jueves, 31 de marzo de 2011

Detrás del “rescate humanitario” en Libia: mucho petróleo y escándalos sexuales

Adán Salgado Andrade (especial para ARGENPRESS.info)

Por estos días vi la cinta que aquí fue titulada “Juego de traiciones” (Fair game), basada en la historia real de Valerie Plame, una ex agente de la CIA, cuya identidad fue ilegalmente revelada por un alto funcionario, debido a que el esposo de Plame, el diplomático Joseph Wilson, se atrevió a decir que la invasión a Irak de 2003, por parte de Estados Unidos, se había hecho con base en absurdas mentiras, como el que ese calumniado país contaba aún con un programa para construir “armas de destrucción masivas”.

Ahora se sabe que ese era el pretexto para intervenir militarmente a dicho país y quedarse, entre otras cosas, con sus vastas reservas petroleras, muy convenientemente entregadas a las petroleras extranjeras, sobre todo estadounidenses, por un impuesto, títere gobierno. Al calor de la invasión, se trató de matizar el pretexto de las “armas de destrucción masivas”, que no se habían encontrado aún, luego de varias semanas de la invasión, arguyendo que de todos modos se justificaban los infames bombardeos estadounidenses (se asesinaron a más de medio millón de civiles inocentes) y el despliegue de tropas terrestres, con tal de deshacerse de Saddam Hussein, al que se calificó como un brutal y cruel dictador (claro, pues ya no le era útil a Estados Unidos, como años atrás lo había sido, cuando se le empleó en la guerra contra Irán). Comienzo este análisis con la anterior referencia, pues al parecer, lo mismo está sucediendo en Libia, país norafricano también con vastos recursos petroleros, muy útiles para el derrochador Estados Unidos, ávido de hallar nuevas reservas de petróleo que le permitan continuar sus desperdiciadores requerimientos energéticos.

Para empezar, la propia “rebelión social” en Libia, que dio origen a la guerra civil y la presente invasión, no está clara en sus razones. De acuerdo con información contenida en “The World Factbook” (dependiente, irónicamente, de la CIA), los casi 6.6 millones de habitantes, vivían relativamente bien, gracias a las ventas libias de sus grandes reservas de petróleo y gas natural, siendo el ingreso per capita de alrededor de $13,800 dólares por habitante, lo que coloca a ese país en el lugar 84, con respecto al resto del mundo, sitio aceptable. He escuchado, además, testimonios de personas que vivían allí hasta antes de la “rebelión” y no se explican por qué, de repente, se dio el llamado efecto copy cat del mundo árabe allí, pues a diferencia de, por ejemplo, Egipto, no había sectores en pobreza extrema, ni severas carencias. Por eso, repito, en ese sentido, el que las protestas sólo se hayan centrado en la destitución de Muammar Kadafi (al que se señala, por cierto, en la mencionada publicación de la CIA, que es el mandatario de facto, pero sin un título oficial), no se ve como un fuerte argumento. Sobre todo, también, teniendo en cuenta que, para muchos, Kadafi era considerado, de alguna forma, como opositor al régimen estadounidense y líder revolucionario (es muy amigo de Fidel castro, por ejemplo), además de que su política económica era de corte fuertemente estatal, calificada incluso de “socialista”. Por lo mismo, por esa situación, y el que dicho país se decía que apoyaba a grupos terroristas, se ganó el adjetivo estadounidense de “rogue state”, o sea, país paria, y hasta el año 2003, se mantuvieron “sanciones internacionales” contra él, que no le permitían comercializar su petróleo libremente (y quizá en unos años se exhiba una película revelando las verdaderas causas de por qué en ese país se produjo una “revuelta social” y está invadido, sobre todo, por Estados Unidos).

Por otro lado, hay que resaltar que las naciones africanas, como conjunto, no se han desecho de su pasado colonialista y ahora son sujetas de un neocolonialismo que sigue depredando sus cuantiosos recursos, en menoscabo de sus habitantes, quienes siguen sumidos en la pobreza extrema la mayoría de ellos (ver en mi trabajo “El coltan, otro recurso natural más para el sometimiento neocolonialista de África”). Y es ese saqueo el que ha dado lugar a espurias intervenciones durante toda la sufrida historia del continente africano. Justamente la actual invasión la están llevando a cabo nada menos que Estados Unidos, Inglaterra y Francia, controladores países que en el pasado estuvieron entre los que más colonias, sobre todo en África, poseyeron. Pero ahora, con el pretexto de la “ayuda humanitaria” hacia los “rebeldes libios”, vuelven a hallar el pretexto perfecto, con tal de intervenir y subyugar una vez más a ese golpeado país (eso ha sucedido, por ejemplo, con Sudan, país en donde recientemente tuvo lugar un referendo para que la gente decidiera si se dividía al país en dos, cuya porción sureña es también muy rica en petróleo).

