martes, 19 de enero de 2010

España: El eterno problema de la calidad televisiva

José Carlos Rueda Laffond (CCS, especial para ARGENPRESS.info)

La televisión es perversa y sus contenidos son cada vez de peor calidad. ¿O tenemos la televisión que nos merecemos?.

Ambas cuestiones son simplificadoras, y probablemente no admiten una respuesta categórica. En un sistema de múltiples operadores comerciales, la oferta es amplia y diversificada, y sin duda ésta puede someterse a múltiples operaciones de “uso y gratificación” por parte de eso que llamamos audiencia, y que no es otra cosa que un agregado de individualidades: los espectadores.

El debate sobre la calidad televisiva no es nuevo. Daniela Cardini ha recordado que, en realidad, encubre lecturas muy distintas, ya que puede ser interpretado a partir de muchos síntomas, en ocasiones contradictorios entre sí: las posibilidades de producción, las carencias estéticas, la falta de ética, el recurso a estereotipos sociales negativos u ofensivos, la manipulación y la censura… Por su parte, Lorenzo Vilches ha recordado que el viejo mito de la “televisión educativa”, formulado como frontispicio de la función social de los servicios públicos europeos en los años sesenta, se quedó muchas veces en eso: en un mito, dado que las utilidades de la televisión se orientaron con celeridad hacia otros aspectos (la información y, por supuesto, el entretenimiento).

¿Una televisión pública es, por definición, de mejor calidad que un régimen de competencia donde tenga cabida la multioferta de las cadenas privadas? Durante los últimos años del franquismo se multiplicaron las lecturas negativas sobre TVE. Coincidiendo con el momento de su definitiva implantación socioterritorial –con audiencias que podían llegar ya a dieciocho o veinte millones de espectadores-, arreciaron también las críticas acerca de la calidad de los contenidos. El prime time se espectacularizaba y banalizaba de modo creciente. Sin embargo, conviene recordar un factor que fundamentó muchas de esas invectivas: denunciar la televisión era denunciar el franquismo, su política dirigista, la irrupción de un colonialismo cultural que venía de la mano de las series americanas, la intención del poder por asegurarse unas “audiencias domesticadas”… La televisión era un bálsamo social en tiempos revueltos y un factor decisivo de desmovilización crítica. Hoy por hoy ese recuerdo televisivo probablemente no se identifica ya tanto con aquel régimen, sino que abre la puerta a una nostalgia idealizada (e idealizadora) sobre las tardes ante el televisor merendando bocadillos de nocilla. Los llamados por Javier Rey “anuncios remember” son una buena expresión de esa perspectiva emocional revisionista, que se proyecta desde la memoria vivida sobre la televisión en blanco y negro.

Un aspecto que tensa el asunto de la calidad televisiva puede rastrearse en el terreno de la representación de la historia. Ésta se ha construido tradicionalmente a partir de la producción y difusión de documentales de carácter didáctico, pero hoy este tipo de programas suelen situarse, por lo general, lejos del prime time y del interés del espectador. Además, no han faltado las críticas sobre su calidad o su sentido sesgado. Julián Casanova, por ejemplo, denunció que el capitulo dedicado por la serie Memoria de España a la Guerra Civil obviaba la responsabilidad del conflicto y vulneraba la memoria histórica. La BBC ha sido, durante décadas, el paradigma de cadena pública de calidad. Muchos de sus documentales históricos recientes son, en realidad, dramatizaciones de hechos o personajes históricos. Este fenómeno es una muestra de la confusión e hibridación de géneros televisivos. Otro programa (Curso del 63) es la adaptación española de dos programas matrices europeos.

Resume, en sí mismo, todas las críticas que puedan hacerse a la telerrealidad que sigue la estela del Gran Hermano. Sin embargo, ha servido para suscitar un debate televisivo sobre el principio de autoridad en la escuela y ha propuesto un escenario inédito en España para la interacción entre recreación del presente y el pasado…

Recreación artificiosa, sí, pero recreación al fin y al cabo.

José Carlos Rueda Laffond es profesor de Historia de la Comunicación Social en la Facultad de Ciencias de la Información de la Univerisdad Complutense de Madrid.

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