lunes, 2 de agosto de 2010

Bachelet y la Concertación

Álvaro Cuadra (especial para ARGENPRESS.info)

En el más reciente Estudio Nacional de Opinión Publica (CEP Nº 62) se advierte que la figura de la ex presidente Bachelet mantiene una importante simpatía en la ciudadanía, convirtiéndose, en los hechos, en el personaje más atractivo de la oposición. Este antecedente, con todo lo importante que es para los sectores opositores, debe ser tratado con mucha cautela, pues puede inducir a lecturas perversas.

Aclaremos, en primer lugar, que el nombre de Michelle Bachelet se escinde del conglomerado político que sostuvo su gobierno. Esto significa que el liderazgo y atractivo de la ex mandataria que se traduce en una alta tasa de aprobación a su gobierno no se transfiere, de buenas a primeras, a la Concertación. En este sentido, el nombre Bachelet no puede agotar todos los esfuerzos para una eventual política electoral.

Más allá de las simpatías que despierta la ex presidente, lo cierto es que la Concertación de Partidos por la Democracia ha evidenciado una serie de debilidades y vicios que determinaron su salida del gobierno y que bien merecen una reflexión seria y profunda. Digámoslo con toda claridad: Las contradicciones concertacionistas exigen renovar sus planteamientos, acaso sus rostros, frente al futuro del país. Esta tarea comienza, por cierto, en los partidos políticos.

Sacar cuentas alegras por las cifras que muestran el apoyo a la gestión Bachelet sería una irresponsabilidad política, pues, en último trámite, se corre el riesgo de impedir la necesaria renovación del conglomerado opositor. Para nadie es un misterio que se hace indispensable hacerse cargo de las críticas que han venido de diversos sectores políticos en cuanto a superar una serie de prácticas copulares excluyentes, burocráticas y verticalistas que tanto daño han hecho al ideario democrático que se quiere defender.

Un conglomerado que se propone como alternativa democrática frente a un gobierno de derecha que ocupa la primera magistratura por voluntad popular, debe comenzar por democratizar sus propias prácticas políticas y expurgar aquellos vicios que la aquejan. Negarse a la indispensable renovación democrática es hacerse cómplice del actual estado de cosas. Ya no basta decir No. Se hace indispensable concebir una concertación democrática mucho más amplia, inclusiva y participativa, con un proyecto político a la altura de los tiempos que restituya sus colores al desteñido arco iris.

Es evidente que la tarea de renovación de los sectores democráticos es una empresa de largo aliento que se fragua en un trabajo serio que comienza en los partidos políticos y se despliega en la capilaridad de la sociedad chilena de hoy. El anhelo de vivir en un país más digno y más justo no ha perdido en absoluto su lozanía ni su pertinencia, sin embargo, para llevarlo a cabo se requiere líderes capaces de atender a esas voces soterradas que hoy miran con afecto y no poca nostalgia a la primera mujer que se convirtió en presidente de Chile.

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