Así pues, la carta petrolera es un fuerte aliciente para países derrochadores y ávidos de energía como Estados Unidos y el otro par de invasores. Además, en vista de lo que acaba de suceder en Japón, a causa del terremoto, la energía nuclear se está cuestionando como futura fuente energética, dados los potenciales peligros que están surgiendo ahora en el destruido reactor nuclear de Fukushima, que está emitiendo altísimos niveles de radioactividad, de cientos de veces los niveles “permitidos”. Por tanto, en lo que se desarrollan energías, digamos “más seguras”, pues mientras hay que dilapidar el petróleo que le quede aún al mundo, sobre todo que sea acaparado por los países más engullidores de esa energía fósil (y en ello va implícita una, digamos, discriminación energética, pues Libia o muchos países exportadores de petróleo, con su reducida población, se dirá, no requieren demasiado crudo, así que mejor lo vendan a quien sí lo requiere, léase, Estados Unidos, principalmente, o Europa).

Por otro lado, sorprende que Estados Unidos se haya metido de nuevo en uno más de sus aventurerismos bélicos, y que Barac Obama, haya autorizado, sin más, la invasión militar. Y su absurda actuación es peor incluso que la del mismo George Bush, su inepto, pusilánime antecesor, quien, para invadir Irak, consultó, en su momento, con el congreso estadounidense. Obama no lo hizo, y ya ocho diputados están presentando una resolución bipartita que afirma que la invasión a Irak debe de ser autorizada por el congreso (y eso que a Obama le dieron un cuestionable “Premio Nóbel de la paz” en el 2009. Ver mi trabajo “Premio Nóbel de la paz al armamentista Barack Obama”). Además, la “razón” por la cual inicialmente Obama justificó la invasión, la “defensa de civiles inocentes”, ya se perdió entre el mar de intereses que llevaron a hacerla. Supuestamente sólo Estados Unidos puede invadir a otro país si éste pone en peligro la seguridad estadounidense. Se le preguntó al secretario de la defensa, el arrogante, proarmamentista señor Robert Gates, si, en efecto, Libia era un “peligro” para Estados Unidos y cínicamente respondió que “no, no es de interés Libia, pero de todos modos era de interés y era de interés por todas las razones que mencionó la secretaria (Hilllary) Clinton”. Pero, curiosamente, Clinton adujo que era para “proteger a los civiles inocentes”, y esa razón se cae cuando Estados Unidos no sólo está bombardeando Libia para crear una supuesta “zona de exclusión”, en donde no haya ataques a los rebeldes, sino que ya está combatiendo directamente a las fuerzas militares de Kadafi, ya que ahora la “razón” inicial cambió, pues de acuerdo con un análisis del diario New York Times, ahora se trata ya de derrocar a kadafi. Según el diario, el plan es atacar cuanto se pueda a las tropas de aquél, de tal modo que sean éstas las que demanden que el dictador salga de Libia. Y esto lo está haciendo Estados Unidos porque su aventurerismo bélico ya le está costando varios millones de dólares, alrededor de $600 millones hasta ahora (incluyendo el costo del avión militar derribado, así como al menos 191 misiles Tomahawk que se han lanzado). Así que Obama y sus secuaces temen que la invasión se vaya a alargar y a encarecerse demasiado (como suele suceder en donde Estados Unidos mete sus militares narices, como ya se ha visto en Irak o en Afganistán, que son invasiones que hasta ahora, de todos modos, no ha podido ganar), y por eso están optando por el “Plan B”. Incluso se habla ya de que Estados Unidos y su pelele la OTAN, podrían desplegar tropas terrestres, una vez “liberada” Libia de Kadafi, con tal de “mantener el orden” y evitar que el país se divida.

Pero, como señalo arriba, esas son minucias, cuando lo que realmente está en juego es la apropiación del petróleo libio, por parte de los países invasores y sus respectivas corporaciones petroleras, cómplices de la bélica acción.

A partir del 2009, Libia, se propuso tener un mayor control de su petróleo, extendiendo las funciones de su organismo estatal, la Corporación Petrolera Estatal (CPE). Su director de ese entonces, Shukri Ghanem, dejó claro que el gobierno deseaba participar más de las cuestiones técnicas. Declaró Ghanem “Estamos buscando beneficios a largo plazo, no sólo a corto plazo. Nos preocupa que la mayor parte de los trabajos técnicos se lleven a cabo fuera del país. Nuestros graduados están sin empleo, mientras que damos trabajo a extranjeros. Esto no es benéfico para Libia en el largo plazo. Necesitamos crear una mejor capacidad ingenieríl en nuestro país”. Y de hecho, Libia había iniciado una campaña para establecer más escuelas e instituciones que ampliaran las capacidades tecnológicas de su población (por ello, insisto, la revuelta popular no se justificó del todo en las razones para su actuación. Qué tan vagos fueron los argumentos de la revuelta, que los rebeldes aún no tienen claro qué sucederá luego del derrocamiento de Kadafi. Además, la “rebelión” en buena parte fue producto del trabajo hecho a través de redes sociales, como Facebook o Twitter, las cuales, repentinamente, cambiaron su carácter de simples lugares de socialización y chismes, a potenciales sitios “revolucionarios”).

