lunes, 2 de agosto de 2010

Tambores de guerra

Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)

La forma como Bogotá ha denunciado la presunta presencia de la guerrilla colombiana en Venezuela y la supuesta tolerancia cuando no el apoyo del gobierno de Chávez a los insurgentes ha llevado al rompimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países.

Por el montaje publicitario, por los modos y maneras y el escenario escogidos, apenas caben dudas sobre la intención de Uribe Vélez de dejar al presidente Chávez sin otra alternativa que el rompimiento y, de paso, darle la razón a quienes sostienen que el presidente colombiano no pierde oportunidad para dificultarle las cosas a Juan Manuel Santos, su sucesor el próximo 7 de agosto, quien ha anunciado una política exterior diferente que al parecer despierta las iras del actual ocupante de la Casa de Nariño. El peor escenario posible sería la guerra abierta entre los dos países, pero sin llegar tan lejos, y de no producirse un milagro, el resultado será que un restablecimiento pleno de relaciones se aplace por años, afectando los intercambios económicos mutuos en forma de comercio, divisas enviadas a sus familiares por colombianos que trabajan en Venezuela, la demora o, peor aún, la imposibilidad de construir un oleoducto para dar salida al petróleo venezolano por el océano Pacífico y perjudicando los múltiples negocios que afectan sobre todo a la industria colombiana y, obviamente, a la economía de las poblaciones fronterizas que desde siempre mantienen vínculos familiares y de un intenso comercio (en buena medida de contrabando) del que depende el sustento de amplios sectores populares a lado y lado de la frontera.

Sin duda, el incidente forma parte de dinámicas que exceden en mucho la problemática local habida cuenta del significado de ambos países. En efecto, Colombia aparece como la gran avanzadilla de los Estados Unidos y sus aliados europeos en la zona (“el Israel de los Andes”) y Venezuela, como un proyecto nacionalista y desarrollista que inclusive se propone superar no solo el marco de la dependencia sino el mismo sistema capitalista, inspirados en el Socialismo del Siglo XXI. Ya sea pues que los acontecimientos hayan sido fruto de la sola iniciativa de Uribe o resultado de esa intervención extranjera tan presente y decisiva en Colombia, lo cierto es que sus repercusiones vienen muy bien a la estrategia agresiva de los Estados Unidos y sus aliados. Por eso seguramente los gobiernos de Suramérica han reaccionado con prontitud para intentar que no ocurra lo peor, es decir, una guerra abierta que aumentaría la influencia de Washington en la región y rompería los actuales equilibrios.

Las acusaciones contra Venezuela no son nuevas ni resisten el menor análisis; apenas tienen valor unas fotografías trucadas por algún agente poco experto en la técnica del photoshop, campamentos guerrilleros que se asegura están en Venezuela pero pueden estar inclusive en el mismo territorio colombiano como ya ocurrió en denuncias anteriores, declaraciones de desertores pagados, tan válidas como su lealtad, fotografías de satélite que tienen el valor de las “pruebas” presentadas por Powel en la ONU para justificar la agresión a Irak, y sin que falte el computador de Raúl reyes, fuente inagotable de todas las “pruebas” que Bogotá necesite. En contraste, Venezuela acusa a su vecino de su muy sospechosa incapacidad para controlar la acción de paramilitares y narcotraficantes colombianos que constituyen una exportación del conflicto interno que Colombia se muestra incapaz de resolver (además de los cientos de miles de refugiados colombianos acogidos por Caracas). Y precisamente porque este conflicto termina afectado a todos los países vecinos éstos ofrecen reiteradamente sus buenos oficios como mediadores (sobre todo Lula, Chávez y Correa) con independencia de reales o imaginarias simpatías que se tenga por las causas en litigio. Sin embargo, como respuesta, Lula y Correa han sido acusados por diversas fuentes (y Bogotá no es inocente en estas maniobras) de recibir financiación de las FARC, un rumor perverso que la derecha de Brasil vuelve ahora a utilizar en la campaña electoral para empañar la imagen de la candidata del PT a la presidencia.

En muchas ocasiones Caracas ha denunciado también actividades hostiles de la derecha venezolana en Colombia contando con el beneplácito de Bogotá y con la abierta simpatía de medios y partidos pro gubernamentales además del cobijo generoso otorgado a golpistas y conspiradores, casi todos con orden de captura internacional. No una sino varias veces Caracas ha desmontado acciones criminales de grupos paramilitares colombianos al servicio de la derecha venezolana y ha capturado agentes de espionaje en diversas ocasiones. Tampoco es serio acusar a Venezuela de armamentismo y de ser un peligro para la zona si se considera la absoluta superioridad militar de Colombia, que cuenta además con el masivo respaldo de los Estados Unidos, algo que introduce un desequilibrio militar evidente y preocupante para todos los países del área, comenzando por Brasil que tiene razones muy particulares dado su papel de potencia es ascenso.

El incidente entre Venezuela y Colombia se produce cuando la presencia militar directa de los Estados Unidos en la zona no hace más que incrementarse, despertando temores y suspicacias. Y en esta estrategia Colombia tiene un destacado papel como avanzadilla con las siete bases militares (que se sepa) entregadas al control de Washington sin que Bogotá haya cumplido hasta ahora con su promesa de dar a conocer los términos de su tratado con Estados Unidos. No por azar el país es el tercer receptor mundial de ayuda militar estadounidense.

No menos preocupante resultan las nuevas bases gringas en Panamá y Honduras (golpe militar incluido), el despliegue de sus tropas en Paraguay y las instalaciones en Aruba y Curazao, desde las cuales aeronaves de la OTAN realizan vuelos de provocación en el espacio aéreo venezolano (¿qué papel juega la Alianza Atlántica en todo esto?). Entre tanto, por el Caribe navega la IV Flota, México está literalmente supeditado a la estrategia militar de los Estados Unidos con la excusa de luchar contra el narcotráfico y Haití soporta la ocupación masiva de la soldadesca del Tío Sam. Y para quienes abrigaban dudas al respecto, siete mil marines acaban de desembarcar en Costa Rica, acompañados por una impresionante flota de buques, aviones y armamento en general, en absoluto adecuados para la lucha contra el tráfico de narcóticos pero si de gran utilidad para agresiones militares como las que contra su país repetidamente denuncia el presidente Chávez.

Seguramente que en un ejercicio de sensatez los gobernantes suramericanos reunidos hoy en Quito intentarán rebajar el nivel de la tensión y buscar fórmulas de arreglo pacífico. Para muchos de ellos (Brasil en particular) es indispensable que el asunto no pase a mayores y que todo quede como una anécdota más de la larga lista de comportamientos rurales del presidente Uribe que ha alimentado con verdadero celo el aislamiento de Colombia en la región y en particular de su vecindario inmediato.

El elegido presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, debería considerar positivamente la propuesta que a través del canciller Maduro le hace Venezuela y aprovechar esta coyuntura para crear las condiciones propicias a una negociación del conflicto armado en su país. Si hay voluntad política no es imposible sentar a la mesa de conversaciones a gobierno y guerrilla y alcanzar una solución razonable que termine con el desangre del país y permita a la ciudadanía colombiana gozar de la paz a la que tiene derecho. Una guerra con Venezuela difícilmente se limitaría a los dos países. Este es otro argumento que Santos debería sopesar.

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