jueves, 6 de octubre de 2011

Arrollados por el progreso

Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)

El conflicto que enfrenta a las autoridades bolivianas con un sector del movimiento indígena por la construcción de una vía a través de un parque nacional aparece con similares características en otros países de la región y afecta por igual a poblaciones afrodescendientes, colonos pobres o colectivos urbanos: explotaciones mineras, extracción de gas y petróleo, siembra masiva de cereales u otros destinados a la producción de biocombustibles (generalmente para la exportación), ganadería extensiva, grandes obras de infraestructura, hidroeléctricas gigantescas, tala masiva de bosques centenarios y selva tropical y otros se naturaleza similar. En todos y cada uno de los casos aparece la abierta contradicción entre los intereses de las comunidades afectadas y los reales o supuestos beneficios que esas actividades económicas han de reportar al conjunto de la nación.

El discurso oficial más corriente afirma el enfrentamiento entre la modernidad y la tradición,el progreso y el atraso y en no pocas ocasiones se enfatiza en la prioridad indispensable del bien común sobre los intereses particulares. Por supuesto, poner de relieve que la opinión del conjunto de la población ha de tener preferencia sobre los designios de una minoría -por respetable e importante que ésta sea- corresponde al normal funcionamiento de un sistema democrático. Desde esta perspectiva resulta razonable que el presidente Morales haya condicionado la decisión sobre dicha vía a la más amplia consulta popular de manera que sea la ciudadanía boliviana en su conjunto la que tenga la última palabra sobre el asunto.

En realidad, este tipo de conflictos aparece en cualquier sociedad y no es en modo alguno extraño a las democracias maduras de Occidente. Tampoco faltan aquí la protesta airada de los afectados ni la represión (desmedida tantas veces) de las autoridades, aunque casi munca se ve a un gobernante pidiendo perdón por los excesos de la fuerza pública. Tampoco es muy común que se sometan este tipo de decisiones a la voluntad directa de la ciudadanía mediante referendos o plebiscitos. Morales ha hecho ambas cosas: pidió perdón a los afectados y remitió la decisión final al veredicto de la ciudadanía en una próxima consulta.

La cuestión, sin embargo, no se agota en el debate sobre el mejor o peor funcionamiento de la participación política y social. Remite, por su naturaleza, a consideraciones de mayor calado, relacionadas íntimamente con la idea misma de progreso y con la relación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el coste humano y medioambiental que tales empresas suponen. Más aún, llevan inevitablemente a la consideración crítica de la misma racionalidad del sistema económico y la necesidad de introducir consideraciones de tipo axiológico (en la medida en que resulten compatibles con el mismo).

El discurso de los afectados, ya se trate de comunidades tradicionales (minoritarias o no) por lo general marginadas y pobres, o se trate de sectores plenamente integrados al sistema como la ciudadanía de un núcleo urbano moderno amenazada por obras que afectan su seguridad, puede no estar siempre en armonía con el lenguaje de la cultura imperante o sencillamente contradecirla por completo. Así, convertir por ejemplo el medio natural de objeto en sujeto -si entendemos correctamente la idea de “la madre tierra” recogida en las propuestas indigenistas en boga- o proponer un regreso romántico a modos de vida de un lejano pasado, supuestamente “en plena armonía con la naturaleza” suenan seguramente utópicas y hasta reaccionarias a muchas personas. Sin embargo, haciendo caso omiso de la retórica o del lenguaje pintoresco que tantas veces acompaña estas propuestas lo cierto es que permiten cuestionar el sentido mismo del progreso introduciendo consideraciones que van más allá de la simple y fría lógica del capital (que es la lógica básica inherente a la actual civilización).

Son muy sólidos los argumentos contra estas empresas “modernizadoras” y para convencerse tan solo hace falta revisar con algún detenimiento las características de los proyectos, inclusive con la “fría lógica” del coste-beneficio, no tanto para la empresa que las impulsa como para la comunidad nacional que las soporta hoy y sobre todo para las futuras generaciones de cuya suerte la presente generación no debe desentenderse.

