martes, 12 de abril de 2011

El mal holandés

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

En economía se designa como “mal holandés” a la situación que ese rico país europeo vivió a finales de los setenta e inicios de los ochenta del siglo pasado, tras el descubrimiento de yacimientos petroleros en el Mar del Norte. Aquella abundancia emergida del fondo del mar, implicó una afluencia de dólares que, a su vez, depreció esa divisa frente a la moneda holandesa (entonces era el florín). Conforme esta última ganaba valor, la actividad exportadora perdía mercados y la industria local que competía con productos importados se veía en una situación más y más comprometida. La economía se ralentizó y empezó a perder empleos.

Si bien las circunstancias específicas eran distintas, el caso argentino es parcialmente coincidente con el holandés, al menos en un aspecto: en los noventas, especialmente hacia la segunda mitad, la dogmática neoliberal que impuso una paridad fija peso-dólar, implicó, en la práctica, una revalorización sostenida del peso. Esto agudizó las consecuencias negativas derivadas de algunos otros factores (en particular la gigantesca deuda externa). Progresivamente la situación económica fue deteriorándose hasta finalmente desembocar en la crisis argentina de 2000-2002.
El momento actual en Costa Rica se parece mucho al que se describe bajo el concepto de “mal holandés”. Afortunadamente el origen del problema no tiene que ver con explotaciones petroleras ambientalmente devastadoras. Desafortunadamente tiene que ver -y en eso nos parecemos a Argentina- con el predominio de un principio dogmático neoliberal; no el de la paridad fija, sino, en nuestro caso, el de la irrestricta libertad para los movimientos de capitales y con esta, la afluencia masiva de capitales extranjeros, incluyendo los de tipo financiero-especulativo y los de oscuros orígenes.
Ni la incrementada afluencia de capitales ni la consecuente revalorización del colón son fenómenos nuevos. Son tendencias que datan del año 2005. Pero estos son asuntos que tendré que dejar para una ocasión futura, aunque ya en un artículo de meses atrás los dejé brevemente planteados.

Lo que quiero resaltar es el hecho de que el país está siendo inundado por capitales de diverso pelaje, lo cual está ocasionando una revalorización del colón frente al dólar que, en las circunstancias actuales, está teniendo efectos muy dañinos sobre las empresas nacionales, pequeñas y medianas, dedicadas a la exportación y el turismo, así como sobre aquellos sectores agrícolas, agroindustriales e industriales que producen bienes que compiten con productos importados. Al respecto, inciden dos circunstancias agravantes: a) es una tendencia que se remonta a cinco años atrás, lo que ha infringido un daño progresivo y acumulativo; b) se ha agudizado recientemente, cuando la economía apenas medio se recuperaba de las devastaciones de la crisis. La confluencia de estos dos factores hace comprensible que incluso las cúpulas empresariales estén pegando alaridos de alarma.
La economía se encuentra virtualmente estancada y ello lamentablemente podría reflejarse en un incremento del desempleo, la pobreza y la desigualdad. El deterioro podría profundizarse si no se hace algo pronto. Las amenazas son muy reales y no deberían ser ignoradas. Puedo decir -estúpida vanidad- que sobre el tema he escrito con cierta regularidad y que es algo que anticipé hace muchos meses atrás, cuando todavía no atraía la atención de los economistas de gran prensa.
Sin duda, el frenazo de la economía no es resultado tan solo de la revalorización del colón. También incide la crisis económica mundial y, en particular, la frágil y vacilante evolución de las economías de Europa y, principalmente (en lo que a nuestro país se refiere), Estados Unidos. Pero la baja del dólar en términos reales (es decir, descontada la diferencia entre nuestros índices de inflación y los de los países con los cuales se comercia), está teniendo un efecto agravante que tiende a agudizarse conforme pasa el tiempo sin que esta situación se corrija.

Por su parte, la administración Chinchilla se muestra incapaz de articular ninguna respuesta decente. El caso es que la imaginación y creatividad de sus autoridades económicas parecen agotarse en la propuesta de un paquete tributario cuya única virtud aparente es su capacidad para convocar la oposición unánime de todos los sectores de la sociedad.
Desde luego, sobran ideas y energía cuando de por medio hay intereses de compañías transnacionales, e incluso se muestra apasionado empeño en complacer las demandas en materia comercial de los Estados Unidos u otras potencias económicas. Ahí doña Anabelle González se apunta un diez. Pero no se ofrece una sola idea respetable ante los problemas acuciantes de la generación de empleos, el impulso a la economía social y a las micro, pequeñas y medianas empresas de capital nacional o el fortalecimiento de la seguridad alimentaria. Sobran discursos floridos y demagógicos. Pero es angustiosa la escasez de ideas serias y realizaciones valederas.

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