro?

Sus ojos miran la discriminación con sorpresa, sin entender. Es algo que es, pero que no entienden por qué es así. En el mundo wichí, toba o pilagá, por lo que veo… la felicidad de ellos o el sentido que tienen de su vida es que el otro sea, que sea persona y que sea feliz. El bienestar del otro. Siempre lo desean así. Saben que tiene que convivir con otros pueblos y otras culturas. Entonces, no tienen ojos discriminatorios. No discriminan, porque cuando cualquiera llega a sus casas, son muy hospitalarios. Les gusta que uno se siente y coma. O tomar mate o tereré. También ir juntos a buscar la miel, a mielear, como dicen acá, o a iguanear. A ellos les gusta. Y es una señal de que ahí hay una convivencia espiritual de armonía y de paz.

Dentro de la institución Iglesia en general ¿qué pasa con la pastoral aborigen?

La pastoral indígena ha ido cambiando. Hay que reconocer que estamos en otros tiempos. No se puede hablar de un solo pensamiento dentro de la Iglesia. Así como hubo Bartolomé de las Casas y Montesinos y muchos otros que lucharon y defendieron a los indígenas, también hubo aquellos que decían que no tenían alma. Pero, dentro de lo que es la opción por los pobres, está la opción por los pueblos originarios, que hizo que en la Iglesia también nos diéramos cuenta que había muchas estructuras y concepciones que debíamos cambiar.

Cuesta mucho, pero también está por ejemplo, el Documento de Aparecida (Brasil,30-05-07) que han escrito los obispos latinoamericanos, en el cual se habla de descolonizar las mentes. O sea que hay lenguajes favorables. Pero también hay otra realidad que es la realidad de los pueblos originarios del Gran Chaco, que sería Chaco, Formosa, Salta. Son gente muy religiosa, y hay muchas iglesias evangélicas, y con algunas trabajamos juntos, otras son más fanáticas y se dificulta. Pero es una realidad que hay que tener en cuenta y trabajar desde ella. No se puede construir desde los ideales o del sueño negando la realidad.

¿Qué enseñanzas ha recogido de estos 38 años en Formosa?

Diría que nuestro país, es un país maravilloso. Pero, para lograr una mirada realmente llena de diversidad hay que mirarlo desde las provincias, dejando de lado la concepción hegemónica de Buenos Aires. Esta es una de las enseñanzas que he recibido.

Otra, es la aceptación de la diversidad. Aceptar no solamente, al otro en su cultura, su mirada, sus relatos, su cosmovisión. Si no también en sus proyectos, sus sueños, que son posibles, con los muchos valores que tiene. Es la potencialidad del diálogo para poder construir juntos. Esto es importante, no solamente, en la vida de los seres humanos y de los pueblos, si no que también es estratégico. Porque el poder central, el poder económico, quiere unificar todo. Quiere que todos pensemos igual, que todos comamos hamburguesas y usemos tal marca de celular.

En el mundo, esto es muy peligroso. Tenemos que darnos cuenta de que la lucha por las hegemonías no es solamente interna, si no también universal Como decía Mafalda, lo inmediato no nos permite ver lo importante.

¿Qué cosas han cambiado y cuáles siguen vigentes en esta opción de los pobres?

La opción por los pobres no es fácil, pero vale la pena. Esta opción no es algo que se pone afuera, si no que te mete dentro y la vida para vos es ahí adentro. No es para ellos o por ellos. Si no que estás dentro y vas caminando como uno más, compartiendo la vida, las luchas…

¿Usted es Nazar Anchorena le pesa el apellido?

Sí. Me pesó mucho. Ahora que tengo 68 años, menos. Pero me pesó por dos cosas. Una es el apellido, porque mi apellido Nazar es de la oligarquía. Pero después pensaba, bueno, el Che era Guevara Lynch, la misma cosa. O Carlos Mugica, Ernesto Cardenal.

Después pesaba también el hecho de ser cura. En los pueblos indígenas, la iglesia vino con los militares. Y muchas veces la gente desconfiaba. Entonces me dije, bueno, no voy a hablar de la Iglesia. Quiero dar mi vida. Y dándola es una forma de pedir perdón. Reconozco los horrores que se han cometido, acompañado y silenciado en las matanzas de pueblos indígenas. Reconozco que la Iglesia tuvo participación, pero estoy convencido de la vida de Jesús y su evangelio y sigo. Esto me da mucha fuerza porque la Iglesia pasará, pero el Reino no va a pasar.

¿En términos políticos cómo ve a Formosa?

En mi provincia no veo que la democracia esté al servicio de los más pobres. Las tierras, los bosques, se están entregando y destruyendo. De la ley que impulsó Bonasso, (Ley de presupuestos mínimos ambientales para la protección de los bosques nativos) acá se matan de risa y siguen saliendo de la provincia algarrobos y quebrachales a la par que van expandiendo la soja. Por otro lado, se ve mucho clientelismo. Un caso: en Las Lomitas, los wichís lograron distribuir directamente ellos durante tres años un plan que venía de Nación y así evitar toda mediación. Pero, ahora la provincia se los sacó y tienen que volver a depender del diputado o del puntero.

También hay cosas que se están haciendo. En esta provincia se han hecho muchas obras. Es notorio que eso ha venido desde Buenos Aires, por supuesto, como una recompensación histórica a la provincia. Pero después, todo lo que hace a la democracia, a la participación ciudadana, a los grupos. Hay demasiados intereses.

El PJ tiene una variedad muy grande, un espectro muy amplio. En esta provincia, tenemos la ultraderecha, porque el gobierno de acá está aliado con la Sociedad Rural, y también con el Gobierno Nacional. Entonces está inaugurando la Sociedad Rural acá y después se va al acto de Kirchner cuando habló en contra de la Rural.

¿Cómo es posible que en una provincia por la que pasa el trópico de Capricornio se entreguen casas que a los seis meses se están cayendo y, por si fuera, poco tienen techos de chapa?

Eso es una realidad, porque la gente conserva la casa antigua, que es con techo de paja y paredes de adobe. Sobre un palo, tipo sauce, finito, que le llaman palo bobo, la gente va poniéndolo bien ordenadito y encima pone ramas y palmas que son frescas. Esto es lo que decía de la mirada ajena. Todo se hace desde la óptica de Buenos Aires. En Buenos Aires dicen: La chapa es más barata.

Y se hace con chapa, porque se juzga que contemplar la diversidad es hacer todo más problemático. Además las viviendas son un problema en la provincia, no solamente con los indígenas. Porque las terminan de hacer y no las entregan.

En Ingeniero Juárez se comenzaron a ver los primeros avances sobre las tierras de criollos que son expulsados, perseguidos y hasta encarcelados por negarse a abandonar sus propiedades ancestrales. ¿Puede pensarse a corto plazo la unión de aborígenes y criollos, tras un objetivo común, detener esta política de despojo?

Los indígenas, hace cinco o seis mil años que están en todo este territorio. Después de la conquista del desierto, fueron entrando los criollos, con sus haciendas. Al principio la relación era muy mala, pero después pasaron generaciones y ahí están.

Ahora están en una búsqueda conjunta. Creo que va a ser posible. Está el caso del lote fiscal de Salta, en la zona del Chaco Salteño. Ahí están los indígenas y criollos haciendo articulaciones y pactos. Y acá también han empezado. Es lento el proceso, pero va caminando. Nosotros tenemos que favorecer eso. Todos los que somos víctimas de los sistemas que hubo y todavía hay en nuestro país, tenemos que buscar articulaciones, dejar muchos preconceptos también para unir esfuerzos y seguir adelante.

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