viernes, 21 de octubre de 2011

La muerte de Gaddafi y los intersticios de la política internacional

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

Si hay un rasgo notorio en la actualidad del mundo árabe, es el grado de fragmentación en las posiciones de ese nacionalismo, que no ha podido mantener una consistencia interna para no dejarse aniquilar por las presiones de Occidente. Con la actual ofensiva neocolonial de las potencias occidentales, el histórico nacionalismo árabe al ver cada vez más amenazada su integridad, deberá optar por algún tipo de reacción. El problema es también de orden cultural y esta zona es una caja de sorpresas.

La falta de unidad en el antiguo nacionalismo árabe es evidente. Más aún cuando aumentan las diferencias entre las facciones religiosas, así como los desequilibrios de desarrollo político y económico entre las naciones.

La muerte de Gadafi y la forma en que se derrocó a su régimen, con misiones veladas y objetivos tapados por parte de la Alianza Transatlántica, tampoco colabora para apaciguar el malestar y la incomodidad islámica y árabe respecto al trato colonial de Occidente. No hay que en cegarse demasiado con estos movimientos democráticos, porque también está la llama encendida de un radicalismo que responde a siglos de dominación unilateral de algunas potencias, que esencialmente están representadas en la Alianza Transatlántica.

En este plano, la muerte del líder libio, después de una resistencia que pasará a los textos de las leyendas árabes, por su resistencia y encono a la usurpación de su poder, probablemente tenga un impacto internacional más como símbolo de un período (de ciertas dictaduras) que terminan, que como un factor sinérgico para la consolidación de los movimientos de democratización en esa región.

Lo que permanece en evidencia es el proceso que ha llevado a esta lenta agonía de un régimen derrocado con el apoyo de Naciones Unidas, reflejando la complejidad de los actuales intersticios de la política internacional, y el juego del nuevo esquema de las potencias.

China y Rusia tienen su alto grado de responsabilidad en no haber impedido la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que permitió el apoyo a la fuerza multinacional de la OTAN acudir en ayuda a los rebeldes libios y derrocar el gobierno de Gaddafi.

No podría ser de otra forma porque hay que prestar atención a varios factores que son tareas pendientes en el rol hegemónico de las potencias, no solo desde el fin de la guerra fría, sino también desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

El manejo administrativo del planeta del gran capital internacional se ha desordenado. Las evidencias son numerosas y la más notoria está expresada en las diferencias de enfoque al interior de la Alianza Transatlántica de cómo abordar la expansión y el control global.

El enfoque de Barack Obama para lidiar con la hegemonía occidental en el mundo, es marcadamente diferente al que exhibe la tendencia predominantemente conservadora instalada en los gobiernos de David Cameron, Angela Merkel y Nicolás Sarkozy. Esta suerte de “Troika Occidental” que es en todo caso temporal responde a un eje de poder incuestionable en la alianza occidental como es el que conforman el Reino Unido, Alemania y Francia.

Es sabido que el gobierno estadounidense ha demostrado dentro de la determinación para estimular gobiernos democráticos en la región, una ostensible moderación conducente a evitar la polarización extrema de las opciones políticas que se vayan adoptando en esa región.

Reducir la influencia del radicalismo islámico ha sido la prioridad de la política exterior bajo el Gobierno de Obama, cuestión que no se ha hecho evidente en la conducta exterior de los gobiernos particularmente de Cameron y Sarkozy. Como que en estas dos personalidades políticas se concentrara todo el peso de la ansiedad histórica de dos potencias como Francia y el Reino Unido por asumir con mayor autoridad los viejos espacios del poder colonial.

Por otra parte el deceso de Gaddafi estimula el apetito neocolonial de la Alianza Transatlántica para reposicionarse en una vasta zona, que comprende el Norte de África, Medio Oriente y el Golfo Pérsico.

El anticipar con precisión el impacto político en los procesos de cambio de régimen que se desarrollan en esta zona confronta con una compleja maraña de interrogantes situada más allá de la típica dicotomía radicalismo árabe o islámico versus moderación progresista. Por mucho que estas definiciones tengan cierto arraigo en los medios, no es exactamente la visión que prevalece en cada una de las naciones que atraviesan por esta revigorización de la participación ciudadana.

El extremismo también ha sido estimulado por los resabios de la guerra fría en donde se destaca la presión de las potencias por controlar y expandirse a toda costa. Está además el factor China e India en esta región, que confunde aún más el tablero del análisis. China es el nuevo capital sin un pasado histórico negativo en la región. India lo mismo. Esto de por sí es un capital mayor.

Es en esta zona del análisis donde pueden emerger nuevas situaciones y una recomposición más autónoma de estas sociedades, poniendo distancia de la letanía del modelo occidental de democracias que comprobadamente han exacerbado las desigualdades y han permitido gestar una nueva casta de políticos y propietarios del gran capital más corruptas que las anteriores.

Desde otra visión, la muerte del líder libio deja una herida abierta en el mundo poscolonial. Con toda la alienación que haya provocado en el mundo árabe en sus 42 años en el gobierno, representaba un símbolo de la identidad y el nacionalismo de un mundo absolutamente regido por pautas coloniales del poder, que es la única forma de gobernar conocida en estos países.

2011 será recordado además por la creación de una nueva doctrina (unilateral) de la ONU para derribar regímenes. Sucedió en Libia, podrá suceder en Irán y Siria y por qué no en Corea del Norte, o Myanmar. Si ese es el nuevo diseño del nuevo orden internacional y de la nueva doctrina de un Derecho Internacional que cada vez se parece más a un cajón de sastre, (con respeto a los sastres por cierto), que a un instrumento jurídico de ordenación de convivencia internacional, será más que recomendable que la ONU y la comunidad internacional hagan pública la implementación de esta nueva doctrina.

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