A esos esfuerzos de contar con tecnología refinadora propia, el gobierno los llamó “libianizar la industria petrolera”. Así que la estrategia puso a temblar a las petroleras extranjeras, pues el gobierno las despojaría de buena parte de los negocios (el big money) que hacen tradicionalmente allí, sobre todo gracias a los “Acuerdos compartidos para exploración y producción”, gracias a los cuales aquéllas empresas han ganado siempre muy buen dinero. Un total de 50 corporaciones estaban operando hasta antes de las “rebeliones”, incluyendo la italiana ENI, la francesa Total, la española Repsol, la inglesa BP y la noruega-estadounidense Shell. Justamente las naciones cuyas empresas tienen en Libia más intereses petroleros, son las que están llevando a cabo la “acción humanitaria”: Francia, Estados Unidos e Inglaterra (incluso España e Italia están de acuerdo con la invasión. Y ya España le entró con un submarino y una fragata, su cooperación militar, para defender los intereses de Repsol).
Pero además Libia, país que pertenece a la OPEP, tiene la obligación de acatar las estrategias que dicho organismo establezca, con tal de defender, por ejemplo, los precios del crudo, que no bajen de cierto límite. De hecho, Libia sería la sede de reunión de dicho grupo en el año 2012, lo que ahora es ya incierto. Se puede pensar que Libia, con un gobierno títere impuesto, pudiera salirse de la OPEP, con tal de servir a los nuevos amos, que investidos de hipócritas intenciones “democráticas”, celebraran con creces a un “nuevo gobierno” libio, elegido “democráticamente”. Dicho gobierno impuesto, no acataría, en consecuencia, los dictados de la OPEP, sino los de los barones petroleros.

Y ya indagando más sobre esas empresas extranjeras que operan en Libia (y en el mundo, dado el caso, pues esos barones del crudo andan por todos lados), resulta que Shell, en el 2009, se vio envuelta en Estados Unidos en un escándalo que se trató de minimizar lo más posible. El periodista John Donovan escribió un artículo titulado “Sexo, drogas y corrupción patrocinados por Shell”, en el cual reveló que la empresa organizaba frecuentemente fiestas para altos funcionarios gubernamentales, en donde había tanto drogas, como orgías, con tal de que tales funcionarios le adjudicaran buenos contratos a esa corrupta empresa (una situación similar sucedió en Inglaterra). El nombre más mencionado fue el de la ex secretaria del Interior, Gale Norton, cuyo equipo de trabajo y colaboradores, de acuerdo con la investigación, frecuentemente fueron agasajados por empleados de Shell, quienes les organizaban, como dije, fiestas en donde había drogas, alcohol y ¡muchas mujeres! Sí, y eso que Shell, hipócritamente, se adhiere a un protocolo de “Principios generales de negocios”. En correos electrónicos que fueron obtenidos durante la investigación efectuada por el Departamento de Justicia, se hace referencia a las reuniones y a que se contratarían chicas para que “trataran muy bien a los asistentes”. Gracias a eso, Shell, no sólo ganó muy buenos contratos gubernamentales, sino que también salió beneficiada Norton, pues meses después de las orgiásticas prácticas de Shell, la empresa le dio trabajo como Consejera General de la división de la compañía encargada de explotar el esquisto, una arcilla cuyo aceite es muy parecido al petróleo, así que puede emplearse también como potencial energético. Y esas orgías y sucios negocios y contratos se dieron ya en plena administración de Obama, que ha tratado de mostrarse como incorruptible y diferente a su antecesor (¡bola de hipócritas!).

Así que, en conclusión, lo que sucede en Libia, ni fue producto de una bien justificada revuelta social, ni la invasión militar tiene como objetivo la “ayuda humanitaria”. Detrás de todo este montaje, hay, como dije, muchísimo petróleo, y que se logren opacar los turbios manejos de las hipócritas corporaciones petroleras que convergen en esos fuertes intereses económicos, como Shell. No siempre, por tanto, las revueltas sociales son producto de una toma de conciencia colectiva, sino de turbios intereses corporativos.

Autor imagen: Carlos Latuff

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