miércoles, 14 de julio de 2010

Jubilaciones

Alejandro Teitelbaum (especial para ARGENPRESS.info)

Hay un refrán que dice “más vale ser rico y sano que pobre y enfermo”. Se podría inventar otro que diga: “más vale ser joven y rico que viejo y pobre”. Como la vejez es inevitable, se podría agregar al refranero “más vale llegar a viejo con mucha plata que pobre de solemnidad”.

Pero la realidad indica que los viejos pobres son muchísimos más que los viejos ricos.

Con el agravante de que los viejos, como ya no son explotables en el trabajo, pasan a ser el “último orejón del tarro” de nuestra sociedad de la abundancia.
Según las épocas, las culturas, las civilizaciones y la situación económico-social, el “problema” que significan los viejos, se “resuelve” de distintas maneras. Algunos pueblos nómades dejan a los viejos al borde del camino y ciertos pueblos sedentarios los llevan lejos del poblado y los abandonan con un poco de comida y agua. Pero también en todas las épocas, distintos pueblos, reconociendo las virtudes propias de la ancianidad, como la experiencia y la sabiduría, han cuidado y respetado a los viejos.
Las sociedades modernas inventaron las jubilaciones, con sistemas diversos que van desde asegurarles un mendrugo a los viejos cuando ya no pueden trabajar más y están a las puertas del cementerio (si no murieron antes en su puesto de trabajo) hasta proporcionarles una remuneración relativamente confortable cuando todavía pueden disfrutar un poco de la vida, descansando y/o ocupándose de las cosas que les interesan.
Pero hace ya tiempo que los Gobiernos de todas las regiones dicen que pagar las jubilaciones se hace cada vez más difícil porque “no alcanza la plata”.
Por ejemplo en Francia el Presidente Sarkozy y sus ministros explican que la proporción entre los que trabajan y los retirados se va modificando con el tiempo: con el aumento de la esperanza de vida cada vez hay más jubilados con relación a la población activa, de modo que los aportes de estos últimos es cada vez más insuficiente para pagar las jubilaciones.
El Gobierno francés encontró la solución, que consiste en ir aumentando la edad de la jubilación. De modo que disminuya relativamente el número de jubilados y aumente la población activa que hace los aportes. Matemáticamente impecable.

Aunque no explica cómo encontrarán un primer empleo los jóvenes si los mayores siguen ocupando los puestos de trabajo, sobre todo en condiciones de desocupación crónica.
Es cierto que en los últimos decenios aumentó la esperanza de vida, aunque de manera muy desigual según los países, las regiones dentro de cada país y según las clases sociales en el interior de cada país.
La mala suerte para el Gobierno francés es que en pleno debate sobre la modificación del régimen jubilatorio salieron a relucir ciertos favores mutuos (vista gorda sobre las cuentas millonarias en Suiza a cambio de nutridos sobres para la campaña electoral del partido gobernante) entre una de las mayores fortunas de Francia, la de la señora Bettencourt, accionista mayoritaria de l’Oreal y el Gobierno de Sarkozy en la persona del Ministro que debe llevar adelante la reforma del régimen jubilatorio, que antes fue Ministro de Finanzas. Y para la ocasión también salió a relucir que el año pasado el Gobierno le devolvió a la señora Bettencourt 30 millones de euros de impuestos de manera perfectamente legal, pues los más ricos benefician por ley de un “escudo” fiscal que los protege contra el pago de impuestos más allá del 50 por ciento de sus ingresos.

El “caso” Bettencourt ha tenido mucha resonancia pero es sólo una muestra de cómo funciona el sistema: toda clase de privilegios para el gran capital, dentro y fuera de la ley, e imposición de sacrificios crecientes a los asalariados.
Por eso muchos en Francia se interrogan si no se podría contribuir a reducir el déficit de las cajas previsionales comenzando por suprimir el “escudo” fiscal de los más ricos. Es decir redistribuyendo más equitativamente el Producto Nacional.
Sarkozy eligió el otro camino, consistente en que la gente trabaje más tiempo, es decir volver progresivamente al tratamiento primitivo de los viejos: que dejen de trabajar cuando estén a las puertas del cementario. Sobre todo los trabajadores manuales, cuya esperanza de vida es considerablemente menor que la de los trabajadores intelectuales.
Pero hay algo más. Por una parte se plantea el tema de las jubilaciones en términos de déficit financiero que, como hemos visto, podría resolverse con una redistribución más justa del ingreso nacional.

Pero además se lo plantea como una cuestión demográfica: como consecuencia del aumento de la esperanza de vida cada vez hay más viejos jubilados y proporcionalmente cada vez menos activos para “mantener” a los viejos.
Pero lo que no se dice es que, según las estadísticas oficiales del INSEE (Institut national de la statistique et des études économiques) una hora de trabajo asalariado en Francia era en 2004 2,3 veces más productiva que en 1975. Pero el salario real disminuyó en el mismo período 5,5%.
Es decir que la “torta” a repartir aumentó en 30 años 2,3 veces, mucho más que la población, que se incrementó en un 25%, jubilados o no. Pero se repartió cada vez más inequitativamente con la ayuda de la inflación, que siempre le gana la carrera a los salarios y a las jubilaciones.
De modo que aunque los activos sean relativamente cada vez menos en proporción a los jubilados (entre 1975 y 2004 la franja de edad de 60-74 años se mantuvo estable entre 13,3 y 13,6% y la de mayores de 75 años aumentó de 5,6 a 8,7%) la “torta” crece más rápidamente. El problema financiero es entonces secundario o simplemente un pretexto.
La cuestión es cómo se reparte la “torta”.
Y ahí es donde los grandes capitalistas y los Gobiernos que los representan no quieren ceder.
Como se puede apreciar, en todas partes se cuecen habas.

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