miércoles, 26 de mayo de 2010

Puerto Rico: ¡Que sigan los abusos!

Pedro Aponte Vázquez (especial para ARGENPRESS.info)

La Historia demostrará que lo mejor que ha podido sucedernos a los boricuas es que un sector mayoritario de los electores haya optado por escoger en el 2008 a un equipo de políticos serviles que actúan cual enfermos mentales o, en el mejor de los casos, como meros ineptos quienes, a su vez, escogieron a una manada de mediocres al servicio incondicional –todos ellos– del gobierno interventor de Estados Unidos.

Basta con observar la inseguridad con la que se expresa quien se dice que es el Gobernador de la hoy día desafortunada nación caribeña, la vulgar desfachatez que irradia el presidente del Senado y la nerviosa ira y la mirada vacilante que caracterizan al Jefe de la Policía colonial. Eso es sin duda lo mejor que ha podido sucedernos y nos conviene que la situación empeore; se lo aseguro.

Cuando, a raíz del ataque a tiros en el hemiciclo de la Cámara de Diputados de Estados Unidos por militantes del Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador el 1ro de marzo de 1954, el periodista Teófilo Maldonado le pidió a Albizu su reacción, el prócer le dijo que “nuestra paciencia” había confundido a los yanquis. “Nuestra fe en el Derecho –le explicó–, nos dio una infinita paciencia para resistir los desmanes del poder ocupante norteamericano. Esa paciencia nuestra ha confundido a los dirigentes de Estados Unidos que nos catalogaron entre los pueblos pasivos de la Tierra y los llevó hasta la insolencia de que, siendo víctimas de su imperio, pretender reclutar a nuestros hijos por la fuerza para servir a sus fines imperialistas en el mundo entero”.

Por vernos tan pacientes, tan pasivos, tan sumisos, el gobierno interventor no esperaba una respuesta a tiros del Movimiento Libertador a sus atropellos y agravios, a solo cuatro años de la insurrección de octubre, como no lo esperan sus marionetas del actual gobierno colonial. No lo esperan porque han observado que los boricuas poseemos una inigualable y nada envidiable capacidad para soportar y asimilar las tropelías del enemigo invasor y hasta de sus incondicionales espoliques. Cierto es que tenemos un envidiable historial de heroico combate militar incluso en climas de bajas temperaturas a pesar de nuestro origen tropical, pero eso ha sido a las órdenes del colonizador y en defensa, no de nuestros intereses, sino de los suyos. El invasor sabe que somos capaces de asimilar numerosas humillaciones y abusos de poder, como lo demuestra el hecho de que el ya extinto Ejército Popular Boricua-Macheteros nunca llegó a asestarle al enemigo un merecido golpe, ni siquiera un jab, en represalia por el asesinato de su comandante, Filiberto Ojeda Ríos. En un acto de incomprensible imprudencia –por decir lo menos–, un supuesto sustituto de Ojeda Ríos se conformó con anunciar para consumo público que la hoy difunta organización clandestina estaba en espera de que el Pueblo le dijera cómo responder ante semejante acto de terrorismo de Estado.

Mientras el supuesto comandante Machetero espera pacientemente instrucciones de la patria de Albizu, de Betances y de Antonio Valero de Bernabé, el yanqui se afinca cada día más y el servil gobierno colonial pone en precario las principales entidades culturales del país; desmantela la estructura gubernamental de indispensables servicios que el Pueblo necesita con urgencia; se esmera en mejorar las finanzas de sus benefactores y carga a palo limpio contra quienes osan oponerse al ultraje. Todo esto lo hace a rajatabla bajo el manto protector de una terrorista Fuerza de Choque de un cuerpo policial bajo el mando de un agente del notorio FBI, el mismo FBI que emboscó y asesinó en su propia casa a Ojeda Ríos –el heredero histórico de Albizu.