Los ejemplos abundan. La minería a cielo abierto, con la utilización masiva de venenos y la destrucción física del entorno, el desplazamiento de comunidades enteras y el pago misérrimo de regalías a estos países tan solo es un buen negocio para las multinacionales que solo dejan corrupción y miseria; la tala indiscriminada de bosques milenarios y selvas tropicales para la siembra masiva de palma africana (biodiesel), soja, maiz y otros cereales (para alimentar cerdos en Europa y Estados Unidos); la ganadería extensiva, la extracción de petróleo, gas y carbón, la explotación de la biodiversidad (una de las mayores riquezas de esos países) y otras actividades extrativas similares además de la destrucción del medio (a veces irreparable) refuerzan el vínculo tradicional con el sistema mundial en calidad de economías supeditadas, proveedoras de materias primas y mano de obra barata. La consecuencia, estar siempre sometidas a los vaivenes de unas exportaciones que hoy reportan elevadas ganancias a las minorías locales y mañana hunden las economías en recesiones profundas.

No es solo entonces que el beneficio resulta muy dudoso y las pérdidas, por el contrario, siempre están aseguradas; es que este tipo de proyectos dilapidan recursos que deberían servir más bien para el desarrollo interno, algo que no excluye para nada la exportación (por ejemplo de productos más elaborados) y antes por el contrario asegura a mediano y largo plazo la sostenibilidad de un mercado local dinámico, en mejores condiciones para hacer frente a las variaciones extremas del mercado mundial. La estrategia de mantener y hasta de impulsar -con un entusiasmo digno de mejor empresa- los proyectos extractivistas, las economías de exportación y las inversiones extranjeras, todo ello haciendo caso omiso de los muchos perjuicios que acarrean a los recursos naturales, al medio ambiente y a la misma población, legitiman sin ninguna duda que los afectados opongan tenaz resistencia, ya sean éstos indígenas, afrodescendientes, colonos y campesinos pobres o las mismas poblaciones urbanas amenazadas por el “progreso”.

Al final, no parece tan importante que su lenguaje resulte florido y hasta incomprensible para los oidos de muchos; tampoco lo es que sus marchas y protestas incomoden y perturben la tranquilidad de los sectores de la ciudadanía que por ahora gozan del privilegio de no verse directa o inmediatamente afectados por los estropicios del “desarrollo”. Siempre hay derechos prioritarios que se deben privilegiar. Si cualquier actividad humana afecta indefectiblemente al medio natural y si en juego no entran tan solo intereses inmediatos o particulares, es por demás razonable que a la hora de tomar decisiones se sopesen ventajas y desventajas para el interés colectivo, ahora y en el futuro. Inclusive, resulta necesario que algunos proyectos consideren su impacto igualmente sobre las naciones vecinas, algo que bien puede constituir un capítulo importante en el actual proceso de integración regional en Latinoamérica.

Si se trata de salir del atraso y superar la pobreza, sin duda que en la agenda de estos pueblos aparecen muchos proyectos necesarios de infraestructura, indispensables para una vida más cómoda; igual sucede con los avances en industria y servicios modernos de suerte que las mayorías sociales -siempre postergadas- puedan por fin disfrutar de los beneficios de una vida digna (salud, educación, cultura, protección social y otros). La cuestión será entonces con qué criterios se adelantan estos proyectos, cómo se alcanza un razonable grado de armonía entre la utilización de los recursos y el menor impacto sobre la naturaleza (incluyendo, por supuesto, a la misma especie humana).

Razones les sobran a los indígenas y demás gentes del pobrerío de este continente para recelar del progreso, pues siempre significó el beneficio de las minorías dominantes criollas y sus aliados extranjeros y el sufrimiento, la muerte, el despojo y la desolación para el resto. Así ha sido desde aquel aciago 12 de octubre que para tantos significó experimentar en carne propia el ser arrollados por la civilización.

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