lunes, 2 de agosto de 2010

Relaciones internacionales y economía en Cuba (Parte I)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Durante más de treinta años y hasta hace 20, Cuba formó parte del conglomerado de una docena de estados que formaron el llamado “Campo Socialista” liderado por la Unión Soviética y que constituyó una especie de unión económica y política resultante de una peculiar coyuntura histórica, en la cual, aunque estuvieron presentes elementos de compulsión, también los hubo de identidad política y metas compartidas. Orgánicamente la entidad fue cohesionada por el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), el Pacto de Varsovia (al que Cuba no perteneció) y el liderazgo de la Unión Soviética.

En aquel conglomerado de naciones (cuyo examen no es ahora el objetivo), aunque de modo imperfecto, se auspiciaron relaciones económicas que, con independencia de las “conveniencias mutuas” y de la vigencia de fórmulas mercantiles, hubo espacios para la ayuda, la solidaridad y la colaboración, todo ello sostenido por una identidad de criterios doctrinarios globales, la fidelidad al socialismo y al internacionalismo y la alianza con la Unión Soviética.

Aquel esquema que estuvo orientado por la llamada “división internacional socialista del trabajo” y era realmente sostenido por el enorme potencial económico de la Unión Soviética, permitió a Cuba no sólo resistir y sobrevivir al bloqueo económico, comercial, financiero y político de los Estados Unidos al cual (en sus primeras décadas se sumó toda América Latina (excepto México) y casi toda Europa, sino además desplegar un vasto programa de desarrollo económico y social.

Durante ese período el valor de las mercancías y los recursos para la defensa nacional recibidos por Cuba fueron superiores al valor de sus exportaciones, lo cual se asumió como muestra de la generosidad soviética y del internacionalismo socialista. No obstante, el aporte de Cuba al desempeño político internacional y a la presencia soviética en occidente, es inmedible y ni con todo el “oro de Moscú” la URSS hubiera podido conseguir lo aportado por la Revolución Cubana. Cuando de prorrateo se trate, a fin de cuentas, Cuba dio, tanto como recibió. Ese es otro tema.

Todo aquello es ya historia. Víctima de defectos de génesis, de insalvables contradicciones internas y de la hostilidad occidental, el campo socialista y la Unión Soviética dejaron de existir y sólo Cuba, Vietnam y Corea (China se apartó antes) pueden ser considerado sobrevivientes.

Aquella sucesión de eventos que constituyeron el más contundente revés de la izquierda en toda la historia, dejaron la zaga de una profunda decepción, un desconcierto sin precedentes para la izquierda mundial, una ausencia de paradigmas teóricos e ideológicos y una crisis económica y política que afectó tanto a los países donde el socialismo fue liquidado como aquellos donde sobrevivió, especialmente a Cuba debido a que el desastre socialista se sumó al bloqueo norteamericano.

Pese al abrumador peso de aquellas realidades económicas y políticas, la hondura de la crisis y lo profundo de la decepción, Cuba sobrevivió y su capacidad para hacerlo tiene nombre y apellido: Sólo la presencia de Fidel Castro, la nunca desmentida confianza del pueblo en su liderazgo y su enorme prestigio internacional pudieron evitar el colapso.

Lo que no pudo impedir Fidel Castro fue que los años pasaran y dejaran su rotunda huella en forma de un tremendo desgaste físico que fue el saldo de aquellas enormes tensiones. Once millones de cubanos lo acompañamos día a día cuando, a la vista de todos, se empeñaba en nuevas batallas en las que dejaba jirones de salud, sin permitirse un instante de reposo, ideando fórmulas insólitas y temerarias, siendo consecuente hasta la terquedad, sin renunciar a un solo principio ni cometer ningún error estratégico.

Tan impresionante fue el empeño de Fidel secundado por el pueblo cubano que un socialista, Felipe Gonzalez, entonces presidente de España, llegó a criticarle por reverdecer el “espíritu numantino” como si Numancia fuera baldón y no orgullo de España.

Mucha gente lo hubiera hecho de otras maneras pero no hubieran salvado nada y el pueblo cubano pudiera estar hoy entre los más miserables del mundo. Para tal mandado no hace falta alforja.

Obviamente el triunfo no fue total porque para ello haría falta no sólo resistir, sino cambiar no sólo a Cuba sino al mundo, cosa que dicho sea de paso Fidel Castro no ha dejado de intentar y que aun hoy, de modo dramático, combatiendo ahora con las reservas, sigue intentándolo.

En ese mundo, desde los años noventa totalmente dominado por Estados Unidos y con una economía anárquica, derrochadora y profundamente injusta, cargando el lastre de enormes desventajas y prácticamente con todo en contra, es donde Cuba trató y trata de reinsertarse. Como lo vi y lo viví lo cuento. Hay mucho más. Allá nos vemos.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.