Pero no vaya usted a creer que el jefe del terrorismo policial se anda con disimulos. Así como el FBI seleccionó el día de la conmemoración de la insurrección boricua contra el imperio español para asesinar a Ojeda Ríos; así como el Gobernador de turno años antes había calificado de “héroes” a los policías asesinos del Cerro Maravilla, el nervioso y vacilante jefe de la policía también ha llamado “héroes” a los subalternos que se amotinaron hace unos días en un hotel de lujo de la capital y atacaron con macanazos y gas pimienta a estudiantes y trabajadores indefensos que protestaban pacíficamente –como no nos cansamos de hacerlo– por los abusos que venimos encarando estoicamente, hora tras hora.

Más aún, el segundo en mando en la policía terrorista colonial demostró su grado de valentía personal cuando procedió a patear en los genitales –para luego negarlo y después justificarlo– a un estudiante que gritaba de dolor mientras otros tres policías terroristas lo mantenían inmovilizado en el piso luego de propinarle tres descargas eléctricas. ¿Qué fuerza moral tendría un supervisor para disciplinar a sus subalternos cuando, transformado en bestia, disfruta de violar la ley y el propio reglamento por el cual se supone que él y los otros se rijan? Funcionarios como ese necesitamos con urgencia en todas las entidades gubernamentales, pues al pueblo de Puerto Rico le conviene que todo esto continúe y que cada día sea peor. Antes que pedir la renuncia o la destitución o el encausamiento de ese superintendente auxiliar, los independentistas debemos pedir que lo nombren secretario de justicia, mejor aún que nada sepa de Derecho.

Por fortuna ya empiezan a brotar visos de que estamos comenzando a impacientarnos como Pueblo, aunque sea un poquitín –comenzando, sí, pero algo es algo. Hasta personas de tendencias conservadoras ya se preguntan, si bien retóricamente y por lo bajo: “cuándo alguien le dará su merecido a esta gente”, en referencia a los abusadores jitlerianos de la policía colonial y a los serviles traidores de la patria. Algunos recuerdan que, hace unas décadas, el comandante mismo de la fuerza de choque murió a tiros durante uno de los amotinamientos policiales dentro de los predios de la Universidad de Puerto Rico y que, unos años antes, dos boricuas habían atacado a tiros la propia Casa Blair, residencia provisional del presidente de la metrópoli.

Pero la triste realidad es que, para que eso ocurra, para que el Pueblo se levante con piedras en las manos y CESE DE DIRIGIR LA VIOLENCIA DE SUS ARMAS HACIA SÍ MISMO, falta mucho por suceder, tratándose como se trata de una nación que desconoce sus propios actos heroicos o, cuando los conoce, los rechaza porque es lo que le han enseñado; una nación que se ha acostumbrado a las falsas dádivas de sus explotadores; que arrastra la rémora del “Ay bendito”; que acepta lloroso y resignado, porque confía en los tribunales, que un invasor asesine impunemente a sus ídolos.

Para que el Pueblo opte por rebelarse, los electores deberán haber cambiado al actual Gobernador mequetrefe por la versión boricua de Hitler que tienen en el Senado; haber soportado por varios años más los bárbaros insultos y atropellos de muchos otros funcionarios designados y de políticos electos mediocres y engreídos, así como más patadas en los genitales del Pueblo, mientras más fuertes, mejor. Años después de que esto suceda, cuando ya los amotinamientos de las fuerzas de “la ley y el orden” complementadas por militares de la llamada Guardia Nacional y los insultos groseros de políticos yanquis y nativos sean cosa cotidiana, cuando nos percatemos de que, por nuestra paciencia, hemos sido por décadas el hazmerreír del resto de la América Latina, entonces finalmente comenzaremos a ponernos de pie y, como el Pueblo haitiano, atacaremos a palos y pedradas a nuestros propios duvaliers y echaremos de nuestras conciencias al yanqui colonizador.

Así pues, ¡que vivan los mediocres y que sigan los abusos!

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