martes, 22 de junio de 2010

Tragedia en el Golfo: ¿El fin de la gran aventura? (Parte I)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La tragedia desatada en las profundidades del Golfo de México con el derrame de petróleo provocado por la explosión de la plataforma Deepwater Horizon el pasado 22 de abril y cuyos efectos se prolongaran más allá de sus riberas e inevitablemente afectará a generaciones futuras, relanza un problema que asomó cuando en 1945 se creó la bomba atómica y se ha renovado con el acceso a manipulaciones genéticas que hacen posible clonar a los humanos y crear vida artificial.

De lo que se trata es que tal vez la audacia que hizo del hombre un gigante, ha llegado a un punto en el cual desata fuerzas que él mismo no logra controlar y que pueden resultar letales para el conjunto de la especie humana. Al crear bombas que pueden exterminar todo vestigio de vida, develar los misterios de la creación y poner en manos de individuos un poder que les permita emular tanto a Dios como a la naturaleza misma, así como perforar pozos de petróleo a profundidades en las cuales es imposible trabajar, puede ser el indicio de que se ha llegado a un límite.

Ya se especula con la hipótesis de que la explosión combinada con colosales presiones de agua y crudo, pueden haber fracturado el fondo del océano y que el hidrocarburo mana no sólo por la tubería instalada para la extracción controlada, sino por decenas de grietas; se sugiere la realización de una explosión nuclear para provocar un gigantesco derrumbe y, de ese modo tratar de detener el vertido, aunque se advierte que, en caso de fallar, habría que esperar a que la veta se agote por surgencia espontanea, lo cual pudiera demorar unos 30 años.

Para cuando la solución natural llegue, el golfo de México y el Caribe con todas sus riberas, sus peces y moluscos, sus playas, manglares y marismas serán un inmenso y empobrecido erial sin vida y sin belleza. Llevado año tras año por la corriente del golfo, dispersado por los huracanes y transportado por la cálida corriente del golfo, el petróleo llegará hasta el círculo polar ártico contaminando la mitad del Atlántico hasta niveles que resulten incompatibles con la vida marina y costera. Algunos van más lejos y sugieren que algunas criaturas de esos hábitats pueden mutar y convertirse en monstruos.

Parece una historia de horror y lo es.

Llegados a ese punto, la humanidad no sería la misma, como tampoco lo habría sido si la proliferación nuclear no hubiera sido detenida a tiempo y si existieran ahora cincuenta o más estados con capacidad para utilizar bombas atómicas contra sus vecinos o adversarios; tampoco habrá un destino cierto de no encontrar la manera de regular las manipulaciones genéticas asociadas a la clonación humana y la creación de vida artificial.

La problemática no es simple porque tal vez al poner límites a la inteligencia y a la audacia que hizo al hombre lo que es, se corren riesgos inaceptables capaces de conducir a un estancamiento que también haría peligrar a la especie humana; esta vez no por exceso sino por defecto.

El desastre del Golfo de México ocurre en el momento en que tiene lugar un intenso debate en torno a qué hacer para paliar un cambio climático que parece imposible de impedir y del que se culpa al hombre, a la civilización e incluso por sus nombres a los países más desarrollados. La paradoja de penalizar a los más avanzados y condenar a las formas de organización social que permitieron el desarrollo de las fuerzas productivas más que todas las formaciones sociales anteriores juntas, también puede ser contradictorio.

Asociado al debate ecológico se esgrimen argumentos que responsabilizan al hombre y a la civilización por situaciones ambientales relacionadas con la actividad económica y el desarrollo social, también por fenómenos estrictamente naturales e incluso por desastres que, además de haber ocurrido siempre, de alguna manera forman parte de la evolución de la vida y del proceso de conformación de la tierra: Pretender un conservacionismo a todo trance pudiera ser como decretar otro fin de la historia.

En su día los acontecimientos que dieron lugar a la desaparición de los dinosaurios, a la formación del cañón del Colorado o del desierto del Sahara, fueron catástrofes terribles. No hay otra manera de entender la evolución que no sea asumiendo una dialéctica según la cual, por unas u otras razones, unas especies, paisajes y entornos aparecen y otros perecen en un interminable devenir; pensar que la temperatura del planetas será la misma por toda la eternidad carece de realismo y tampoco es posible encarar la actividad económica sino es interactuando con la naturaleza y ejerciendo sobre ella un impacto considerable.

La urbanización, la agricultura, la minería, la industria, la red vial y la electrificación, el abasto de agua y el progreso de la civilización a escala planetaria exigieron enormes cantidades de recursos, colosales volúmenes de energía y agua dulce, grandes extensiones de tierra que fue preciso desmontar, arar, horadar y asfaltar.

Mediante esos procesos, no sólo los bosques y los páramos, sino el planeta en su conjunto se han transformado de un modo que se hizo más extenso e intenso en la medida en que aumentaban las necesidades y se creaban las tecnologías y las herramientas para explotar todos los recursos posibles.

Es falso que el hombre haya destruido el paisaje sino que lo ha recreado y donde antes hubo estepas, bosques y pantanos se levantan hoy magnificas urbes, palacios, industrias, obras ingenieras y construcciones diversas que simbolizan el progreso y llenan de orgullo a la humanidad. La transformación del medio natural no es un baldón del cual el hombre deba avergonzarse sino su huella sobre la tierra.

Ocurre sin embargo que en los mil siglos anteriores, ante la inmensidad del planeta, las transformaciones originadas por la actividad humana tenían un impacto mínimo y sus efectos eran locales o regionales, afectaban a especies concretas o impactaban sobre sustancias o materiales en particular, sin poner en peligro a la humanidad en su conjunto; cosa que no ocurre actualmente cuando la actividad humana ha comenzado a ser un peligro para la propia humanidad.

Hay que hacer que BP pague la indemnización que merecen los pobladores de la región y contribuya a financiar la limpieza prácticamente de todo un océano, sin perder de vista que hay daños irreparables e irreversibles.

Foto: Estados Unidos, Medio ambiente - Derrame de petróleo de la plataforma Deepwater Horizon de la British Petroleum. / Autor: James Duncan Davidson - TEDX OIL SPILL

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