martes, 11 de octubre de 2011

Con indignación no basta (Parte I)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Los indignados europeos reclaman en las calles lo que el capitalismo no puede darles y aspiran a conseguir con protestas lo que sólo puede lograrse con la evolución hacía formas superiores de convivencia, status al que también llaman socialismo y del que estuvieron cerca con los estados de bienestar edificados durante la posguerra. La mala noticia es que esa no es la tendencia.

No recuerdo exactamente el momento en que comencé a pensar que en la Europa Occidental de la posguerra, principalmente en los países nórdicos, Alemania y Austria, escenarios en los cuales la socialdemocracia de matriz marxista y el movimiento obrero asociado a ella contaban con profundas raíces y donde el fascismo había revelado los peores rasgos del capitalismo y desde el reformismo se avanzaba hacia un régimen que incorporaba elementos coherentes con la idea esencial del marxismo, según la cual el socialismo sería resultado del desarrollo capitalista.

Entonces, en entornos dominados por la lectura soviética del marxismo que asimiló la confrontación y la ruptura de Lenin con la socialdemocracia europea, un hecho político coyuntural, como si fuera una irreversible cuestión de principios, la idea no tenía ninguna oportunidad, incluso en lugares como Cuba donde aquella lamentable interpretación de Marx se ha incorporado a la cultura política y todavía funciona como dogma, tampoco la tiene hoy.

El fondo de la cuestión es que, para asumir la tarea de reinventar el socialismo y sobrepasar las interpretaciones torcidas, no basta con la evidencia práctica que significa la desaparición de la Unión Soviética, sino que se requiere de una mutación cultural que haga posible la reinterpretación del marxismo, una poda de las simplificaciones adoptadas en la era soviética y la exclusión de los dogmas que la impusieron como una pseudo ciencia social, incluyendo una revisión de las concepciones de Lenin acerca del partido, el Estado, la democracia y otros aspectos asociados más a la táctica y a las coyunturas políticas que a una reflexión teórica del devenir social del calado de la sugerida por Marx.

Meditaciones de tal naturaleza no son posibles en la Europa de hoy donde, debido a la crisis que puso fin a la experiencia socialista, con el agua sucia botaron la criatura, dando lugar a la restauración de un capitalismo sumamente atrasado que liquida no sólo lo realizado en los espacios ex soviéticos, sino que amenaza con barrer lo alcanzado por el reformismo socialdemócrata que, para evadir el termino socialismo asumió el eufemismo de “estados de bienestar”, cuyos restos defienden hoy no sólo las enardecidas masas europeas, sino también algunos líderes que, tal vez sin saberlo, asumen posiciones más próximas al socialismo pensado por Marx que al capitalismo salvaje.
Desde hace años intento comprender a dónde conduce el discurso que promueve y trabaja por el socialismo y a la vez llama a deshacerse de las herramientas por medio de las cuales se alcanza el progreso económico y el status político que lo hace posible. Nadie, en ninguna parte (excepto algunos exponentes de una anacrónica izquierda nostálgica) desea restablecer los modelos suprimidos en la URSS y en Europa Oriental: ¿De qué se trata entonces? ¿Cuál es el menú? Una y otra vez encuentro las respuestas en el Marx del Manifiesto Comunista y de la Crítica al Programa de Gotha, que no es el mismo que leyeron en la URSS.

En sentido estricto, los “Estados de Bienestar” adoptaron las propuestas de Marx, incluso algunas de Lenin que sirvieron para compatibilizar la vigencia del mercado con la presencia de un Estado fuerte, legitimado por prácticas democráticas y que actuando como árbitro entre los diferentes actores sociales, impuso aceptables márgenes de justicia social a partir de los cuales, en unos lugares más que en otros y en todas partes de modo imperfecto, asumió el rol de garante del bien común.

Ese estado de cosas, defendido en su tiempo tanto por figuras emblemáticas de la socialdemocracia y el comunismo como Proudhon, Rosa Luxemburgo, incluso por el Papa León XIII, son los últimos reductos del socialismo, que desmonta la corriente neoliberal que pretende instaurar una variante del capitalismo salvaje y a la cual, de modo consciente o no, se enfrentan los indignados que saben lo que no quieren, sin admitir que desean el socialismo sin saber cómo alcanzarlo.

En términos teóricos y prácticos, en los países latinoamericanos gobernados por la nueva izquierda, la tarea más revolucionaria es progresar, crear riquezas, generar bienestar, establecer paulatinamente márgenes de justicia social, principalmente de equidad distributiva, elevar el nivel y la calidad de la vida, de lo cual la democracia y la participación decisoria, no formal, ni exclusivamente electoral o laudatoria forman parte.

Debido a que no obedece a una doctrina, el proceso que tiene en común los ideales y el pragmatismo, asume un patrón que toma distancia del enfoque neoliberal y evade los dogmas del marxismo empobrecido, auspicia el crecimiento económico, avanza en la erradicación de la pobreza, aplicando políticas sociales que aseguren el acceso del pueblo a la educación y la salud, instaurando derechos económicos y sociales y democracias de última generación.

Chávez llama a eso Socialismo del Siglo XXI, Evo le dice Refundación, Correa Revolución Ciudadana, mientras Lula, los Kirchner y la Rousseff, rehúyen las etiquetas y Raúl Castro prefiere no levantar grandes expectativas y cubre sus reformas bajo el manto de un “ajuste del modelo”. En definitiva los títulos pudieran ser la forma cuando lo importante es el contenido. Ahora la historia se ha invertido: Europa indignada da golpes a ciegas y latinoamericana, en unos lugares más que en otros, sabe lo que quiere y sobre todo como alcanzarlo. Allá nos vemos.

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